Beatas de tiempos pasados


Un repaso a las viejas crónicas nos depara sorpresas acerca de algunas figuras femeninas en nuestra tierra. El recuerdo se nos va a cuando las mujeres solo tenían dos destinos bien marcados: o el matrimonio o el convento. 

Quizás el más señalado fuera el de Ana de Mendoza y Enríquez, vástago de una de  las familias con mayor pedigrí de las que ocuparon esta tierra durante siglos. Decir Mendoza era decir lo más sagrado. Algo sin mancha. Aunque el apellido las tuviere desde sus inicios, porque en la Edad Media, –son controles de ningún tipo– para llegar arriba había que aplastar muchas cabezas.

Pero de aquellos Mendozas venidos de la llanada alavesa (hombres y mujeres a la par) hubo señaladas figuras que han pasado a la historia (ya se sabe: batallas, tratados, edificios, proclamas). Y algunas de esas figuras, se señalaron por su piedad, por su denso amor a Dios, por la práctica exagerada de los ritos que a Él conducen. Una de ellas fue sin duda la sexta duquesa del Infantado, doña Ana. “... Muchas vezes intentó la duquesa entrar en exercicios espirituales de la Mística Theología, y comenzó a tener oración mental y contemplaçión de los misterios divinos tocantes a la divinidad y atributos de Dios Nuestro Señor...”. Así dice de ella su biógrafo Hernando Pecha, quien comunica que trajo a su casa (que era nada menos que el palacio del Infantado) al trinitario Melchor Cano y a una beata de Alcázar de San Juan para “oírlos hablar de Dios”. Dos veces casada, por estrategia de linajes, y dos veces viuda, ya mayor, “hastiada quizás de tanta intriga, tanto viaje, y tanta antesala, doña Ana se retiró de nuevo a Guadalajara, y aquí convirtió su casa palacio en un verdadero monasterio, en un territorio dedicado a Dios singularmente, con varias misas diarias, procesiones, botafumeiros y cánticos. En esos años postreros la traté yo casi en exclusiva. Y de ellos puedo contar mil cosas, que por no hacerme prolijo resumiré cuanto pueda”. Así dice un escritor al que conozco y que ha encontrado muchos datos hasta ahora recónditos de doña Ana. Que, entre otros datos, aporta el de que en 1706 la Inquisición de Toledo puso en alerta a su “delegación” en Guadalajara de la existencia de un foco de beatas en el palacio, en torno a los duques.

Claro que llovía sobre mojado, porque algo antes, en la cuarta década del siglo XVI, el barullo que formaron entre el duque (el tercero) don Diego Hurtado de Mendoza, María de Cazalla, Isabel de la Cruz y un pequeño grupo de frailes del convento de San Francisco, fue tan sonado que ahí sí tuvo que intervenir la Inquisición: unas presas, otros expulsados, y el duque oportunamente muerto, al parecer de muerte natural, pocos días antes de que se le tomara preso.

Otra de estas mujeres fue doña María Fernández Coronel, de alta prosapia pero que se vino desde Andalucía a vivir aquí, por ser el aya preferida de la reina María de Molina, cuando esta heredó de su marido Sancho IV la ciudad del Henares, y que luego se la dejó en señorío a sus hijas las infantas doña Beatriz, y doña Isabel. Sí, aquella infantas a las que debemos el Puente de junto al Alamín que ellas construyeron para poder ir a oír misa a las bernardas del otro lado del barranco. Doña María Fernández Coronel fue capitana de una muestra importante de beatas. Todo en ellas eran rezos, y hasta pensaron en construirse monasterios. De hecho, el de Santa Clara que hoy recordamos en su magnífica apariencia mudéjar en la iglesia de Santiago, fue su hechura. Se reunían (eran los primeros años del siglo XIV) todos los días a rezar, traían frailes que les hablaban de Dios, (porque a pesar de todo, ellas no estaban autorizadas para hablar en público: toca en la cabeza y candado en los labios: solo el corazón podían mover, y eso sin darle demasiado pábulo) y ceremonias continuas, alabanzas cantadas y mucha procesión, pero en silencio.

En ese siglo XVI de tanta piedad y sentimiento, al mismo tiempo que el núcleo palaciego surgió otro beaterio creado por una mendocina pupila, doña Brianda de Mendoza, precisamente hermana del procesado tercer duque del Infantado. Fundó esta señora un beaterio en 1524, con veinte beatas bajo la Tercera Regla de San Francisco. Y al final se creó convento de monjas franciscanas cuyas constituciones si se analizan detenidamente hacen pensar en el protestantismo más claro. Incluso en esos años la Inquisición de Toledo presionó para que se disolviera otro beaterio de mujeres que había surgido en un caserón junto al convento de San Antolín de la Orden mercedaria. La última beata que junto a los frailes blanco vivió fue doña Inés de Sojo, que era hija de un alcaller de los que vivieron en el barrio de enfrente, hoy todavía por algunos llamado “Cacharrerías”. Incluso me han llegado noticias de otra casa de beatas en Trijueque, en las últimas décadas del siglo XVI, donde tenían un gran caserón en plena calle mayor del pueblo, bajo el mando de Catalina González. También, por completar los datos, decir que en Molina de Aragón, aunque en un contexto social completamente diferente, se creó también en el siglo XVI un beaterio con mujeres que finalmente cuajaron en un convento de clarisas. Y que precisamente hace 4 años se disolvió por trasladarse todas ellas a otro lugar del país valenciano.

Tras tantos datos conviene un momento descansar y preguntarse quienes eran las beatas en tiempos pasados. Pues eran mujeres que habían hecho voto de castidad y dedicaban sus vidas a servir a Dios, pero en sus casas, o en caserones que a todas ellas acogían, y que solían llevar hábitos religiosos aunque no pertenecieran a ninguna orden concreta. Solían vivir en sus casas, en condiciones de pobreza, de austeridad, de hambre incluso. Rezando todo el día, esperando la caridad de los demás, y poniendo Fe y Esperanza como únicos materiales de su piedad. Entendían la religión muy a su manera, en una libertad de interpretación de las Escrituras que obligaba a las autoridades de la Iglesia a focalizar sobre ellas, por sospecha continua de protestantismo. Más que una alternativa de vida, las beatas proponían un modelo de vivencia religiosa, aunque la mayoría optó por la castidad como vehículo de purificación, excluyendo el matrimonio o un segundo matrimonio, pues algunas eran viudas. Se trataba, en definitiva, de mujeres con escasos medios económicos y materiales, con pocos conocimientos intelectuales y teológicos, y que apostaban por una simplicidad religiosa, disfrutando de libertad de movimiento y de expresión.

De todas las beatas alcarreñas que, de forma esporádica, anecdótica acaso, nos han llegado, la referencia más llamativa es la protagonizada por la beata Águeda de la Cruz (1549-1621), natural de Aranzueque y que procesó en la Orden Tercera de Santo Domingo. Nos hablan de ella José L. Labrador Herráiz y Ralph DiFranco en el estudio previo de la publicación de su autobiografía. Allí leemos su vida portentosa, de sacrificio y milagros. Desarrollada entre su pueblo natal y la villa alcarreña de Cifuentes. Desde su niñez era muy piadosa y amiga de los pobres, razón por la cual sus padres la reñían, azotaban y trataban mal de palabra. Con solo diez años había empezado a comulgar, lo cual no era normal en aquellos tiempos. Sus padres la llevaron a un beaterio de Alcalá de Henares con tan sólo dieciocho años, dedicándose allí a la educación de doncellas. Y en 1573 entró en la Orden Tercera de San Francisco, en Madrid, recibiendo el hábito de beata de Santo Domingo entre los años de 1616 a 1620. Esta mujer fue finalmente procesada por la Inquisición de Toledo, debido a sus lecturas y confesiones que se consideraron que no se ajustaban a los dogmas establecidos en los sínodos diocesanos. Y murió en 1621. 

Como un detalle que puede identificar a este tipo de mujeres (tan de otros tiempos, evidentemente) se dice de la beata Águeda de la Cruz que sentía una necesidad tan aguda de vivir siempre unida a Jesús en la Eucaristía, que recalcaba esto: “Si el Confesor no me hubiera enseñado a hacer Comuniones Espirituales, no hubiera vivido”. Esa profesión de “Comunión Espiritual” consistía en ponerse en presencia de Jesús Sacramentado y en darle un abrazo amoroso, satisfaciendo así los voraces deseos del alma, de querer estar unida a Jesús, que considera su Esposo. La Comunión Espiritual es una unión de amor entre el alma y Jesús en la Hostia. El Concilio de Trento alaba mucho la Comunión espiritual, y exhorta a los fieles a practicarla. La beata Águeda de la Cruz lo hacía doscientas veces al día según narra en su biografía el Padre Antonio de los Mártires.