Ahorrar energía
01/10/2010 - 09:45
ARTÍCULOS
Fernando Almansa
La gran crisis mundial, vendrá dada, no por las caídas de las principales bolsas mundiales, ni por los cracks de inmobiliarias o bancos especuladores.
La gran crisis mundial tiene dos nombre esenciales: crisis medioambiental y crisis energética, las dos intrínsecamente unidas porque la crisis medioambiental, no es sino una derivada directa del modelo energético desarrollado en el último siglo. Un modelo basado en energías no renovables y con altos índices de contaminación directa o diferida en el tiempo.
El modelo económico en el que se ha basado el desarrollo de los países desde la revolución industrial, ha estado basado en un consumo energético sin límites, y con un control de polución nulo. Es evidente que los índices de consumo de energía de occidente son totalmente irreplicables para el resto de la población mundial, y ahora que China e India se suman a la vorágine consumista, el sistema actual hace aguas por todas partes.
La solución pasa, no solo por buscar fuentes de energía renovables, sino sobre todo por una reducción drástica del consumo energético per cápita, empezando por aquellos que más consumen.
El primer aspecto, el de la búsqueda de energías alternativas sostenibles, está demostrándose ser arduo y más complejo de lo inicialmente previsto, y sino véase, el debate sobre los biocombustibles, que en su afán de ganar mercado a los combustibles fósiles, ha generado tal trastoque de la producción alimenticia mundial, que hay que revisar en profundidad la estrategia en su conjunto, más allá de la capacidad corto-placista de sustitución del petróleo por combustibles cultivables.
Sin embargo, el segundo aspecto es más alcanzable para cada uno de nosotros, aunque colectivamente sea más complejo. Cualquier actividad que realizamos implica un uso de energía, del que ya muchas veces ni nos percatamos.
Me proponía un amigo, una acción muy útil y eficaz, aunque quizá culturalmente todavía reprochable por algunos. La acción es tan sencilla, como aceptar las arrugas en la ropa y eliminar la plancha de los hogares.
El consumo energético de una plancha en un hogar, puede suponer cerca de un 20 % de la energía eléctrica consumida, excluyendo calefacción en caso de ser eléctrica.
Si se aceptará que las planchas son un gran consumidor de energía eléctrica, generada en muchos casos por centrales nucleares o centrales térmicas, probablemente los creadores de modas y fabricantes de géneros textiles, colaborarían en la eliminación de este artilugio que en su origen respondía a imperativos higiénicos, como sistema de desinfección , pero que hoy en día sólo tiene una función estética, cuando menos cuestionable desde el punto de vista energético.
Así que yo me apunto al eslogan: viva la arruga, muera la plancha, y con ello me sumo a un mundo energéticamente menos agresivo.
El modelo económico en el que se ha basado el desarrollo de los países desde la revolución industrial, ha estado basado en un consumo energético sin límites, y con un control de polución nulo. Es evidente que los índices de consumo de energía de occidente son totalmente irreplicables para el resto de la población mundial, y ahora que China e India se suman a la vorágine consumista, el sistema actual hace aguas por todas partes.
La solución pasa, no solo por buscar fuentes de energía renovables, sino sobre todo por una reducción drástica del consumo energético per cápita, empezando por aquellos que más consumen.
El primer aspecto, el de la búsqueda de energías alternativas sostenibles, está demostrándose ser arduo y más complejo de lo inicialmente previsto, y sino véase, el debate sobre los biocombustibles, que en su afán de ganar mercado a los combustibles fósiles, ha generado tal trastoque de la producción alimenticia mundial, que hay que revisar en profundidad la estrategia en su conjunto, más allá de la capacidad corto-placista de sustitución del petróleo por combustibles cultivables.
Sin embargo, el segundo aspecto es más alcanzable para cada uno de nosotros, aunque colectivamente sea más complejo. Cualquier actividad que realizamos implica un uso de energía, del que ya muchas veces ni nos percatamos.
Me proponía un amigo, una acción muy útil y eficaz, aunque quizá culturalmente todavía reprochable por algunos. La acción es tan sencilla, como aceptar las arrugas en la ropa y eliminar la plancha de los hogares.
El consumo energético de una plancha en un hogar, puede suponer cerca de un 20 % de la energía eléctrica consumida, excluyendo calefacción en caso de ser eléctrica.
Si se aceptará que las planchas son un gran consumidor de energía eléctrica, generada en muchos casos por centrales nucleares o centrales térmicas, probablemente los creadores de modas y fabricantes de géneros textiles, colaborarían en la eliminación de este artilugio que en su origen respondía a imperativos higiénicos, como sistema de desinfección , pero que hoy en día sólo tiene una función estética, cuando menos cuestionable desde el punto de vista energético.
Así que yo me apunto al eslogan: viva la arruga, muera la plancha, y con ello me sumo a un mundo energéticamente menos agresivo.