Derecho a comer

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

EL COMENTARIO
Fernando Almansa - Periodista
La crisis económica que está desarrollándose en muchos países occidentales, es de profunda preocupación.
El alza del crudo, la subida de los tipos de interés y con ello, el ahogo hipotecario de millones de familias en toda Europa y Estados Unidos, así como la galopante inflación traducida en subidas imparables de los precios, junto con el creciente paro, hacen que la retórica de la “desaceleración” haya caído a la misma velocidad que la crisis. Pero nuestra crisis no es nada, en comparación con lo que están padeciendo millones de personas en los países del llamado “Tercer Mundo”. La FAO publicaba hace unos días un informe en el que indicaba que la fatal combinación de diversos elementos están llevando a más de ocho millones de personas en la región del cuerno de África, a una hambruna como no se había visto en los últimos veinte años.
Los fatídicos elementos a los que la FAO se refiere, no son otros que la sequía, la inflación a nivel mundial, la subida del precio del petróleo, y sobre todo la vergonzosa especulación sobre los productos alimenticios básicos, en particular los cereales, que se han convertido en un refugio de inversiones de futuro ante la volatilidad de otros mercados tradicionales de inversión. A todo ello, se ha añadido el impacto provocado por la reducción de las áreas dedicadas al cultivos de productos alimenticios, para ser reemplazados por plantaciones para la elaboración de biodiesel. Aunque los promotores del biodiesel aseguran que su repercusión en la subida de los cereales es muy reducida, el hecho es que todo suma y nada resta a la miseria del hambre.
Sólo en Etiopia se calcula, que alrededor de cinco millones de personas sufrirán hambre severa como consecuencia de esta crisis mundial. Cinco millones que se suman a los ocho millones de hambrientos crónicos que cada año sobreviven en Etiopia, gracias a los programas especiales de ayuda alimenticia que coordina el gobierno etíope con la comunidad internacional.
Una vez más se pone de manifiesto que el problema no es sólo dar de comer, ni tan siquiera ya el famoso “enseñarles a pescar”. El problema se reduce a que unos pocos dejen de pescar los peces de los demás, para acapararlos y especular. El problema se reduce a unas reglas estúpidas y codiciosas de comercio internacional, y a la existencia de corazones duros como piedras.
Sin duda nuestra economía debe recuperarse, si duda la ayuda internacional tiene que movilizarse, pero ante todo hay que acabar con la injusticia de raíz, la injusticia de los pelotazos inmobiliarios y financieros, y acabar con la especulación asesina, que niega el derecho a comer, el derecho a la vida.