Diversión sin agresión


Hemos sido capaces de cambiar nuestra manera de entender la diversión cuando hay personas que pueden sufrir una agresión ¿Podremos algún día dar el siguiente paso y preguntarnos si toda diversión merece la pena cuando implica sufrimiento para los animales?

El mes de septiembre ha apagado poco a poco las fiestas de nuestros pueblos y Azuqueca puso el broche a un largo verano de festejos. 

Desde el año 2023, el Ayuntamiento de esta localidad celebra la campaña “Diversión sin agresión” para prevenir situaciones de violencia y promover unas fiestas seguras y respetuosas. Su objetivo es evitar que la población normalice distintas situaciones de agresión sexual. 

Leí el lema en uno de los autobuses que componen los puntos móviles de la campaña. Daba un paseo. A mi izquierda, el bus morado, con palabras que construían un nuevo relato del cambio de conciencia frente a las agresiones sufridas principalmente por mujeres en las fiestas; a mi derecha, la construcción de un antiguo relato que evidencia el calvario de quienes lo sufren: las talanqueras que delimitan el recorrido de los encierros. Al final del vallado, como uno de los protagonistas del relato de terror, la plaza de toros. Entonces me pregunté: ¿diversión sin agresión para quién?

Nunca he entendido cómo la diversión de algunos debe suponer sufrimiento para otros; ni por qué, ante estos hechos aceptamos que la diversión debe estar libre de agresiones cuando hablamos de personas, pero aceptamos que el concepto pueda incluir sufrimiento si hablamos de animales.

Hubo un tiempo en que muchas conductas que hoy nos parecen intolerables se contemplaban con indiferencia. Toleradas por la mayor parte de la sociedad. Hemos aprendido, poco a poco, a llamar a las cosas por su nombre, a reconocer determinadas formas de violencia, a rechazarlas y a prevenirlas: hemos ampliado nuestra sensibilidad. Hemos aprendido que no era aceptable que una fiesta sirviera de excusa para agredir a nadie, hemos tomado conciencia y hemos puesto en marcha las medidas de prevención para que no ocurrieran. Si hemos sido capaces de cambiar nuestra manera de entender la diversión cuando hay personas que pueden sufrir una agresión, ¿podremos algún día dar el siguiente paso y preguntarnos si toda diversión merece la pena cuando implica sufrimiento para los animales?

Nuestra legislación de bienestar animal pretende establecer mecanismos legales con el fin de fomentar su protección, implicando a los poderes públicos y a la ciudadanía en su respeto. Reconoce que son seres sintientes y establece como finalidad evitar situaciones de crueldad, maltrato, sufrimiento, dolor o angustia innecesarios. Sin embargo, excluye expresamente de su ámbito de aplicación a los animales utilizados en espectáculos taurinos y, para otros acontecimientos, como eventos feriados, belenes, cabalgatas y procesiones, establece condiciones y prohibiciones concretas sobre su uso. Pero, más allá de lo que permita o prohíba la legislación, una sociedad responsable debería proteger también a los animales. Para empezar, no utilizándolos para sus fiestas. No hablo solamente de toros o vaquillas, o de encierros por vallados o a campo abierto, donde la violencia se expresa de forma especialmente evidente. Hablo también de todas aquellas prácticas festivas en las que hemos asumido que el sufrimiento de un animal forma parte natural de la celebración simplemente porque siempre se ha hecho así.

Porque enmascarar estas prácticas bajo el concepto de tradición, en realidad es ocultar que existe placer en su contemplación. Entiendo que reconocer que se disfruta con el dolor ajeno es obsceno para la sociedad. Tan obsceno como participar en el acoso a un ser vivo en campo abierto, con la persecución en coches que lo acorralan. Tan obsceno como pagar una entrada –o aceptarla de manera gratuita– para ver la sangre brotar por la boca de un ser vivo portando banderillas y una espada que le atraviesa bajo el disfraz de considerarse arte.  

Es momento de que estas escenas dejen de producirse en fiestas populares en las que todos tenemos el derecho de disfrutar. Donde tengamos la oportunidad de participar en lugar de evitar formar parte del algo tan mezquino. Es posible ampliar el concepto de unas fiestas seguras y respetuosas para cada uno de los que participen en ellas.

Una sociedad verdaderamente respetuosa no debería preguntarse solamente quién tiene derecho a divertirse. Debería preguntarse también quién puede estar sufriendo mientras lo hacemos. 

Quizá sea precisamente al final de la fiesta cuando más sentido tenga preguntarnos qué clase de diversión queremos llevarnos en el recuerdo y qué clase de fiesta queremos construir en el futuro.