28/06/2019 / 12:14
Marta Velasco


Imagenes

Ají de gallina

Cuando se tiene la suerte de convivir con personas extraordinarias, en tu familia o entre tus amigos, hay que estar agradecidos.


Regreso de Sigüenza con el color de junio en las gafas de sol. El rosa de la piedra y el verde nuevo de los árboles, brillando bajo el sol seguntino como joyas. He pasado apenas veinticuatro horas allí, llevo aquí tres, y ya estoy deseando volver.

  El 21 de junio, con el solsticio de verano, comienza la parte más bonita del año, cuando el sol en Cáncer hace el día más largo en el hemisferio boreal. Es tiempo de bicicletas, de agua, de lugares umbríos, noches estrelladas y amores efímeros. Es momento de irse al mar o de viajar con amigos. Me gusta el verano, no desaparecen los problemas, pero se toman unas vacaciones, con sus largos días de agua, cerveza y patatas fritas en la piscina, cenas de pandilla y desbarajuste total en casa.

Tenía un amigo que nació justamente con el solsticio de verano, un tipo encantador, inteligente y bueno, dotado por los astros con muchas dádivas, entre ellas la de morir joven. Magacha, Pachi y yo, las rubias de bote, celebrábamos cada año su cumpleaños y su amistad como un buen premio.  Él nos invitaba a un fastuoso ají de gallina, plato peruano y solar, y nosotras encargábamos una tarta de queso de Sylcar, la que más le gustaba.

Este año hemos brindado con su mujer, pero Víctor y el ají de gallina no estaban con nosotras, han quedado en otra dimensión. Él nos ha invitado desde la eternidad y hemos hablado de su vida y lamentado su ausencia.  Y Rocío, que ha perdido mucho más que su amistad, nos ha escuchado cortésmente y ha recogido nuestras quejas como quien acepta un encargo para el más allá, con una sonrisa.

Cuando se tiene la suerte de convivir con personas extraordinarias, en tu familia o entre tus amigos, hay que estar agradecidos.  Yo, de momento, voy engañándome, pensando que está descansando en Cádiz, sitio de su predilección y de la mía. Es un truco que mi padre me enseñó cuando estaba ya muy enfermo: “Piensa que estoy en Guadalajara y que no encuentras momento de venir a verme” dijo. Y lo utilicé, aunque alguna noche sueño que está en Buenos Aires y que ya soy más vieja que él. Con Víctor hago lo mismo, le llamaré para preguntarle cómo está y él me contestará, con su humor más negro “bueno, aquí estoy, en el agonice”. Todavía, alguna vez, aparece en mi Facebook con un comentario genial, que viene del pasado, de nuestra vida anterior. Porque ellos son los inmortales, los que siguen conmigo mientras yo envejezco, los que estuvieron aquí para hacernos felices.

Este verano, en Sigüenza, esperaré la llegada de José Luis Redonnet, y me consolaré pensando que está en Toulouse con Mariclaire y rodeado de nietas. Echaré de menos las comidas en casa, el vino “rosé”, el “papier d’ Armenie”, lo gruñón que se hizo, y lo que nos quería y nos cuidaba desde que éramos tan jóvenes y tan dichosos.


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