06/10/2019 / 13:34
Pablo López Embid


Imagenes

Brad Pitt en el firmamento

'Ad Astra'. Desde Gravity de Cuarón no habíamos vuelto a ver ninguna obra tan espectacular sobre el espacio. 


Desde Gravity de Cuarón no habíamos vuelto a ver ninguna obra espectacular sobre el espacio, un entorno majestuoso y enigmático que grandes cineastas se han preocupado de utilizar en sus películas. Las hay más simbólicas que otras, como las densas Solaris y 2001: Odisea en el espacio, con lecturas mucho más interesantes y exigentes, y otras más deliberadamente complejas en estructura como Interstellar. No nos meteremos en la calidad de unas u otras, porque que sean exigentes o complejas no significa que sean mejores. A la vista está Alien el octavo pasajero, que adelanta por la derecha en eficiencia y espectacularidad a muchas películas espaciales y sagas de sables láser.

Por tanto, el espectador sabe que la ciencia ficción de Hollywood suele ser elegante y preciosista, siendo un público preparado para ello. Ad Astra narra la historia de Roy McBride, un astronauta que vive por y para su trabajo. Un hombre de nervios de acero, frío y comprometido con la causa de servir en todo lo que pueda a sus obligaciones con la corporación tecnológica que explora el sistema solar. Todo ello siguiendo la estela de su padre, interpretado por Tommy Lee Jones, leyenda terrícola en la exploración del sistema solar. Roy, encarnado por Brad Pitt, iniciará un viaje en busca de su progenitor más allá de Marte para intentar resolver una serie de misterios que amenazan la vida humana en la Tierra. 

La película cuenta la exploración interior de Pitt, sobre quién es y qué es lo que quiere en la vida. La trama es convencionalísima, sin sorpresas relevantes, cambiando su personaje por completo al final de la película y revelando la identidad real que le había impedido vivir la sombra de su padre. Un hombre ausente que descubrimos que nunca tuvo apego por su familia, cortando así la única razón por la que Pitt seguía interesado en continuar con la misión a pesar de las dificultades y los obstáculos. El amargo sabor de boca que me dejó personalmente la película es que no hace falta irse tan lejos para soltar una moraleja tan básica y formal como es vivir lo esencial. Darse cuenta de las cosas importantes de la vida, los pequeños detalles que tenemos en nuestro día a día y realidad cotidiana, instantes que podemos potenciar en compañía de otro. La película enfatiza esto por la soledad del padre y el hijo en los confines de la oscuridad, con esos viajes largos y la compañía de uno mismo que pueden pasar factura psicológica. Sin embargo, tampoco llevan un mensaje nuevo, profundo o que invite a una reflexión más densa.

Lo mejor, sin duda, es el despliegue visual de James Gray y Hoyte van Hoytema. Debido a la narración lenta de las secuencias, el ritmo es utilizado a base de colores y efectos visuales de luz que ayudan a transportar y describir las fases por las que pasa el astronauta. Existe un gran poderío visual que se agradece, bello e impactante con reminiscencias a otro director de fotografía destacado como Roger Deakins en su Blade Runner 2049. Este logro fotográfico merece un visionado en pantalla grande.


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