09/04/2011 / 00:00
Antonio Casado


Aguirre, con los mejores


 
La cosa va tan en serio que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, anunció este jueves que ya hay emplazamiento elegido para implantar a partir del curso que viene el llamado Bachillerato de Excelencia, donde quedarán segregados los alumnos con mejor expediente académico en la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria). Los mejores alumnos, los mejores profesores, los mejores medios y las mejores condiciones para el aprendizaje dispondrán del Instituto San Mateo, en pleno centro de Madrid, para llevar a cabo una experiencia piloto en la búsqueda de los caminos más cortos hacia la desigualdad. Como si no hubiera ya bastantes atajos preconstituidos en el vigente orden social cuya consecuencia es la profundización de las diferencias entre las personas obligadas a buscarse la vida.
   Aunque la izquierda política ha puesto el grito en el cielo con esta propuesta de la presidenta madrileña, que parece un apartheid en toda regla -de las élites en este caso-, Esperanza lo tiene muy claro: "Lo de igualar por abajo les gusta mucho a los socialistas, y es lo que han puesto en sus leyes, que desgraciadamente siguen vigentes hoy y eso con nosotros desde luego no va", acaba de declarar en Colmenar Viejo, después del Consejo de Gobierno celebrado en dicha localidad. Personalmente, me parece aberrante que los poderes públicos promuevan iniciativas que recortan la igualdad de oportunidades a partir de un determinado nivel de aprendizaje. Es una apuesta por el elitismo, por mucho que los defensores de la propuesta sólo hablen de meritocracia entre los mejores alumnos que deciden ser todavía mejores. No deja de ser una forma de discriminación, aunque sea por arriba.
   Dicho de otro modo, el llamado Bachillerato de la Excelencia será una forma de contribuir a perpetuar la diferencia en favor de los mejor dotados. Como los recursos públicos son limitados, se perjudicará a los alumnos con tendencia a quedarse por debajo de la media del grupo. Y, en todo caso, se les estará negando la oportunidad de mirarse en el espejo de los mejores. Y no me parece que eso sea lo más conveniente en unos gobernantes con recursos finitos. En la vida estamos todos juntos y revueltos, marchando por caminos distintos que se cruzan a todas horas, con un componente selvático que se alimenta con medidas públicas que tienden a marcar más diferencias de las que ya hay. Esto ya ocurrió en el siglo XVIII, cuando los ilustrados más complacientes con el poder (la Monarquía Absoluta, en aquella época) crearon aquel precedente cultural y político que pasó a los libros de Historia con el nombre de Despotismo Ilustrado. También entonces el poder lo hacía todo por nuestro bien. .
  
  
    
    
  
 
 
  
 
  

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