Daniel

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

Cartas al director
JESÚS SANCHO BIELSA / Teruel
Los poetas suelen ser muy indulgentes con las debilidades humanas, pero no se puede decir que sean necesarias las lacras de la sociedad, que siempre son taras de la persona individualmente considerada, digan lo que digan los colectivistas; cabe apuntar que son inevitables -libremente inevitables, o lo que es lo mismo, libremente evitables, y por eso deben evitarse y hay que tratar de evitarlas-, dado que los individuos arrastran desde el principio de la humanidad el estigma de una caída original, que afecta a cada persona en singular, puesto que es tributo de la naturaleza que se nos pega al nacer.
Sin eufemismos eso se llama pecado original, del que el filósofo Eugenio D´Ors afirmaba con frase feliz y famosa: «Sin pecado original no se explica ni la física ni la historia». No es necesario repetir el análisis para comprobarlo día a día.

Pero en la historia hay personajes ejemplares que brillan con luz especial y muy provechosa; su fisonomía brillante imanta por contraste la buena voluntad y arroja destellos que impulsan los buenos deseos en quien busca regenerarse y regenerar la vida social. Ya sé que hay quien no piensa -no quiere pensar- o no es capaz de pensar; como decía Don Marcelino, «hay entendimientos en los que no cabe un adarme de metafísica»; aun así viene bien recordar y promocionar esas figuras que no sólo son monumento glorioso de la cultura, sino revulsivo de la conmoción social, y por tanto de la conducta que cada hombre ha de procurar ordenar, de acuerdo a las pautas regulares y comunes que facilitan a pesar de todo la convivencia entre todos. Si no, es prácticamente imposible la paz y el desarrollo de la personalidad en sí misma, en la familia, en el mundo laboral, en el conjunto de las instituciones, en el concierto de las naciones.

Estoy pensando en Daniel, el joven judío que aparece en la Biblia con rasgos sorprendentes; con un gesto improvisado de audacia, nacido a impulso del más noble sentido de la verdad y de la justicia, consiguió enderezar la causa de una inocente condenada por dos jueces impíos y corrompidos, que iban a perpetrar un crimen horrible, calumniando a la mujer que se negó a sucumbir a sus deseos de concupiscencia sin freno. La lujuria despertó en su corazón podrido el ansia de gozar de su belleza singular, y al ser rechazados por la honestidad de la esposa, fiel a su conciencia y a su marido, tramaron un episodio de vergüenza y bochorno, de ridículo desfalco de honestidad.
¡Cómo se añora la figura del joven hebreo, exiliado en Babilonia, cuya presencia llena de admiración las páginas que narran la calumnia perversa contra Susana, la mujer de Joaquín! Amigos de la casa, que visitarían con frecuencia, los dos jueces se enamoraron perdidamente de su belleza distinguida, y emponzoñados de lujuria quisieron abusar de ella. Susana, casta en su matrimonio, fiel a su marido, se negó a la pretensión miserable de los viejos que deciden perderla abusando de su condición de jueces del pueblo. Había prosperado la artera maquinación -la habían condenado ellos mismos-, y se iba a efectuar la ejecución por adulterio, ésa era la calumnia, cuando de entre la comitiva se oyó una voz potente: Yo soy inocente de la sangre de ésta (Dn 13,46). Intervino Daniel, demostró la inocencia de Susana, y puso en evidencia la mentira de los jueces.
¡También se añora la dignidad de aquel pueblo que, engañado, iba a ejecutar a la inocente, pero supo rectificar e hizo prevalecer la verdad y la inocencia frente al poder corrompido y abyecto! Daniel (que significa Dios es mi juez), con el resplandor de su juventud, su sentido insobornable de la justicia, su lealtad, cambió el rumbo de la ejecución; y ahora fueron condenados los jueces abyectos y despreciables. El personaje limpio y honesto, valiente, decidido y claro, es el delirio de la hombría de bien. A muchos desconcierta esta conducta ejemplar y aborrecen el compromiso sincero e inevitable, pero son necesarios en la sociedad de los hombres; sólo hay que lamentar que sean tan pocos.

La lección es magnífica, y a Daniel se le recuerda como un personaje de cualidades insignes que los demás debemos imitar. Confieso que es una de las figuras que más me interesan y entusiasman. Su valentía, su sinceridad, su arrojo en defensa de la verdad y de la justicia, su admiración y defensa enérgica de la inocencia del oprimido, su rebelión contra los poderes establecidos que usaban injustamente la posición de poder para atropellar a los inocentes. Con el desencanto del tiempo y la experiencia de los hombres, podemos sentir la tentación de desentendernos de los problemas que no nos afectan directamente; pero, si el hombre es por naturaleza «animal social» (Aristóteles, Ética a Nicómaco, 9,9, 1169 b 18), de un modo u otro nos afecta todo. Daniel pudo pensar que no era problema suyo, y se creció ante la tentación innoble del egoísmo y la cobardía, que no cabe en el comportamiento digno del hombre cabal. La reacción digna supone muchas veces esfuerzo heroico, pero ahí es donde se fragua la historia, y la historia -la buena y la mala- la hacemos todos, nos incumbe a todos.

En efecto, se ve que esta dimensión singular del hombre en la tierra no es la corriente, y desborda la condición natural; nos avoca a horizontes de trascendencia, que no son de la tierra sino del cielo. Por eso dice San Agustín que «el verdadero honor del hombre consiste en ser imagen y semejanza de Dios» (De Trinitate,12,11,16). ¡Serlo y vivirlo! Para Daniel yo le guardo el epitafio inmortal del poeta latino Virgilio: Si forte virum quem conspexere, silent (Eneida, I,151-152), si encuentran un verdadero varón, enmudecen.