01/05/2021 / 18:09
Antonio Yagüe


Imagenes

Campaneo

 El tío Gerardo, sacristán de mi pueblo, nos enseñaba a distinguir por el repique final si el difunto era hombre, mujer o niño.


El ministro de Cultura y Deporte, José Manuel Rodríguez Uribes, ha dado su campanada para que el 'sonido' de los campanarios, tan arraigado en su Valencia natal, las Castillas, Aragón y Galicia sea declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. La propuesta, gestada hace años, reconoce a este medio ancestral de comunicación, auténtica red social en los pueblos durante siglos, cuando no había luz eléctrica ni relojes, teléfono o cosa parecida.

 Por desgracia en nuestros pueblos, asolados por el drama de un progresivo vaciamiento al que se ha sumado el Covid, las campanas ya solo doblan por los muertos. Un tañido que te hace un nudo en la garganta y se queda grabado para siempre. El tío Gerardo, sacristán de mi pueblo, nos enseñaba a distinguir por el repique final si el difunto era hombre, mujer o niño. Con los años, fuimos aprendiendo el ritmo de los acontecimientos (incendios, tormentas, perdidos, etc) otros toques principales que regulaban aspectos de la vida festiva, ritual, laboral y cotidiana. Por su ubicación en la torre más alta de la zona su peculiar soniquete se oía hasta dos o tres leguas.

 Dicen las estadísticas que apenas quedan en toda Europa 1.300 campaneros o personas que saben manejar sus badajos. Como en Alustante, donde perviven hasta 16 toques, distinguidos como Bien de Interés Cultural por la Junta de Castilla-La Mancha. En las catedrales y grandes iglesias las campanas se han mecanizado activadas por poleas y motores. El resultado, según sus defensores, es un sonido industrializado. El toque manual, con sus entendidos y bandeadores nostálgicos, es el paisaje sonoro de nuestros pueblos, un lenguaje de comprensión universal capaz todavía de unir países y continentes.

  La declaración de la UNESCO supondrá la primera protección a nivel nacional. Servirá a los amantes de las campanas para defenderse de la ley del ruido, que en los últimos años ha dado la razón a 500 puntillosos denunciantes que han pedido a los tribunales callar esta voz ancestral de las iglesias. En algunos casos lo han conseguido. Pero a las campanas aún les queda mucho que decir. Sus ecos sobrevivirán al despoblamiento final.


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