21/09/2019 / 18:44
Antonio Yagüe


Imagenes

Cumbres fraternales

En los ochenta los entonces presidentes Marraco y Bono, también barones socialistas, confraternizaron en un balneario de Jaraba.


Las reuniones o cumbres de altos cargos políticos con los vecinos aragoneses, como la reciente de Page y Lambán, son rara avis en una comarca con tantos intereses, historia, costumbres, cultura, sentimientos y sangre común. Tan cerca, pero tan lejos como le ocurre a España con Portugal. Ni siquiera por la cortesía de compartir el topónimo familiar de Aragón, y la desolación rural que nos hermana con Teruel en el epicentro de la España vacía o vaciada. 

Nada que ver con las frecuentes relaciones fraternales en tierras que podrían haber compartido administración autonómica en lugar de la  lejana Toledo. Recuerdo que en la preautonomía el -La Mancha de algunos carteles era tachado o corregida una letra con un socarrón -La Manga. Todavía cuando alguien tiene que hacer algún papeleo en dependencias autonómicas dice “voy a ver a Castilla-La Mancha”. El despropósito ha llevado a trasladar enfermos en helicóptero desde Orea a Albacete o de Labros a Cuenca.  Y a pedir a un agricultor de Mochales que lleve el aceite usado a Guadalajara.

En los ochenta los entonces presidentes Marraco y Bono, también barones socialistas, confraternizaron en un balneario de Jaraba para mejorar la comunicación en todo el Valle del Mesa, atascada en el mojón Algar(Guadalajara)-Calmarza(Zaragoza). El tanto se lo apuntó mejor el albaceteño, pero hasta los turistas han ganado. La mayor convivencia interprovincial es palpable por ejemplo en las abundantes parejas entre villeleros/as y jarabeñas/os.

La historia recuerda las guerras de los Alfonsos (de Castilla y Aragón) por ampliar territorios, conquistas y reconquistas del Mesa o Molina. Y Monteagudo de las Vicarías (Soria), donde firmaban y sellaban las paces con alguna boda. Una ermita conserva la pila bautismal con dos puertas, para que el neófito eligiera al salir su condición de castellano o aragonés.

Los alumnos supervivientes del Instituto de Molina en los 60-70 celebramos una cumbre anual o reunión fraternal. Son mayoría son turolenses y zaragozanos, algunos tan ilustres como Eduardo Paz (La Bullonera) o el magistrado-juez Alfonso Ballestín (presidente de la Audiencia). Como entonces, ¿qué más da ser de La Yunta que de Gallocanta? Hasta bastante mayor ni me planteaba por qué Molina se llamaba de Aragón. Las mayores diferencias con Calatayud o Ibdes eran que ellos tenían vino y cantaban y bailaban mejor y más la jota.


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