03/12/2010 / 00:00
Rafael Torres


Aznar, el espectro que amaga


Todavía en los primeros años del siglo XXI, gobernando Aznar, el Valle de los Caídos, el monumento fascista que perpetua la memoria apologética del horror, se iluminaba cada 18 de julio a cuenta del Erario. No puede extrañar, pues, que las tímidas y tardías iniciativas de reparación a las víctimas de la pesadilla franquista emprendidas por el primer gobierno de Zapatero, sustanciadas en una ley meramente testimonial, indignaran a ese pequeño César Visionario que, por incomprensión y desafecto de sus ingratos compatriotas, había perdido las elecciones en 2004 por haber vislumbrado, sólo por eso, un nuevo Imperio y una nueva Unidad de Destino en lo Universal. Tan indignado estaba, que en las cenas con el embajador de Bush, señor Aguirre, informaba de su santa ofuscación al Imperio de verdad, al americano, al que tan lealmente había servido y, al perecer, seguía sirviendo. Ponía a parir, según nos revelan innecesariamente los papeles de Wikileaks (pues Aznar lo hacía también en público según pisaba suelo extranjero), al gobierno elegido democráticamente por los españoles. Éste hombre, Aznar, con no ser lo único regresivo que aflige a la gente (ahí está Bono entregando a los "alborotadores" de "su" Congreso a, como si dijéramos, la Brigada Político-Social), tiende a regresarnos todo el rato al punto al que nunca España debió llegar. Al punto, a la hora, de los mesías, de los salvadores de la patria. Así se lo decía, según los documentos rescatados, al embajador de EE.UU., que él estaba dispuesto, "si veía a España realmente desesperada, a volver a la política nacional". A hincharse a salvarla, desde luego, empuñando con energía el timón con una mano, y con la otra la simbólica espada del Cid, aquél mercenario que inspiró tan bello como improbable romance. Oh, Dios, cómo consterna comprobar que las elecciones, aquí, no sólo no sirven para que esté el que se pone (éste Zapatero no es, ciertamente, el que se puso), sino tampoco para que no esté el que se quita. Aznar, siempre presente, siquiera como espectro que se lamenta y amaga por las embajadas y las esquinas.

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