22/11/2019 / 13:16
Jesús de Andrés


Imagenes

Colombia

 Casi dos millones de venezolanos han cruzado la frontera y es fácil encontrar alguno en los semáforos de Bogotá regalando bolívares depreciados a cambio de limosna.


 Colombia es el país donde José Arcadio Buendía llevó a su hijo Aureliano a conocer el hielo. Macondo, su ficticio trasunto, era apenas veinte casas de adobe junto a un río de agua clara y enormes piedras blancas, lugar en que lo insólito formaba parte de la realidad. Nada, por asombroso que pareciera, era considerado extraño. Al contrario, lo impresionante coexistía con lo cotidiano. Lo que pudiera parecer fantástico era lo más normal; lo exótico, trivial. Todo podía suceder: ancianos longevos que sobrepasaban muy de largo la centena, apariciones de muertos que hablaban con los vivos o una lluvia tenaz que no cesaba durante más de cuatro años. El realismo era mágico porque la rutina estaba instalada en lo increíble.

No deja de ser curioso que quienes nos acercamos a ese país en los años ochenta del siglo pasado lo hiciéramos a través de las novelas de García Márquez, que definían un territorio mítico, mezcla perfecta de naturaleza fértil y crónica prodigiosa. En aquellos años, Colombia dejó de ser un destino turístico anunciado en catálogos y escaparates de agencias de viajes, una promesa de palmeras y fortines para recién casados que hasta entonces habían llegado en masa a Cartagena de Indias y Santa Marta en busca de un dorado de arena blanca. Al igual que los personajes del nobel colombiano, sometidos a un destino trágico que pasaba de generación en generación, la violencia de la guerrilla y del narcotráfico acabó con la seguridad y el paraíso se convirtió en un infierno al que nadie se arriesgaba a ir.

Hoy, tras un desgarro de décadas de violencia, ha recuperado la estabilidad y crece por encima de sus vecinos, en particular de Venezuela, cuyo hundimiento económico e inestabilidad política son el contraste, la otra cara de la moneda que nos recuerda la fragilidad en la que -siempre, aunque no lo parezca- estamos situados. Casi dos millones de venezolanos han cruzado la frontera y es fácil encontrar alguno en los semáforos de Bogotá regalando bolívares depreciados a cambio de limosna. Sin embargo, pese al contexto favorable, la aproximación de las generaciones más jóvenes a este bello país no viene hoy de la mano de la literatura sino de las series televisivas emitidas por las plataformas digitales. El Pablo Escobar de “plata o plomo” es el arquetipo de una Colombia que -toquemos madera- ya no existe, pero amenaza con volver. Con una parte de las FARC oculta en la selva, la desestabilización animada por Maduro y el problema perenne de la coca, el fantasma del pasado reaparece como Melquíades retornaba una y otra vez de la muerte. Lejos de realismos mágicos, en el sentido común y la resistencia de los colombianos está su futuro, que se merecen próspero y pacífico.


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