27/06/2022 / 09:48
Jesús de Andrés


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Ciudadanos

 En Andalucía ha vencido una opción moderada gracias a la agresiva campaña que los extremos, cada uno desde su orilla, han hecho. 


De las elecciones andaluzas del pasado domingo pueden extraerse varias conclusiones, entre las que destacaría dos: el hartazgo a las posiciones más radicales -y el posible fin de ciclo de estas-, por un lado, y la tendencia a la moderación de la mayor parte del electorado, por otro. En Andalucía ha vencido una opción moderada gracias a la agresiva campaña que los extremos, cada uno desde su orilla, han hecho. Además, la anomalía que supusieron las sucesivas victorias del PSOE a lo largo de varias décadas se diluyó con una buena gestión y, sobre todo, demostrando que no había razones para el miedo al cambio que durante idéntico periodo de tiempo se había inoculado a la ciudadanía.

Sorprende, precisamente por ello, que el mayor perjudicado haya sido quien mejor representa hoy una opción de centro, Ciudadanos. Distintos partidos desde la extinción de la vieja UCD intentaron ocupar ese espacio: desde el CDS del propio Suárez, que no fue capaz de definir su lugar como partido bisagra, hasta, más recientemente, Unión Progreso y Democracia, el partido de Rosa Díez, quien no supo anticipar las consecuencias políticas derivadas del tsunami que supuso la Gran Recesión. Si en las elecciones de 2008 UPyD consiguió un escaño y en 2011 cinco, en 2015 se quedó sin representación al no comprender ni asimilar el nuevo contexto, en particular la emergencia de Ciudadanos. UPyD, partido fundado por exmilitantes del PSOE, miembros del Foro de Ermua y por intelectuales como Fernando Savater, pretendió rellenar las lagunas de los dos principales partidos: la incapacidad de oponerse al nacionalismo del PSOE, y por tanto de plantear un proyecto nacional común, y la dependencia confesional del PP, con todos los lastres sociales y simbólicos que ello conllevaba. Ciudadanos asumió sin complejos ese mismo proyecto presentándose inicialmente como un partido progresista, socialdemócrata y liberal con un proyecto españolista, algo inédito en el mercado electoral español, y abogando por una profunda regeneración democrática. Aunque la necesidad de definir mejor su ideología lo arrastró hacia posiciones liberales, sus seguidores se definieron siempre en las encuestas como progresistas, conservadores, liberales y socialdemócratas, lo cual indica la variedad de perfiles que fueron capaces de aglutinar.

Sus errores estratégicos, sobre todo el rechazo a conformar gobierno en 2019 (los 180 diputados que sumaban con el PSOE) y a relevar a los gobiernos autonómicos enquistados del PP (como sí hicieron en Andalucía), le han conducido a un escenario de desaparición, habiéndose sugerido incluso un cambio de marca, pasando a ser Liberales. Refundar el partido cambiando de ideario, y por tanto expulsando todavía más a su electorado, no parece la mejor idea. Posiblemente, dadas las dimensiones del desastre, ya nada sirva. En cualquier caso, para ellos y para todos, sumar multiplica, restar sólo resta.


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