Ay ay ay, pero... ¡qué ilusión!
Si le preguntamos a cualquier persona por la calle que estaba haciendo un 26 de agosto de 1990, seguramente diga que en la playa o en el pueblo, pero lo más normal es que ni se acuerde; si a la ecuación añadimos una pedanía de Benquerencia de la Serena (Badajoz), los más avispados y belloteros ya sabrán de lo que hablamos; si por último acudimos al refranero castellano como parte de la historia colectiva del último medio siglo con el asesinato de los Amadeos y los Patás Pelás, ya es difícil escapar de la realidad.
No hace falta ver la película de Carlos Saura (El séptimo día), escuchar Def con Dos o susurrar a C. Tangana con Andrés Calamaro. Si decimos que aquí se va a montar la de Puerto Hurraco es que va a haber más obleas que en un misa de Semana Santa. Estos episodios de violencia colectiva o turba, cada vez más escasos en nuestro país por mera evolución cívica (sic), aparecen de forma súbita y costumbrista. Este 2025 se ha despedido con los décimos de lotería premiados de Villamanín.
Para resumir, la situación cabe decir que media docena de chavales con ausencia de canas, por ayudar a la vida de su pueblo a través de la comisión de fiestas vendieron 450 papeletas correspondientes a 90 décimos de lotería. Se jugaban 4 euros y la monedita restante para los festejos estivales. A uno de ellos, se le olvidó consignar su taco de papeletas en la administración de lotería y se convirtieron en estampitas, con tan buena-mala suerte (los claroscuros) que el Gordo besó esta localidad a los pies del río Bernesga. ¿Concusión? Más papeletas que su equivalencia en décimos y 4 millones con derecho de cobro sin respaldo.
Los chavales, a priori sin dolo, convocan a todo el pueblo casi al día siguiente que han metido la pata. “Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. Estos púberes, incluso ponen a la colectiva sus décimos personales y el de la comisión para que el roto de la tontina sea de solo 2 millones de euros. La quita ofrecida para que todo el mundo cobre lo suyo sería del 5,55 por ciento, o que el premio sea entre de 75.555 euros (15.111 euros) en vez de 80.000 euros (16.000 euros) por décimo papeleta.
Aunque la gran mayoría de vecinos que han participado en el sorteo son locales, hay un porcentaje reducido que no tienen que ver con la localidad y que son de otras áreas como Asturias o Cantabria. Y ahora llega la pregunta querido lector, ¿aceptaría usted una quita por un error de unos paisanos o reclamaría la integridad completa del premio? La legalidad y el derecho obligaría incluso a estos post-adolescentes a pagar la integridad de la diferencia cuando un solo perjudicado denunciara, pero también el cobro del precio se podría demorar muchos años hasta que se resuelva judicialmente este asunto.
La gran mayoría de autores económicos de los últimos años han dejado de lado las matemáticas y se han centrado en la psicología detrás de las grandes cifras del día a día. ¿Qué cantidad estaría dispuesto a aceptar de pérdida cada una de las personas para poder continuar sin rencores o traumas su propia vida? ¿Preferiría una cantidad hoy a la promesa de una cifra menor dentro de unos años? ¿Provocaría un ruptura en dos en el pueblo para cobrar unos legítimos pocos euros más? E incluso lo más importante, ¿algún joven en su sano juicio va a querer ahora pelear por su pueblo sabiendo que aquí un porcentaje significativo de la población mata por unos cuantos miles de euros?
Alguna señora que ha dado dignidad y sentido común lo dejaba claro: “Ayer no tenía nada, hoy tengo casi todo y eso siempre es más que lo anterior”. Desde fuera se ve todo claro, pero hay que ver quien necesita realmente ese dinero para tapar “verdaderos” agujeros y no darse meros caprichos. La economía es la ciencia social y empírica que trata de entender a las personas para que no se maten a tiros ni vendan a sus padres por unas pocas monedas.
Esperemos que en Villamanín no pase ni lo de Puerto Hurraco ni lo de Fuenteovejuna y que sea el pueblo recordado por el premio y no por la huída de los torpes jóvenes bienintencionados. Por ahora griten “Ay que Ilusión”. Y no, no es un anuncio de Navidad, sino de la Once. Todo es vender impuestos para comprar una mínima probabilidad de éxito. Feliz 2026 y ya tendremos tiempo de cabrearnos otro día.