Artesanía de los conventos

31/05/2026 - 12:16 José Antonio Alonso/Etnólogo

Hay un patrimonio artesano y de religiosidad popular, fraguado secularmente entre las paredes de los conventos y monasterios que también conviene conocer y salvaguardar.

Fueron estas tierras de Guadalajara territorio sembrado de conventos. En ellos la vida contemplativa transcurrió pausadamente, durante siglos. Muchas personas tomaron la opción de dedicar su existencia a la vida religiosa, al igual que en otros lugares. Todavía hoy quedan algunos cenobios abiertos, pero lo habitual, en las últimas décadas, es que vayan cerrando sus puertas y que los religiosos y religiosas que quedan, normalmente de edad avanzada, vayan concentrándose en casas madre donde pasarán los últimos años de su vida.

Vivimos en un mundo acelerado y laico, poco dado a la vida serena y a la contemplación mística, dicho todo esto con las excepciones conocidas. Pero hubo un tiempo en que la opción de la vida monástica era bastante habitual. Por toda nuestra geografía quedan monasterios y conventos, un auténtico patrimonio artístico difícil de mantener, debido a su número y a su falta de uso, aparte de otras circunstancias, más o menos conocidas. Ese patrimonio monumental ha sido objeto de estudios y no entraremos en ello, pues trasciende el objetivo de este espacio, pero hay otro tipo de patrimonio, que se fue fraguando entre las paredes conventuales, que sí que tiene que ver con este apartado. Nos referimos a ese mundo de costumbres y de prácticas artesanales en las que los frailes y monjas ocupaban, y todavía ocupan, las largas horas de sus días.

Como pueden imaginar una gran parte de ese tiempo se dedica a la oración y a la contemplación religiosa; eso depende mucho de la orden y la regla que rija sus vidas. No es lo mismo la vida de clausura que la de las órdenes integradas en la vida social de las urbes. La orden benedictina, como es sabido, tiene como lema de obligado cumplimiento aquello de “ora et labora” para intentar conjugar la vida espiritual con el servicio a la comunidad y a los semejantes. Pero las horas en los conventos son muy largas, y también las necesidades de mantenimiento de sus comunidades y de los edificios donde moran, frecuentemente viejos edificios difíciles de mantener. Para ello, los hermanos y hermanas se han dedicado al trabajo de las huertas para procurar su propio sustento y el de las personas que atienden y socorren.

Carrete de hilo con Sagrado Corazón. Foto: José Antonio Alonso.

Pero una parte importante de su tiempo lo dedicaban y dedican a trabajos de artesanía y de ellos hablaremos, aunque sea de forma resumida. Muchas de esas tareas estaban relacionadas con la atención al culto: confección y bordado de prendas de ritual, y para vestir la imaginería religiosa, y fabricación de otros complementos religiosos como paños y frontales  de altar,  diversos tipos de manteles, velos o cortinas para cubrir el sagrario –conopeos-. Otros muchos elementos, relacionados con la Eucaristía como los corporales, portacorporales, purificadores  de cáliz, cubrecopones, etc. también pueden ser objeto de delicados quehaceres artesanos. Los ritos también necesitan a veces de otros objetos como palios, estandartes, mangas de cruces, etc., a veces primorosamente bordados con hilos de plata y oro, lentejuelas, etc. Estas tareas no son ocupaciones exclusivas de los conventos, pues hay una importante industria externa que también se ocupa de ellas y de proveer las necesidades de cofradías y hermandades que son numerosas.

Otra de las ocupaciones artesanales de los conventos era la de la fabricación de obleas de pan ácimo para la Eucaristía, usando distintos tipos de moldes, muchos de los cuales se han convertido ya en piezas de museo. Escapularios de diverso tamaño y función, detentes y otros objetos similares han sido también fabricados en los conventos y monasterios. La confección de hábitos y mortajas también supusieron antaño una fuente muy importante de ingresos para estas instituciones.

Paño bordado. Sor E.R. Monjas bernardas, Brihuega. Foto: José Antonio Alonso.

Pero el listado de tareas artesanas conventuales no se acaba en las relacionadas con el culto, la fe y los ritos religiosos. Era frecuente también que muchos monjes se dedicaran a la fabricación de cervezas, vinos y otras muchas tareas relacionadas con la gastronomía. Las monjas pasaban muchas horas confeccionando prendas y juguetes para sus familias y para otros menesteres. La imagen de las hermanas –sores- inclinadas sobre sus bastidores, bordando para  el ornato de ajuares, pañuelos, etc. forma parte de la escenografía que muchos tenemos de la vida monacal. 

Mientras escribo estas líneas evoco las visitas que desde niño, realizaba al convento de religiosas bernardas de Brihuega, donde se nos obsequiaba con juguetes que las propias monjas realizaban, con recortes de formas, pañuelos bordados con flores o con los nombres de los familiares que íbamos a visitarlas y que nos entregaban a través de las rejas de la clausura.

Siempre  que recuerdo esas imágenes me viene  a la mente el poema de  FEDERICO GARCÍA LORCA titulado “la monja gitana”, que en su “Romancero Gitano”  refleja esa escena, como sólo el poeta granadino ha sabido retratar, y del que citaré algunos versos que vienen al cuento:

 

Silencio de cal y mirto.

Malvas en las hierbas finas.

La monja borda alhelíes

sobre una tela pajiza...

¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!

Sobre la tela pajiza

ella quisiera bordar

flores de su fantasía.

¡Qué girasol! ¡Qué magnolia

de lentejuelas y cintas!

¡Qué azafranes y qué lunas,

en el mantel de la misa!...

Pero sigue con sus flores,

mientras que de pie, en la brisa,

la luz juega el ajedrez

alto de la celosía.

 

Paño bordado con 'Agnus Dei' y con motivos eucarísticos. Museo de las Dominicas. Careluenga (Burgos). Foto: José Antonio Alonso.

Las escasas monjas bernardas que quedaban en Brihuega, eran artesanas que realizaban algunas de las tareas que hemos descrito en este artículo, cultivaron  su huerta y, durante muchos años, realizaron incluso actividades alfareras de azulejería, proveyendo de placas para el callejero de muchos de nuestros pueblos. En el 2021, la pandemia les dio el último empujón para abandonar el pueblo alcarreño del que formaban parte, desde hacía siglos. Las cuatro monjas que quedaban se desplazaron a Madrid, donde han continuado su vida siguiendo el lema de “ora et labora”. Supongo que, al igual que otras muchas “hermanas” seguirán dedicándose a muchas tareas entre las que no faltará la fabricación de dulces y de bollería, otra de las especialidades artesanas que contribuyen a su mantenimiento. Como diría nuestro querido Javier Borobia: “¡Miel sobre hojuelas!”.