Derechas e izquierdas, todavía
01/10/2010 - 09:45
Antonio Papell
La madurez del régimen democrático de que disfrutamos se consiguió al alcanzarse una muy significativa nivelación ideológica entre las principales fuerzas políticas preferidas por la ciudadanía para ejercer la representación.
En las etapas predemocráticas de los años setenta, la izquierda todavía con su adscripción al marxismo hasta el plausible viraje de Felipe González- y la derecha neofranquista postulaban modelos de sociedad opuestos e irreconciliables y, en buena medida, incompatibles entre sí. En poco tiempo, sin embargo, el pragmatismo predominante, de un lado, y el efecto de los valores convivenciales, de otro, unidos a una coyuntura internacional favorable (el desprestigio ya imparable del socialismo real y, en general, de todas las utopías políticas) provocaron una convergencia de los grandes partidos en el centro del espectro. En cierta medida, se produjo una amortiguación de la dialéctica derecha-izquierda semejante a la que, años después, llevaría a Fukuyama a hablar de fin de historia, después de que, derribado el muro de Berlín, parecieron imponerse incuestionablemente los valores rígidos y ortodoxos de la globalización.
La mencionada nivelación ha hecho posible que, al ser manejable la distancia entre los partidos, los conflictos ideológicos que se plantean entre ellos consigan siempre soluciones paccionadas y pacíficas. Con independencia de que se utilicen todavía lenguajes inflamados y de que se produzcan incidentes muy agrios, nadie en su sano juicio podría imaginar que PP y PSOE traspasaran determinadas fronteras en la gestión de su rivalidad. Aunque bien es verdad que, de la misma manera que aquel fin de la historia se ha demostrado falso (por fortuna, hay mucha historia que seguir escribiendo), tampoco el acercamiento ideológico de las principales opciones ha anulado la dialéctica: la ciudadanía, el electorado, tiene un abanico de opciones entre las que ejercitar gozosamente su libertad de elegir.
Ello se está haciendo de nuevo patente en esta precampaña, caracterizada por la concurrencia de una crisis económica internacional que, según las últimas noticias llegadas de Norteamérica, es de una intensidad mayor que la que se temió en un principio. Si se hace abstracción del ruido reinante, inherente a estos períodos singulares de la cronología democrática, se observará que PP y PSOE sugieren en el fondo recetas muy semejantes, basadas en los ecos del viejo keynesianismo: cuando asoma el fantasma de la recesión, es preciso inyectar liquidez en los mercados para estimular la demanda y la actividad económica. Y en la UE, dado que la política monetaria está en manos de las instituciones comunes, los gobiernos sólo pueden actuar en este sentido mediante la política fiscal. Zapatero y Rajoy ya han formulado sus respectivas propuestas, de alcance muy limitado y que no ponen en discusión, por supuesto, la ortodoxia económica: habrán de mantenerse el sumo rigor presupuestario y la lucha contra la inflación.
Pero un escrutinio más riguroso nos llevará sin duda a la conclusión de que las dos posiciones dominantes, la de la derecha y la de la izquierda, no son idénticas sino que guardan significativas disimilitudes. El PSOE ya ha manifestado que las bajadas de impuestos directos sólo se cuantificarán y realizarán a medida que se despejen las actuales incertidumbres y, en todo caso, después de haber asegurado el sostenimiento de los servicios públicos, del estado de bienestar. Como parece lógico, el énfasis del PP en estos requisitos es menor dadas sus mayores inclinaciones antiestatalistas y liberales.
Pero la distancia entre PP y PSOE no radica sólo en el ámbito económico: oportunamente, el Tribunal Constitucional acaba de señalar con una expresiva sentencia la existencia de dos visiones distintas que no opuestas- del modelo de sociedad: uno más radicalmente orientado a la integración o a la igualdad, otro más centrado en la libertad en general. Como es sabido, el alto tribunal ha desestimado un recurso del Partido Popular contra las cuotas en la formación de listas electorales impuestas por la ley de Igualdad, una norma tendente a reducir las últimas postergaciones sociales de la mujer frente al varón. La resolución judicial recuerda así que, en tanto el PSOE se mueve guiado por los criterios del republicanismo tendentes a liberar a los grupos y sectores víctimas de alguna forma de dominación, desigualdad o sometimiento-, el PP postula un retroceso del Estado para fortalecer la autonomía personal de los individuos.
Las dos posturas no son ni mucho menos antagónicas pero sí diferentes, lo cual no es ni mucho menos una mala noticia sino la prueba de que hay más de una política posible y de que los ciudadanos podemos por tanto elegir con la confianza de que existe una opción de repuesto. Y esta elección constituye un deber moral, que no puede esconderse tras el pretexto falaz de que todos los políticos y todos los partidos son iguales, como se dice a veces. Por fortuna, hay diferencias serias y no sólo de matiz entre las diferentes ofertas.
La mencionada nivelación ha hecho posible que, al ser manejable la distancia entre los partidos, los conflictos ideológicos que se plantean entre ellos consigan siempre soluciones paccionadas y pacíficas. Con independencia de que se utilicen todavía lenguajes inflamados y de que se produzcan incidentes muy agrios, nadie en su sano juicio podría imaginar que PP y PSOE traspasaran determinadas fronteras en la gestión de su rivalidad. Aunque bien es verdad que, de la misma manera que aquel fin de la historia se ha demostrado falso (por fortuna, hay mucha historia que seguir escribiendo), tampoco el acercamiento ideológico de las principales opciones ha anulado la dialéctica: la ciudadanía, el electorado, tiene un abanico de opciones entre las que ejercitar gozosamente su libertad de elegir.
Ello se está haciendo de nuevo patente en esta precampaña, caracterizada por la concurrencia de una crisis económica internacional que, según las últimas noticias llegadas de Norteamérica, es de una intensidad mayor que la que se temió en un principio. Si se hace abstracción del ruido reinante, inherente a estos períodos singulares de la cronología democrática, se observará que PP y PSOE sugieren en el fondo recetas muy semejantes, basadas en los ecos del viejo keynesianismo: cuando asoma el fantasma de la recesión, es preciso inyectar liquidez en los mercados para estimular la demanda y la actividad económica. Y en la UE, dado que la política monetaria está en manos de las instituciones comunes, los gobiernos sólo pueden actuar en este sentido mediante la política fiscal. Zapatero y Rajoy ya han formulado sus respectivas propuestas, de alcance muy limitado y que no ponen en discusión, por supuesto, la ortodoxia económica: habrán de mantenerse el sumo rigor presupuestario y la lucha contra la inflación.
Pero un escrutinio más riguroso nos llevará sin duda a la conclusión de que las dos posiciones dominantes, la de la derecha y la de la izquierda, no son idénticas sino que guardan significativas disimilitudes. El PSOE ya ha manifestado que las bajadas de impuestos directos sólo se cuantificarán y realizarán a medida que se despejen las actuales incertidumbres y, en todo caso, después de haber asegurado el sostenimiento de los servicios públicos, del estado de bienestar. Como parece lógico, el énfasis del PP en estos requisitos es menor dadas sus mayores inclinaciones antiestatalistas y liberales.
Pero la distancia entre PP y PSOE no radica sólo en el ámbito económico: oportunamente, el Tribunal Constitucional acaba de señalar con una expresiva sentencia la existencia de dos visiones distintas que no opuestas- del modelo de sociedad: uno más radicalmente orientado a la integración o a la igualdad, otro más centrado en la libertad en general. Como es sabido, el alto tribunal ha desestimado un recurso del Partido Popular contra las cuotas en la formación de listas electorales impuestas por la ley de Igualdad, una norma tendente a reducir las últimas postergaciones sociales de la mujer frente al varón. La resolución judicial recuerda así que, en tanto el PSOE se mueve guiado por los criterios del republicanismo tendentes a liberar a los grupos y sectores víctimas de alguna forma de dominación, desigualdad o sometimiento-, el PP postula un retroceso del Estado para fortalecer la autonomía personal de los individuos.
Las dos posturas no son ni mucho menos antagónicas pero sí diferentes, lo cual no es ni mucho menos una mala noticia sino la prueba de que hay más de una política posible y de que los ciudadanos podemos por tanto elegir con la confianza de que existe una opción de repuesto. Y esta elección constituye un deber moral, que no puede esconderse tras el pretexto falaz de que todos los políticos y todos los partidos son iguales, como se dice a veces. Por fortuna, hay diferencias serias y no sólo de matiz entre las diferentes ofertas.