Bono en el Congreso
01/10/2010 - 09:45
Antonio Papell
Las leyes empíricas de los sociólogos políticos sobre los efectos de la mayor o menor participación en los resultados electorales han fracasado estrepitosamente este 9-M. Otro día habrá que explicar por qué la bajada de la abstención en ciertas comunidades autónomas ha supuesto un ascenso para el Partido Popular y cómo alguna caída de la participación ha beneficiado al PSOE.
Pero estas elecciones han servido en cambio para reforzar otra ley empírica que ya empieza a consolidarse y que puede enunciarse así: cuando el Gobierno del Estado manifiesta una exacerbada reconcentración nacionalista y, por lo tanto, se muestra centralizador, poco flexible, cerrado por sistema a las demandas periféricas y enemistado con los nacionalismos, las formaciones particularistas periféricas incrementan su clientela y tienden a crecer, en detrimento de los grandes partidos estatales. Por el contrario, cuando el Gobierno del Estado no es nacionalista, acepta lealmente las previsiones constitucionales sobre el Estado de las Autonomías, atiende las reclamaciones legítimas de la periferia y llama a la participación a las instituciones autonómicas, los partidos nacionalistas pierden adhesiones y reducen su representación, en beneficio de los grandes partidos estatales.
Los hechos avalan esta norma: el Aznar fervientemente españolista de la legislatura 2000-2004, ensoberbecido con su mayoría absoluta y despreciativo hacia las formaciones periféricas, oxigenó tanto el soberanismo larvado que en las generales del 2004 la presencia de nacionalistas en el Congreso fue sorprendentemente alta, e incluso el nacionalismo catalán estuvo representado por dos grupos parlamentarios diferentes. En cambio, la actitud contemporizadora de Rodríguez Zapatero en el período 2004-2008 ha conseguido todo lo contrario: ERC se ha difuminado estrepitosamente, CiU y PNV han quedado reducidos a la mínima expresión, Eusko Alkartasuna y la Chunta Aragonesista ya no tienen representación en el Congreso.
Este balance no significa ni mucho menos que todo hayan sido aciertos en la gestión por la mayoría política socialista de la reforma territorial. Las veleidades de Maragall en Cataluña hicieron estragos, que tuvieron que ser reducidos in extremis por Mas y Zapatero después de un espectáculo deprimente en el Parlament de Cataluña. Y aún habrá que acabar de encajar, ya con sosiego, el dudoso Estatuto catalán en la norma constitucional, probablemente mediante una sentencia interpretativa del TC. Pero estas objeciones no limitan la conclusión cabal de todo lo anterior: los grandes partidos españoles que se turnan al frente del Estado deben evitar a toda cosa que la gran dialéctica de este país sea la establecida entre el nacionalismo españolista y el nacionalismo particularista de la periferia. El nacionalismo de base identitaria o cultural es, simplemente, un anacronismo. Y el patriotismo, que sí es necesario, ha de ser el patriotismo constitucional de Habermas, basado en la racionalidad democrática, y no el patriotismo romántico y bucólico del siglo XIX.
Viene esto a cuento, es obvio, de la muy probable llegada de José Bono a la presidencia del Congreso de los Diputados. Un tránsito que el ex presidente de Castilla-La Mancha realiza ya españoleando, según opinión del moderado y brillante corresponsal de La Vanguardia en Madrid. Ciertas gracietas sobre las similitudes de las guías telefónicas de Madrid y de Lérida, así como sobre la necesidad de arrojarlas a la cabeza de algunos, han abierto las hostilidades verbales entre Bono y los portavoces nacionalistas.
Seguramente es delgada la frontera entre la plena adhesión a la democracia española en los términos constitucionalmente establecidos y el nacionalismo españolista, pero no hay duda de que no son conceptos idénticos: hay un verdadero abismo entre ambos. Y Bono no debe cruzar esta raya. Porque aunque muchos no consigamos entender cómo perviven en nuestras civilizadísimas comunidades históricas formaciones políticas que todavía defienden la superioridad de los abstractos derechos de los pueblos sobre los derechos individuales de los ciudadanos libres, la realidad es la que es y probablemente no quede más remedio que recordar la necesidad de conllevancia con el nacionalismo de que hablaba Ortega: ya que no podemos extirparlo venía a decir el filósofo-, deberemos al menos conllevarlo.
Por resumir las tesis, Bono no debería inflamar de nuevo la tensión centro-periferia. Primero, porque no es creativa. Y después, porque la experiencia demuestra que el nacionalismo crece y extiende sus tentáculos cuando se ve asediado desde Madrid. No le demos esta oportunidad.
Los hechos avalan esta norma: el Aznar fervientemente españolista de la legislatura 2000-2004, ensoberbecido con su mayoría absoluta y despreciativo hacia las formaciones periféricas, oxigenó tanto el soberanismo larvado que en las generales del 2004 la presencia de nacionalistas en el Congreso fue sorprendentemente alta, e incluso el nacionalismo catalán estuvo representado por dos grupos parlamentarios diferentes. En cambio, la actitud contemporizadora de Rodríguez Zapatero en el período 2004-2008 ha conseguido todo lo contrario: ERC se ha difuminado estrepitosamente, CiU y PNV han quedado reducidos a la mínima expresión, Eusko Alkartasuna y la Chunta Aragonesista ya no tienen representación en el Congreso.
Este balance no significa ni mucho menos que todo hayan sido aciertos en la gestión por la mayoría política socialista de la reforma territorial. Las veleidades de Maragall en Cataluña hicieron estragos, que tuvieron que ser reducidos in extremis por Mas y Zapatero después de un espectáculo deprimente en el Parlament de Cataluña. Y aún habrá que acabar de encajar, ya con sosiego, el dudoso Estatuto catalán en la norma constitucional, probablemente mediante una sentencia interpretativa del TC. Pero estas objeciones no limitan la conclusión cabal de todo lo anterior: los grandes partidos españoles que se turnan al frente del Estado deben evitar a toda cosa que la gran dialéctica de este país sea la establecida entre el nacionalismo españolista y el nacionalismo particularista de la periferia. El nacionalismo de base identitaria o cultural es, simplemente, un anacronismo. Y el patriotismo, que sí es necesario, ha de ser el patriotismo constitucional de Habermas, basado en la racionalidad democrática, y no el patriotismo romántico y bucólico del siglo XIX.
Viene esto a cuento, es obvio, de la muy probable llegada de José Bono a la presidencia del Congreso de los Diputados. Un tránsito que el ex presidente de Castilla-La Mancha realiza ya españoleando, según opinión del moderado y brillante corresponsal de La Vanguardia en Madrid. Ciertas gracietas sobre las similitudes de las guías telefónicas de Madrid y de Lérida, así como sobre la necesidad de arrojarlas a la cabeza de algunos, han abierto las hostilidades verbales entre Bono y los portavoces nacionalistas.
Seguramente es delgada la frontera entre la plena adhesión a la democracia española en los términos constitucionalmente establecidos y el nacionalismo españolista, pero no hay duda de que no son conceptos idénticos: hay un verdadero abismo entre ambos. Y Bono no debe cruzar esta raya. Porque aunque muchos no consigamos entender cómo perviven en nuestras civilizadísimas comunidades históricas formaciones políticas que todavía defienden la superioridad de los abstractos derechos de los pueblos sobre los derechos individuales de los ciudadanos libres, la realidad es la que es y probablemente no quede más remedio que recordar la necesidad de conllevancia con el nacionalismo de que hablaba Ortega: ya que no podemos extirparlo venía a decir el filósofo-, deberemos al menos conllevarlo.
Por resumir las tesis, Bono no debería inflamar de nuevo la tensión centro-periferia. Primero, porque no es creativa. Y después, porque la experiencia demuestra que el nacionalismo crece y extiende sus tentáculos cuando se ve asediado desde Madrid. No le demos esta oportunidad.