Autonomía y seguridad en los niños
01/10/2010 - 09:45
Javier Urra - Periodista
Los niños, lo que más precisan es seguridad desde que nacen. De ser acogidos, queridos. De que la temperatura será correcta, la comida llegará como la hidratación.
Esta seguridad no debe confundirse con el tiempo con dependencia. El crecimiento precisa descubrir, ganar en autonomía. Ser yo mismo en ocasiones en oposición a los otros-.
El gateo, permite alejarse, el deambular aún más, pero siempre mirando, comprobando que es visto, que no se pierde, que aquél del que se aleja sigue en conexión. El equilibrio entre seguridad y autonomía es el hijo conductor de nuestra vida. Deambulamos entre la garantía y la libertad. Hoy en los países ricos, el mundo se ha hecho difícil para los niños. El tráfico de vehículos depredadores, el miedo a la desaparición de niños en ocasiones de mano de abyectos pederastas- provoca que los progenitores deseen en todo momento supervisar a los hijos, mediante la mirada, el teléfono móvil. La ciudad se percibe como peligrosa y algunos de sus habitantes como perversos ocultos. Los sucesos percutientes que zarandean la confianza, cuestionándonos sobre la mano que mece la cuna, perjudican gravemente a los niños. Es por ello que los progenitores se muestran más tranquilos cuando los hijos están en su cuarto, en el hogar ante alguna de las múltiples pantallas. Una sociedad, la nuestra donde los niños hasta numéricamente escasos son sobreprotegidos, genera una dependencia que muchas veces es del adulto hacia los niños. Por contra los horarios laborales, la vida social, impide pasar muchas horas con los hijos. Dicotomía, dilema, desajuste. Convivimos con niños llave (pasan muchas horas solos) y niños agenda (matriculados en todo tipo de actividad que les impide algo tan esencial como jugar).Si nos retrotaemos varias décadas veremos a los niños jugando al football por las aceras, montando en bici, jugando a policías y ladrones, a las chapas, a La calle era de los niños supervisados por los vecinos. Esto se acabó, pero hay un movimiento por volver a humanizar las urbes, por ampliar las aceras, por ganar espacios verdes. Educar conlleva dotar de autonomía, de autogobierno en libertad, para ir adquiriendo madurez y enfrentarse con optimismo a los avatares de la vida. Para sortear los socavones del camino o aprender a salir de ellos.
Acompañar en la evolución es dar la mano pero no aferrarla. Un día el niño decide lanzarse desde el tobogán, otro ir a comprar el pan. Algo más allá pasar la tarde en casa de los amigos. Un paso más y saldrá sólo por la noche quizás hasta conduciendo. Lo importante es cómo se conduzca, él, ante sí mismo, ante los demás. La responsabilidad es una conquista personal, un éxito en la socialización, que requiere haber tenido buenas guías, impulsores del amor al conocimiento, que han entendido que nadie, ni un hijo te pertenece. Que no son un proyecto sino un presente. Que han de disfrutar de su infancia, de su ingenuidad, de su futuro. Los niños disponen de tiempo, hemos de evitarles riesgos, los que pudieran mancillar su inocencia o los que pongan en riesgo su seguridad. Pero el crecimiento físico, psicológico, social exige aprender a llevar la vida en los propios brazos, contextualizar los problemas, relativizarlos y preocuparnos por los de los otros. Como las estaciones de Vivaldi, llega el día y la noche, el nacimiento y la muerte, la sonrisa y el llanto. Al niño hay que dejar que lo capte en contacto consigo mismo, con su silencio, con la naturaleza, con los iguales. El niño es un ciudadano de pleno derecho, que precisa respeto, que se le tenga en cuenta, que se le demande responsabilidad por sus actos.
El gateo, permite alejarse, el deambular aún más, pero siempre mirando, comprobando que es visto, que no se pierde, que aquél del que se aleja sigue en conexión. El equilibrio entre seguridad y autonomía es el hijo conductor de nuestra vida. Deambulamos entre la garantía y la libertad. Hoy en los países ricos, el mundo se ha hecho difícil para los niños. El tráfico de vehículos depredadores, el miedo a la desaparición de niños en ocasiones de mano de abyectos pederastas- provoca que los progenitores deseen en todo momento supervisar a los hijos, mediante la mirada, el teléfono móvil. La ciudad se percibe como peligrosa y algunos de sus habitantes como perversos ocultos. Los sucesos percutientes que zarandean la confianza, cuestionándonos sobre la mano que mece la cuna, perjudican gravemente a los niños. Es por ello que los progenitores se muestran más tranquilos cuando los hijos están en su cuarto, en el hogar ante alguna de las múltiples pantallas. Una sociedad, la nuestra donde los niños hasta numéricamente escasos son sobreprotegidos, genera una dependencia que muchas veces es del adulto hacia los niños. Por contra los horarios laborales, la vida social, impide pasar muchas horas con los hijos. Dicotomía, dilema, desajuste. Convivimos con niños llave (pasan muchas horas solos) y niños agenda (matriculados en todo tipo de actividad que les impide algo tan esencial como jugar).Si nos retrotaemos varias décadas veremos a los niños jugando al football por las aceras, montando en bici, jugando a policías y ladrones, a las chapas, a La calle era de los niños supervisados por los vecinos. Esto se acabó, pero hay un movimiento por volver a humanizar las urbes, por ampliar las aceras, por ganar espacios verdes. Educar conlleva dotar de autonomía, de autogobierno en libertad, para ir adquiriendo madurez y enfrentarse con optimismo a los avatares de la vida. Para sortear los socavones del camino o aprender a salir de ellos.
Acompañar en la evolución es dar la mano pero no aferrarla. Un día el niño decide lanzarse desde el tobogán, otro ir a comprar el pan. Algo más allá pasar la tarde en casa de los amigos. Un paso más y saldrá sólo por la noche quizás hasta conduciendo. Lo importante es cómo se conduzca, él, ante sí mismo, ante los demás. La responsabilidad es una conquista personal, un éxito en la socialización, que requiere haber tenido buenas guías, impulsores del amor al conocimiento, que han entendido que nadie, ni un hijo te pertenece. Que no son un proyecto sino un presente. Que han de disfrutar de su infancia, de su ingenuidad, de su futuro. Los niños disponen de tiempo, hemos de evitarles riesgos, los que pudieran mancillar su inocencia o los que pongan en riesgo su seguridad. Pero el crecimiento físico, psicológico, social exige aprender a llevar la vida en los propios brazos, contextualizar los problemas, relativizarlos y preocuparnos por los de los otros. Como las estaciones de Vivaldi, llega el día y la noche, el nacimiento y la muerte, la sonrisa y el llanto. Al niño hay que dejar que lo capte en contacto consigo mismo, con su silencio, con la naturaleza, con los iguales. El niño es un ciudadano de pleno derecho, que precisa respeto, que se le tenga en cuenta, que se le demande responsabilidad por sus actos.