15/05/2020 / 20:37
Jesús de Andrés


Imagenes

Begin the Beguine

Hemos pasado de la fase 0 a la 1, e irán llegando las sucesivas para retornar a un pasado que no volverá a ser, a un futuro que nunca fue.


Con un enérgico movimiento de batuta, Xavier Cugat arrancaba a su orquesta los primeros compases de Begin the Beguine, la seductora canción compuesta por Cole Porter en los años treinta. Eran años de crisis tras el Crack del 29. El fascismo, atento al malestar, ganaba terreno en Europa. Patéticos dictadores alcanzaban el poder. Pero por encima de ellos sonaba la música, sones que hablaban de un nuevo comienzo, de un volver a empezar, como se inicia la partida después de cada traspiés. 

Hemos pasado de la fase 0 a la 1, e irán llegando las sucesivas para retornar a un pasado que no volverá a ser, a un futuro que nunca fue. Sale uno a la calle y todo parece extraño, como si en las semanas de confinamiento nos hubieran cambiado el mundo. La situación recuerda a aquel personaje de Good Bye, Lenin! que, tras ocho meses en coma en un hospital de la Alemania Oriental, regresa a un país reunificado que ya no es el suyo. O peor aún, al Rick Grimes de Walking Dead, que despierta en un centro médico tras un apocalipsis del que nunca tuvo noticia. Salimos a la calle con la mascarilla, los guantes y el recelo puestos, mirando con desconfianza a los demás, con una extraña sensación de rogar que no se acerquen y desear un abrazo. Necesitaremos tiempo para volver algún tipo de normalidad, para calmar la tensión acumulada durante dos meses y la que queda por llegar, una vez la crisis económica enseñe del todo sus dientes.

Los españoles están hartos. Están hartos por lo sucedido, por la gestión del Gobierno y de las comunidades autónomas, por la política mediática de Sánchez, por la tensión estimulada por Casado, por los manejos interesados de unos y otros, por la deslealtad de los de siempre, están agotados por el estrés que el confinamiento supone, por la incertidumbre que genera. Y están asustados, cómo no estarlo. Y molestos con quienes quieren ser más listos que nadie, con quienes se saltan las normas cuando ellos llevan más de ocho semanas encerrados. Al menos, tras tanto como se ha perdido, tras tanto esfuerzo, cabe la satisfacción de saber que ha servido para algo, que el sacrificio ha merecido la pena. Y en esto llegan los de las cacerolas, los enojados simplemente porque en el Gobierno no están los suyos y tienen a quien culpar. Cayetanos, Borjamaris y Pocholos, todos de apellidos largos, juegan a hacer la revolución en el barrio de Salamanca. Salen a la calle a pecho descubierto, como si se enfrentaran a las tropas napoleónicas, como si estuvieran esperando a los mamelucos a la vuelta de la esquina. Rompen el confinamiento, se quitan la máscara y vociferan bien pegaditos. Ay, el orden y la ley.


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