05/11/2021 / 20:43
Jesús de Andrés


Imagenes

Andalûh

Hoy es posible recoger fósiles marinos en Cantalojas, en Molina o en la Alcarria porque allí hubo mar cuando la actual península ibérica ocupaba el centro de Pangea.


Escuchaba el otro día a un científico, un vulcanólogo del CSIC, con el que conectaron en un directo televisivo desde La Palma. Animado por la conversación, dejó caer que las Canarias están en una zona que se enfriará en su momento, lo cual supondrá el hundimiento del archipiélago y la desaparición incluso de la isla de Tenerife. Hablaba, lógicamente, en términos geológicos, es decir, en decenas de millones de años, pero por un momento imaginé el horror de los tinerfeños que en ese momento veían la tele pensando en qué sería de su coche, su casa o su familia. La escala temporal es tan distinta cuando comparamos la insignificancia de nuestra esperanza de vida con la evolución de las placas tectónicas o de los continentes, que abruma pensarlo. Se hundirán las Canarias, claro que lo harán y el mapa de Europa nada tendrá que ver con el actual. Se separará la península más de África o chocará con ella, se partirá por la mitad o se desgajará por los Pirineos. Hoy es posible recoger fósiles marinos en Cantalojas, en Molina o en la Alcarria porque allí hubo mar cuando la actual península ibérica ocupaba el centro de Pangea, que era el único continente existente hace unos 300 millones de años. Los primeros Estados surgieron hace poco más de cinco siglos, no llega a seis. Maquiavelo fue el primero en observar las características de las nuevas formas de organización política que brotaron tras la disolución del mundo feudal medieval, “lo Stato”. España fue, gracias a la acción unificadora de los Reyes Católicos, uno de los primeros en conformarse. Y no sabemos si será uno de los primeros en desaparecer, pero lo hará. Que nadie se asuste: ni Tenerife se hundirá mañana ni España desaparecerá el año próximo, pero no está de más poner las cosas en perspectiva antes de sacar a pasear los esencialismos. Hace unos días escuche a una senadora andaluza hacer una defensa a ultranza del “andalûh”, que reivindicó como lengua natural diferenciada del castellano. Para remachar sus palabras, lo aclaró en las redes sociales: “El andalûh êh nuêttra lengua naturâh. Y no êh inferiôh a ninguna otra lengua del êttao. Lo ablamô çin complehô”. Lo primero que pensé es que, a poco que nos esforcemos, por aquí montamos el idioma alcarreño a base de contracciones, giros, expresiones locales y patadas al diccionario. Sería el primer paso en la construcción de nuestra identidad; si puede ser, regada de dinero público para su desarrollo. Cada cosa lleva su ritmo, todo llegará, se hundirá la península, desaparecerán el Estado y sus autonomías, nadie hablará español ni andalûh, pero vista la prisa de algunos por extinguirse, casi es mejor darles la razón, como a los tontos, y facilitarles el tránsito. Eso sí, que se lo paguen ellos.   

 


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