Caos
¿Qué clase de frío no padecerán los miles de refugiados que están por ahí tirados en el barro de las fronteras de Europa?
A estas alturas de febrero y con este riguroso invierno, tan parecido a los antiguos y a los moscovitas, una ya empieza a desear que pasen quince días, florezcan las gardenias y asomen las violetas bajo su mata verde.
Vigilo el ocaso desde mi terraza y celebro, con un sorbo o dos de blanco Ribeiro muy frío, que se va retrasando la caída del sol día a día y empieza a oler a primavera. Se me está haciendo larga esta cuesta invernal, ya voy sin aliento, necesito respirar y, si yo mandase, quitaría dos o tres meses de este helado calendario y tacharía todos los días aburridos, los tristes y los tristísimos.
He considerado, por ir de acuerdo con la naturaleza, la posibilidad de escribir cosas melancólicas y dulces en otoño, pesimistas y oscuras en invierno y poco a poco ir alegrando las pajarillas, insertando poesías según llegue la primavera con los árboles atiborrados de hojas tiernas. Y así hasta llegar al júbilo total del verano, con una auténtica y explosiva apoteosis final: Agradecida y emocionada, sólo puedo decir gracias por venir… y permitirnos nacer en un mundo tan hermoso, envuelto por el cielo azul, sus nubes y sus noches de luna. Y, además, de propina, los mares con sus olas, sus abismos, sus peces de plata, sus medusas trasparentes, sus gambas y sus langostas “colorás”. Gracias, Dios.
En este universo de infinita belleza, tan sumamente armónico, todo debería marchar como reloj suizo, pero se habla de calentamiento global, climas extremos, terremotos e inundaciones. Y nadie, salvo nosotros los hombres, tiene la culpa de que las cosas aquí, en la Tierra, no funcionen como deben. Cuando en España tenemos un frío invierno ¿qué clase de frío no padecerán los miles de refugiados, hombres, mujeres y niños, que están por ahí tirados en el barro de las fronteras de Europa, el continente más civilizado del mundo? Cuando lloro porque se muere un amigo muy querido… ¿qué cantidad de lágrimas tiene que llorar una madre que huye de la guerra en una patera abandonada a las mareas y ve morir a su hijito arrastrado por las olas?
Ahora lo sabemos todo, todo lo vemos a la hora de comer y de cenar, así que menos disimular y más hacer algo. Las guerras, servidas en directo, nos muestran como caen las bombas mientras tomamos el primer plato. Hay un holocausto permanente, jugamos con armas nucleares y no hacemos nada. Inactivos ante la corrupción, las mafias, la trata de personas, el dolor, la pobreza, la injusticia, la maldad…
Parte de la humanidad civilizada no está más que para frivolidades y, el resto, para la pena y el hambre. Y esto, lo importante, lo serio, lo dejamos para que lo arregle no sé quién… ¿los altos mandatarios del planeta, los jerarcas de las distintas religiones, la ONU, Superman, el Hada Madrina, Dios? Hace tiempo, en un reportaje, o quizá en una película, vi a un niño pequeño herido por una bomba que, mientras le curaban, anunció entre sollozos: “Se lo voy a decir a Dios”.
Tal vez se lo haya dicho, y cualquier día viene Dios y organiza un buen caos… ¿O es que ya lo ha organizado?