Debate sobre el centro

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

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Antonio Papell - Periodista
Tras el canto del cisne de las grandes ideologías que constituyó el mayo del 68 –cuyo cuadragésimo aniversario acaba de pasar prácticamente inadvertido- y el hundimiento físico e intelectual del ‘socialismo real’, las grandes opciones políticas occidentales se han vuelto pragmáticas: no hay más horizontes utópicos a los que aspirar y las organizaciones partidarias son conscientes de que han representar a conglomerados heterogéneos y complejos, de forma que sólo se diferencian entre sí en tendencias y en sensibilidades, no en cuestiones de verdadero fondo.
No hemos llegado, evidentemente, al fin de la historia como quería Fukuyama, pero sí hemos alcanzado una ortodoxia neoliberal que ha dejado, para bien o para mal, de estar en discusión. El pragmatismo ha sustituido a la ideología.

Así las cosas, y como denunciaba ayer con ingenio Fernando Savater en un artículo, las derrotas electorales –la del PP en este caso, pero también la del PSOE si se hubiera producido- ponen de manifiesto, además de una crisis de liderazgo, una notoria debilidad ideológica. “Cuando un partido sin ideología sustancial, meramente pragmático, pierde unos comicios –escribía Savater- inmediatamente entra en crisis. Sólo el poder puede remediar el vacío de un auténtico proyecto ideológico, pero no se puede estar sin lo uno ni lo otro. De modo que se asume sin más que donde bajan los votos habrá que revisar las ideas porque la idea principal es ganar votos y sólo esa...”.

El diagnóstico es certero, y de hecho las dos almas del Partido Popular se proponen, en su enconada disputa, “revisar las ideas”, aunque de forma opuesta. Rajoy, convencido de que después de ser derrotado con más de diez millones de votos ha de ampliar a doce o trece su base social, no ve otro camino que la apertura hacia el centro, que pasa evidentemente por la moderación del partido, por el intento de llevar a cabo una aproximación al nacionalismo moderado, por la adquisición de unas formas más sobrias y menos radicales, por la negociación de consensos con el partido del gobierno, por la aceptación sincera del Estado de las Autonomías y consiguientemente por una visión realista de la “España plural”. Todo ello, lógicamente, sin abdicar “de los principios” específicos del PP, que, dando por supuesto que todos compartimos los valores constitucionales, nadie sabe muy bien cuáles son. Frente a Rajoy, sus principales críticos se encastillan en el radicalismo extremo. En sus enmiendas a la ponencia política, Vidal-Quadras, con Nasarre y otros, quieren una reforma constitucional que elimine incluso el concepto de “nacionalidades” y regrese a viejos modelos unitaristas. Álvarez-Cascos se niega a aceptar que en los órganos internos del PP exista una instancia de representación territorial que hurtaría funciones al comité ejecutivo nacional. Esperanza Aguirre insiste en que hay que suprimir el término ‘centrista’ e insistir en la definición ‘liberal’ del partido, sin mover un punto las referencias doctrinales... Todos ellos creen, sin demasiado fundamento, que la cristalización ideológica de la derecha más conspicua, movilizaría mejor a todo su hemisferio.

En definitiva es evidente que ambas partes disputan no tanto por defender una posición ideológica en la que creen sino una estrategia de victoria, que es lo importante. Y todo indica que esta controversia, que da bien poco de sí, no es más que el eufemismo bajo el que se esconde el verdadero debate, que algunos no quieren abordar por pudor descarnadamente, el de la idoneidad o no de Rajoy para llevar al PP a la victoria en 2012, el de la conveniencia o no de aceptar que Rajoy pilote el partido al menos hasta el próximo congreso, y decidir entonces el cartel electoral. En este supuesto, es patente que si en 2011 el PP optase por otro candidato, éste tendría muy poco tiempo para preparar las elecciones, un inconveniente quizá insuperable.

La estrategia inteligente es, pues, decidir ya ahora mismo quién será el candidato de las próximas elecciones generales y rodarlo hasta entonces. Pero el planteamiento previsto para el próximo congreso –Rajoy ya tiene 2.100 avales de los 3.000 compromisarios- no facilitará este debate sino al contrario. De ser ciertas estas cifras filtradas por el propio PP, y de no flexibilizarse las limitaciones estatutarias, si Juan Costa se decidiera a presentar su candidatura tendría muchas dificultades para lograr el respaldo de 600 congresistas de los 900 que aún no se han decantado.

Es en momentos difíciles como éste cuando los líderes demuestran la madera de que están hechos y las organizaciones prueban su fortaleza. El PP está en un atolladero, y por tanto en la hora de tomar grandes y graves decisiones.