04/01/2019 / 12:02
Jesús de Andrés


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Cuba

Cuba celebra el 60º aniversario de su revolución y anuncia una nueva Constitución.


Hace poco más de dos años, con motivo de la muerte de Fidel Castro, dejé escrito en estas mismas páginas que era una mala noticia que un dictador muriera en la cama, que llegara al final de sus días rodeado de los suyos, con honores y funeral de Estado, con disparo de salvas, días de duelo y banderas a media asta. Lo sigue siendo cuando así ocurre –afortunadamente, en muy pocas ocasiones–, pero peor noticia es que la tiranía consiga sobrevivir superando en longevidad a sus fundadores. Son pocos los regímenes dictatoriales que, hechos por lo general –nunca mejor dicho– a imagen y semejanza de su creador, sobreviven a la muerte de este. Sin embargo, las dictaduras comunistas, con un alto grado de institucionalización gracias a las estructuras del partido único, sí han conseguido reemplazar a quienes las fundaron, dando un relevo que puede mantenerse en el tiempo contra viento y marea. Ahí están los ejemplos de China, Corea del Norte, Laos y Vietnam. Es cierto que no hay más, que el resto se fue diluyendo desde los años ochenta, que si han perdurado ha sido gracias a renunciar a no pocos de sus principios, pero son cientos de millones de personas las que viven y sufren en ellas.

Cuba celebra el 60º aniversario de su revolución y anuncia una nueva Constitución. Aunque aún no se conoce su contenido, ya se ha pregonado que será aprobada entusiásticamente por el pueblo. Lo dijo Raúl Castro, quien el año pasado interrumpió la saga familiar de los Castro para dar paso a su epígono, Miguel Díaz-Canel, en el discurso que conmemoraba el cumpleaños del régimen. Fortaleza, prietas las filas, para seguir adelante. Más cambios para que nada que cambie, para que la misma élite siga controlando el poder y los recursos. Y aprovechando la efeméride, una vez más, afloran los balances. Cuando son a favor ponen el énfasis en las campañas de alfabetización, la universalidad del sistema de salud, la alta esperanza de vida, el control de la delincuencia común y la eliminación de la desigualdad social. Cuando son en contra se insiste en la persistencia de la represión, la ausencia de derechos y libertades fundamentales, la parálisis económica y los más de dos millones de exiliados en un país de apenas once millones de habitantes.

Aunque es cierto que hay políticas que deberían ser tomadas en cuenta por los países de la zona, sumidos también en su mayor parte en la pobreza pero sin las cifras de atención sanitaria o educativa de Cuba, no es menos cierto que no cabe condescendencia alguna con los horrores de una dictadura que, gracias a su coartada social, ha conseguido en no pocas ocasiones la disculpa internacional. Las dictaduras son dictaduras, sean de izquierdas o de derechas. Lo demás, aquí como allí, es cuento, fábula que encubre el espanto.

 


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