06/01/2019 / 20:34
José Serrano Belinchón


Imagenes

Algo falla en la seguridad

  El invierno es el tiempo propicio para que los amigos de lo ajeno se pongan a actuar. El peor inconveniente que podrían encontrar es el que los dueños de la casa se encontrasen dentro.


 El titular de la noticia que encabezaba la primera página de nuestro periódico el 7 de diciembre, no podía ser más expresivo: “Una treintena de pueblos se manifiestan mañana en Alcolea para pedir más seguridad”. Los vecinos de aquellos pueblos se quejaban por los constantes robos de los que eran víctimas. Hablamos de uno de los inconvenientes a los que están expuestas las honradas gentes de nuestros pueblos, agravado durante el invierno en los pequeños municipios, que en Guadalajara se cuentan por centenares.Hace años, quince o veinte quizás, tomamos la decisión de traernos a la capital a los abuelos cuando apuntasen los primeros fríos, para volverlos a llevar al pueblo una vez bien entrada la primavera.

            El invierno es el tiempo propicio para que los amigos de lo ajeno se pongan a actuar. El peor inconveniente que podrían encontrar es el que los dueños de la casa se encontrasen dentro, dormidos quizás, y si despiertos, no serían enemigo frente a uno o dos cacos, posiblemente armados y tal vez con la cara tapada.

Eran los primeros días del mes cuando una gélida mañana de diciembre tomé mi coche y me fui al pueblo a por los abuelos. No fue una decisión a su gusto. Yo sabía que la vida en la ciudad les iba a resultar antipática; pero conseguía traérmelos a donde estaban sus hijos. El abuelo, como más reacio a la hora de marchar, no puso inconveniente, porque ya había cobrado el escaso importe de su pensión.  Dos días después recibiríamos la llamada de un vecino haciéndonos saber que la puerta del establo estaba abierta, y que alguien había visto rondar extramuros del pueblo una furgoneta blanca durante la noche. Lo demás, amigo lector, te lo puedes imaginar.  No encontraron dinero. Los abuelos habían tomado la precaución de llevárselo con ellos a la ciudad. Pero sí que encontraron ropa de cama en los armarios, objetos que les parecieron bien, y el contenido de los cajones tirado por el suelo. Algunas gallinas, del gallinero anejo a la casa, fueron también parte del botín. Nos importó mucho aquello, claro que sí; pero nos quedó la tranquilidad de que ellos, nonagenarios los dos, no vivieron aquellos tremendos momentos. Se denunció el caso, como correspondía hacer. Los abuelos fallecieron años después, cuando les llegó su hora, sin haber tenido que vivir aquellos momentos, que, de haberlo hecho, a su edad y con el abuelo enfermo, hubieran podido ser definitivos.


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