04/07/2020 / 11:57
Marta Velasco


Imagenes

Calor 2020

Este año ha sido raro y triste, y a veces me lamento por el tiempo perdido, aunque releyendo a Proust he recordado la casa del Bosque y la he comparado con la casa de Tansonville, en El Tiempo Recobrado.


De repente ha llegado el calor de esa forma arrebatada tan propia de Madrid. Ahora la casa está caliente, abierta de la noche a la madrugada para que entre algo de aire y rebaje un par de grados, y en penumbra por la tarde, un plan conventual para apaciguar el ardor que viene de poniente mientras el sol incendia la terraza. 

Este año ha sido raro y triste, y a veces me lamento por el tiempo perdido, aunque releyendo a Proust he recordado la casa del Bosque y la he comparado con la casa de Tansonville, en El Tiempo Recobrado, “demasiado campesina tal vez, que tan solo parecía un lugar para sestear entre dos paseos o cuando caía un chaparrón” …  Nuestra casa, que yo mitificaba en invierno, era una casa para vivir, con ventanas tamizadas por la yedra y habitaciones adornadas con peonías. Hoy la casa del Bosque y la de Tansonville son un espejismo producto del calor, pero tengo un puñado de recuerdos, algunos, o muchos, falsos.  Los auténticos son veraniegos, la siesta bajo los chopos del Bosque, la playa de Cádiz, el cine al aire libre de Guadalajara, los chapuzones en la piscina de las Cobos. Postales de infancia y juventud.

Fuimos una generación afortunada, tuvimos una ejemplar transición desde la dictadura, el Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez la lideraron, logrando un acuerdo ejemplar entre todas las fuerzas sociales. Conseguimos vivir en Democracia y Libertad, España se adelantó y se convirtió en un modelo. La generosidad de todos se hizo realidad y sustituyó a los sueños. No fue fácil, pero fue, y fueron los mejores años de nuestras vidas.

Lo que parecía para siempre, cambió en marzo de 2020. Con un gobierno heterogéneo y aturdido, el coronavirus provocó la muerte de casi 40.000 españoles.  Ahora solo existe el pasado que termina exactamente en las noticias de hoy.  Y, tras el efímero presente del telediario, el futuro incierto de La Nueva Normalidad, que se adivina difícil y con la boca tapada.

Me inclino por el optimismo, no me queda otra:  tendremos vacuna y saldremos de la crisis económica con esfuerzo y sacrificio. Que no se pongan flores los políticos, presumirán, pero todos sabemos que el mérito de la victoria es para la gente corriente, la que se echó al ruedo a ayudar generosamente a enfermos y confinados. Los que lucharon por nosotros: Sanitarios, farmacéuticos, científicos, policías, bomberos, limpiadores, empresarios, dependientes de supermercados, cajeros, conductores; las familias, que se entregaron en el largo confinamiento con niños y problemas laborales, los que se adaptaron al trabajo desde casa, los mensajeros que traían la comida, los estudiantes que se esforzaron en aprender por internet…Y un largo etcétera de buenas personas.

  Cuando acabe la Nueva Normalidad y recobremos la normalidad verdadera, tendré el recuerdo de la casa del Bosque y el destello de un verso veraniego regalado por Nicolás Guillén: “Conozco la azul laguna/ y el cielo doblado en ella. /Y el resplandor de la estrella. / Y la luna.” 


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