África y la pelotita


Mientras escribo estas líneas, faltan todavía unas horas para saber si la selección de Portugal nos ha mandado a casa de vacaciones en el mundial de fútbol o pasamos de ronda para vernos con el ganador del Ronaldo-Modric de dieciseisavos de final.

Más allá del debate entre Messi, Mbappé, Kane o Halaand para discernir que selección se lleva el gato al agua y de agarrarnos al clavo ardiendo de la segunda estrella de nuestra tierra chica, ha sorprendido la fiabilidad y competencia de los países africanos.

En este mundial de 48 equipos (y camino de los 64 que planea la FIFA para 2030), tan solo ha caído Túnez en la primera fase. Lo que hace unos pocos años era folklore (los ya talluditos veían como una proeza el gol de Roger Milla con 42 años en el 94), ahora es una realidad que no esconde el crecimiento económico y productivo de una región del planeta hasta ahora casi abandonada para las estadísticas y la visión occidental mayoritaria.

Mientras la Unión Europea crece a duras penas al 1,4% medio anual, el continente tropical superará el 4,6% en este 2026. Cierto es que puntos de partida absolutos distintos generan distorsiones en el cálculo de rendimientos relativos, pero aún con la pobreza y desigualdad, África está desarrollándose de manera similar a mediados del siglo XXI, tal como hiciera China a mediados de la pasada centuria.

En el país de Mao lo llamaron “El Gran Salto Adelante”, en África no hay nombres, tan solo una revolución silenciosa donde más de 1.500 millones de personas miran, allende Mediterráneo, un futuro mejor. Y todo lo que ven en televisión, ayuda a crear ese mito que con esfuerzo y planificación, pueden conseguir su propio Timbuktu o su particular Kangan, lejos de la corrupción y la malversación que representa la Aburiria. Y es que África, no solo a través del fútbol y de la pelotita redonda, ha llegado para quedarse y ser un actor internacional.

El Mundial de Fútbol que cumple casi 100 años en la próxima edición, es el (segundo) evento más importante deportivo creado por el ser humano (con permiso de los Juegos Olímpicos) y que, aparte de renovar las pulgadas catódicas del primer mundo, supone movilizar a miles de millones de personas frente a sus propios sueños y anhelos.  Por supuesto que quiero que gane España siempre, pero me apasiona la historia de Vozinha bajo los palos de Cabo Verde, el histrionismo de Marcelo Bielsa ante las cámaras y miradas de Uruguay o los gateos de Arabia Saudí antes de su mundial de 2034. Y esto solo ha sido el grupo H de esta contienda.

Este juguete de Infantino tiene un presupuesto de 3.800 millones de dólares solo para este mes que se incluyen dentro de los más de 13.000 millones de dólares que ha generado este concepto en los últimos cuatro años. Además, a día de hoy, se han movido más de 17.000 millones de euros (y creciendo) en apuestas deportivas para que un número reducido de (multi) millonarios salden deudas con la historia, con su CV o con su país. Entre medias, las entradas VIP alcanzan los 33.000 dólares (sin reventa) aunque se hayan entregado tickets sociales a cientos de miles de personas para tener los estadios llenos. Todo para que un equipo termine levantando la icónica copa de campeón del mundo (valorada en oro en unos 715.000 dólares) y se repartan 50 millones de euros en primas. 

Y así estamos, viendo como el mundial avanza, firme e inexorable hasta su desenlace final en Nueva York en un par de semanas. En estas primeras jornadas Francia es el principal favorito con un equipo (oh sorpresa) lleno de jugadores hijos o nietos de sus colonias africanas mientras nuestra piel de toro ha puesto todas las apuestas en una selección que ganó la Eurocopa (oh doble sorpresa) sobre los pilares de Lamine Yamal (español de pura cepa pero con raíces marroquís) y Nico Williams (cuyo hermano mayor honra la bandera de Ghana en el ámbito deportivo). El deporte nos muestra tendencias sociales difícil de ver y globaliza tanto que, por fortuna, se eliminan las fronteras. Todo el mundo sabe que Shakira ha vuelto a cantar la canción del mundial (como la Pedroche en las campanadas) pero nadie se ha dado cuenta que el otro cantante del Dai Dai es Burna Boy, un nigeriano. “Quien quiera lluvia, debe aceptar el barro”. África se ha levantado para compatir en el contexto internacional, eso sí con despertador y financiación rusa y china. Waka Waka.