22/10/2022 / 10:56
Antonio Yagüe


Imagenes

Dando calabazas

La rocambolesca historia anglosajona ha llevado a asociar Halloween con la famosa calabaza hueca o linterna fantasmagórica con la que terminó como castigo alumbrándose Jack, el estafador irlandés que quiso jugársela al diablo.


Con la llegada de Halloween, esa rara festividad ya planetaria que sirve de víspera a Todos los Santos, las fruterías, súperes y tiendas de adornos y fiesta se abarrotan de calabazas. Ideal para dietas y rica como pocas en vitaminas y supernutrientes, es la fruta reina del otoño. Originaria de América (se ha encontrado en tumbas incas precolombinas), es la estrella de la temporada en España, que se disputa con México el liderazgo mundial de producción. Su exportación ronda las 45.000 toneladas anuales. Casi nada.

La popularidad de la planta, que hoy cuenta con 800 variedades, viene de lejos. Famosa era la temida Ruperta en el antiguo concurso de TVE “Un, dos, tres…” con don Cicuta y su tropa tacañona. Su aparición te mandaba a casa sin nada. O el “premio” a los cates en las historietas de Zipi y Zape. Lo sigue siendo el rechazo a alguien “cuando te requiere de amores”, por decirlo fino con la RAE.

Cuentan que la connotación negativa data de Grecia, donde era considerada “antiafrodisíaca» y se facilitaba para rebajar la libido y descafeinar lances amorosos. También relatan que en los monasterios medievales se utilizaban hasta sus pepitas como cuentas del rosario para alejar pensamientos lascivos e impuros y ayudar en los votos de castidad. Era considerada justo lo contrario del melón, símbolo de la fecundidad, abundancia y lujo. No en vano dice un refrán: “Te juzgué melón y me resultaste calabaza”.

La rocambolesca historia anglosajona ha llevado a asociar Halloween con la famosa calabaza hueca o linterna fantasmagórica con la que terminó como castigo alumbrándose Jack, el estafador irlandés que quiso jugársela al diablo.

Es tiempo de calabazas, mientras se acortan los días, bajan las temperaturas y a muchos les invade una apatía y cansancio propios de la estación. Victoria, mi prima y una institución de Mochales, siempre me guardaba la más gorda. Porque, como decía y redice, “la sangre no es agua”.


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