16/03/2019 / 12:37
Antonio Yagüe


Imagenes

Casoplones

El mediador con Maduro vuelve al candelero con la compra de otro casón en el Berverly Hills de Aravaca. 


Me lo dijeron mis primos de Francia con su chanza labreño-chauvinista:  España necesita, para ser la más moderna de Europa, un Ministerio del Ladrillo y/o del Casoplón. Eran tiempos en los que Zapatero asombraba al mundo. Fue pionero en el matrimonio gay para legalizar  todas las relaciones afectivo-sexuales, en nombrar una ministra embarazada que pusiera firmes a los militares, en dar un cheque-bebé a todas las madres, incluida la reina Letizia, en resucitar la memoria histórica, ofrecer otro Estatut y despenalizar referéndums independentistas.

Pero el político de origen leonés también tocaba tierra. En vísperas de estallar la crisis económica y la burbuja inmobiliaria,  en plena fiebre general por el ladrillo y los casoplones, se hizo construir uno cerca de Felipe González y José María Aznar. Y para ser un poco más, otro en su pueblo, que luego malvendió porque las chicas, que visitaron con un par la Casablanca vestidas de góticas, preferían un ático en Madrid. No tan lujoso pero más centrado que el de Pepe Bono frente al Retiro. 

El mediador con Maduro vuelve al candelero con la compra de otro casón en el Berverly Hills de Aravaca. Socialista listo, le ha salido, dicen, por un tercio de los dos millones que vale. Quizá le ha movido la envidia, sana claro, de su amigo Pablo Iglesias Turrión, ubicado unos kilómetros más hacia el Valle de Los Caídos. Políticos como Suárez, De Guindos, Rajoy, Montilla, Puigdemont en Waterloo, Ignacio González con su ático o Boyer con su Villa Meona, se han ganado mucha fama por lujosas y polémicas mansiones. Son lo primero que salta  a la prensa del chisme, casi toda. Parece que lo de invertir en ladrillo y fardar va en el ADN hispano. Sin distinción de clases, territorios o épocas.

Ahí están, sin ir más lejos, las casas señoriales, casonas y palacios en Molina y pueblos como Milmarcos, Tartanedo, Hinojosa, Tortuera o Villel. O las casazas de emigrados a Madrid y Cataluña. A veces, ciertamente, resultan un atentado al buen gusto y al entorno. “¿De quién es esa?”, se pregunta cualquiera al llegar a estos enclaves despoblados. También puede conjugarse al revés: Mariano, el del casoplón de la carretera. Si usted no tiene uno, es un don nadie. Por sus casas los conoceréis. Sigue faltando un Ministerio del ramo.


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