Corruptelas eternas

17/04/2016 - 12:45 Antonio Yagüe

Lo llevan claro los que creen que la corrupción de hoy puede eliminarse con zotal.

Lo llevan claro quienes creen que la corrupción, tan en boca de todos, es algo de hoy que puede eliminarse con zotal. Las democracias, como se ha visto en Panamá,  tampoco se salvan, aunque cada cuatro años se abren las ventanas, las habitaciones pueden airearse y los inquilinos cambiar de casero. Parece que el hábito del poder propicia esa molicie. Y que las corruptas no son las organizaciones, sino los hombres. Y cuanto más poder tengan, sus corruptelas serán más potentes.
    Sobran ejemplos diarios en los medios de comunicación. Pero cualquier sospechoso en nuestra tierra y época estaría a años luz del Duque de Lerma, válido de Felipe III, equivalente a un primer ministro. Los historiadores le atribuyen haber logrado que el rey, entretenido en la caza, la pintura, el juego y con sus amantes, sancionase su propuesta de trasladar la corte de Madrid a Valladolid, y devolverla cinco años más tarde. Mientras, él se dedicó a comprar palacios, casonas, corralas y terrenos en las dos ciudades y luego los revendió a los cortesanos. Un pelotazo urbanístico, invisible, de difícil parangón.
     Entonces no había prensa, pero tal fue el escándalo que Rodrigo Calderón, el válido del válido, fue ajusticiado en la plaza mayor. Haciendo bueno el Duque de Lerma aquello de cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar, pidió a Roma que le concediera la vitola colorada de Cardenal como escudo protector. El ladrón más grande de España, y gran aforado.
     Otros, siglo tras siglo, le han ido a la zaga. La telaraña burocrática y la justicia tardía les amparan. Mi amigo Miguel propone la creación del Centro Estatal para la Prevención de la Invisibilidad Política, para impedir que sean invisibles gestiones, trapacerías y amaños, incluso para ellos mismos. Pone ejemplos evitables: Ana Mato no vio el Jaguar que tenía su marido en el garaje, ni Tania Sánchez la empresa de su hermano, ni nadie los sobres de Bárcenas, ni Alfonso Guerra a su hermano Juan, en Blesa no se fijó nadie, nadie miraba a Urdangarin, nadie se paró a observar a los Pujol…
     Parece que la vida y la historia son una noria que da vueltas sobre el mismo eje. De ellas se aprende que nada es nuevo, sino todo muy viejo.