07/01/2023 / 15:25
Antonio Yagüe


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Buenas migas

Las migas, como los arroces, admiten muchas compañías. Tras ajos y pimentón, las más frecuente eran torreznos, chorizos, pimientos y sardinas rancias, que se aplastaban en las puertas para pelarlas.


En diciembre, y el invierno en general, abundan los menús y  comilonas con migas, un plato que ha convertido al pan duro en un manjar de restaurantes y fiestas populares. Como la que despidió 2022 en Ciudad Real con 4.000 comensales, a la que asistió Page en la Nochebuena toledana, o la festejada en el puente de la Inmaculada en Amayas.

Una comida tan tradicional y humilde de la cocina española se ha convertido en plato de moda. Tiempo atrás se tomaba para desayunarse. Ahora es el primero o ideal para compartir en restaurantes de postín, donde se sirven jugosas y deliciosas.

Algunas fuentes apuntan un origen romano. Otras ven una conexión con el cuscús norteafricano. Grandes divulgadores de la gastronomía, como Ismael Díaz Yubero, las consideran derivadas de la comida del pastor ibérico. Tan sencillo, reconstruyen, que tras días lejos de casa y cuando ya solo le quedaba un trozo de pan duro y algo de sebo, lo mojó para ablandarlo, lo desmigó y junto con la grasa, seguramente un pelín rancia, lo pasó por la sartén. Otro gran ingrediente, sin duda, sería el hambre.

La sencillez y economía del invento hicieron que prosperase, transmitido de pastor a pastor, en sus encuentros frecuentes u ocasionales en la trashumancia. Seguro que hacían “buenas migas”, compartiendo historias y problemas de su profesión, en concordia y aportando cada uno el alimento del que disponía. Una lección para políticos, apenas copiada durante la ahora denostada Transición.

Las migas, como los arroces, admiten muchas compañías. Tras ajos y pimentón, las más frecuente eran torreznos, chorizos, pimientos y sardinas rancias, que se aplastaban en las puertas para pelarlas. También se coronaban con huevos fritos en las casas pudientes, ya que eran caros, una especie de moneda-trueque en las tiendas. Una docena se cambiaba por un kilo de chuletas. Para “pasarlas” se tiraba de uvas, naranjas, aceitunas, pepinillos y hasta una modesta cebolla. Y los tragos del vino que hubiera. 


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