Atención a la ultraderecha
01/10/2010 - 09:45
Adolfo Yáñez - Guadalajara
La actual crisis por la que atraviesa el PP puede acarrear consecuencias múltiples, también la de ver surgir en el horizonte español una nueva formación política que añada sobresaltos al ya agitado panorama nacional.
¿Parece descabellado temer hoy que la ultraderecha llegue a levantar cabeza otra vez entre nosotros y resulta insensato imaginar que alguien se decida a recoger valores sagrados que, como lastre del pasado reciente, un PP a la deriva quizá quiera soltar en su camino hacia el futuro?
Además de sufrir en España situaciones que enseguida reseñaré, los populismos están más de moda que nunca y de ellos suelen servirse astutamente los salvadores que se reclaman tanto de la derecha como de la izquierda, dependiendo del área del planeta en la que se encuentren.
Populistas son algunos conspicuos líderes de América latina, de Estados Unidos o de Europa. Aunque difieren entre sí, todos practican un difuso mesianismo que en cierto modo les hermana. Para enfervorizar a las masas, algunos se apoyan en campañas contra la pobreza o el expolio de sus materias primas, otros exhiben racismos primarios, otros capitanean planes antiabortistas o enarbolan cruzadas a favor de credos o esencias ideológicas que sólo ellos entienden.
Saben echar mano del carisma con el que cuentan y azuzan a los ciudadanos contra cualquier problema que hallen a su alrededor. ¿Qué circunstancias aprovecharía hoy un demagogo con ganas de probar suerte en la arena política española? Creo que, por desgracia, a ese hipotético adalid no le faltarían disculpas con las que disfrazar su codicia ni carecería de ayudas prestadas por algún loco que viese en él una cuña eficaz para destrozar la derecha parlamentaria. ¿No aprovecharía, por ejemplo, la pobreza ideológica que padecemos y de la que suelen valerse los populistas de cualquier pelaje?
Aquí, además, se dan en la actualidad fenómenos de tan hondo calado como la inmigración masiva, el paro creciente, la crisis económica, etcétera. Para agrandar la brecha por la que se nos puede colar un falso redentor, sufrimos la sensación (alentada por ciertos medios de comunicación) de que España se desmorona a causa de nacionalismos que cuentan en Madrid con la complicidad de políticos mediocres, más dispuestos a peleas estériles entre ellos que a trabajar por el bien común.
La puntilla a tanta vicisitud la pone el terrorismo, siempre doloroso y disculpa permanente de involucionistas.
Ante un panorama así y ante un PP en pleno desconcierto (pero que ha sabido contener hasta ahora democráticamente a los ultramontanos) ¿no habrá que prestar atención a horizontes susceptibles de traernos salvadores vestidos de populismo y demagogia, salvapatrias subvencionados por insensatos y bendecidos por manos habituadas a la sacralización de todo aquél que sirva sus intereses? ¿No conviene vigilar nuestra democracia y el posible advenimiento de cualquier charlatán peligrosamente escorado hacia la ultraderecha?
Además de sufrir en España situaciones que enseguida reseñaré, los populismos están más de moda que nunca y de ellos suelen servirse astutamente los salvadores que se reclaman tanto de la derecha como de la izquierda, dependiendo del área del planeta en la que se encuentren.
Populistas son algunos conspicuos líderes de América latina, de Estados Unidos o de Europa. Aunque difieren entre sí, todos practican un difuso mesianismo que en cierto modo les hermana. Para enfervorizar a las masas, algunos se apoyan en campañas contra la pobreza o el expolio de sus materias primas, otros exhiben racismos primarios, otros capitanean planes antiabortistas o enarbolan cruzadas a favor de credos o esencias ideológicas que sólo ellos entienden.
Saben echar mano del carisma con el que cuentan y azuzan a los ciudadanos contra cualquier problema que hallen a su alrededor. ¿Qué circunstancias aprovecharía hoy un demagogo con ganas de probar suerte en la arena política española? Creo que, por desgracia, a ese hipotético adalid no le faltarían disculpas con las que disfrazar su codicia ni carecería de ayudas prestadas por algún loco que viese en él una cuña eficaz para destrozar la derecha parlamentaria. ¿No aprovecharía, por ejemplo, la pobreza ideológica que padecemos y de la que suelen valerse los populistas de cualquier pelaje?
Aquí, además, se dan en la actualidad fenómenos de tan hondo calado como la inmigración masiva, el paro creciente, la crisis económica, etcétera. Para agrandar la brecha por la que se nos puede colar un falso redentor, sufrimos la sensación (alentada por ciertos medios de comunicación) de que España se desmorona a causa de nacionalismos que cuentan en Madrid con la complicidad de políticos mediocres, más dispuestos a peleas estériles entre ellos que a trabajar por el bien común.
La puntilla a tanta vicisitud la pone el terrorismo, siempre doloroso y disculpa permanente de involucionistas.
Ante un panorama así y ante un PP en pleno desconcierto (pero que ha sabido contener hasta ahora democráticamente a los ultramontanos) ¿no habrá que prestar atención a horizontes susceptibles de traernos salvadores vestidos de populismo y demagogia, salvapatrias subvencionados por insensatos y bendecidos por manos habituadas a la sacralización de todo aquél que sirva sus intereses? ¿No conviene vigilar nuestra democracia y el posible advenimiento de cualquier charlatán peligrosamente escorado hacia la ultraderecha?