Ciudad azul


Guadalajara es una ciudad castellana, de enormes contrastes, donde el frío siberiano y el calor sahariano conviven de manera extraña pero balanceada con la naturaleza. Somos un entorno donde rara vez ponemos de acuerdo a todos los moradores del 19001, pero en raras ocasiones, ese ruido desacompasado se funde en perfecta armonía y el griterío sordo se transforma en un coro de voces armoniosas.

Ese cometa Halley que pasa cada centena de eones por el cielo de la Alcarria y brama al horizonte un susurro transparente e inequívoco. Ese sentimiento de devolver la mirada al infinito o de abrazar la trascendencia humana mientras el ejército de Niños de Santa Caraca murmura al sentido común colectivo: “Creo que la estais cagando un poco por Guada City”. El berrido sordo y la opinión de nuestro pueblo es unánime respecto al contrato de la ORA y la zona azul. Si este sentimiento fuera arte, sería el fresco de Miguel Ángel en el techo de la Capilla Sixtina mostrando a Dios retirar los dedos pulgar, índice, anular y meñique a su creación de carne y hueso.

Más allá de los miles de comentarios en redes sociales, de los cientos de páginas en foros, de las decenas de artículos y de este corolario final, es necesario indicar que el alcarreñus vulgaris llega tarde al debate porque el contrato de la Ordenanza Reguladora del Aparcamiento lleva varios trimestres aprobado y pendiente de ejecución mientras se dirimía la idoneidad de la Zona de Bajas Emisiones en el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha. Dentro del renacido consenso final sobre la inexistencia de contaminación atmosférica en el casco histórico (salvo un par de días al año), toda esta montaña normativa se ha forjado sobre dicha regulación ahora decaída y sobre un parking que tan solo cumple con su disuasorio nombre.

El ciudadano de a pie se ha demorado en el análisis y solo ha reaccionado cuando las líneas se han convertido en cercos azules de pago donde antes simplemente veía una rutina vespertina. Hasta 2.293 corrales habrá en nuestro núcleo antiguo y aledaños donde habrá que pasar por caja. De media, la broma sale por 40 euros al mes por vecino sin menoscabo de pelearse a golpes de caucho al amanecer por las ambiguas zonas de residentes. El verdadero éxodo del Nuevo Testamento arriacense va a ser la búsqueda de la zona blanca en el hiper extrarradio, colapsando las nuevas zonas residenciales que presumen de avenidas pero también adolecen de aparcamiento en la calle.

Más allá de los presupuestados millones de euros que Dornier/Telpark ingresarán por dicha concesión, el exiguo canon que recibirá el Ayuntamiento, el cabreo catedralicio del futuro votante y un ejército de ideas para tumbar esta situación gravosa para el bolsillo, solo cabe preguntarse, ¿no había otra forma de hacer las cosas o es que se ha subestimado la somnolencia del vecino que hasta ahora había tragado con almax el catastrazo y el basurazo de los años previos? 

En todo caso, y sabiendo que los contratos están para cumplirse (dura lex sed lex, pero por favor, póngase encima de la mesa de los Tribunales Administrativos de Contratos de Españita), cabe resaltar la impericia política de pitufar las plazas de aparcamiento de la ciudad, en el mismo septenario de anunciar la inversión de 200.000 euros en el vallado de los encierros de otoño o el cierre preventivo por falta de mantenimiento de la cubierta de la piscina Sonia Reyes.

Este asunto no es ideológico o partidista, es puro sentido común y sensibilidad hacia el munícipe que no ha tirado la toalla de vivir en el centro. En esta ciudad azul gobernada por Papá Pitufo, Pitufina, Pitufo Gruñón y Pitufo Filósofo no le vendría mal los consejos de los malos del cuento, porque ahora mismo Gargamel y Azrael se están descojonando desde la barrera repitiendo el mismo mantra que el ruido de sables ciudadano muchita en voz baja “Creo que la estáis cagando un poco por Guada City. Hay que pitufarse”.