12/12/2020 / 13:32
Ciriaco Morón Arroyo/University Cornell. Profesor emérito


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Don Fray Pedro González de Mendoza

En 2020 se cumplen 450 años del nacimiento de Pedro González de Mendoza, franciscano en el convento de Nuestra Señora de la Salceda, que fuese obispo y señor de Sigüenza.


La profesora Esther Alegre Carvajal (Historia del arte, UNED), sabia historiadora de Pastrana en las dimensiones nacionales e internacionales de nuestro pueblo, nos ha recordado que en 2020 se cumplen 450 años del nacimiento don Fr. Pedro González de Mendoza, franciscano en el convento de Nuestra Señora de la Salceda en Tendilla, arzobispo de Granada (1610-1616), de Zaragoza (1616-1623) y finalmente obispo y Señor de Sigüenza (1623-1639). 

Pastrana le debe en gran medida su actual patrimonio religioso. Fr. Pedro fue el quinto hijo de los primeros duques de Pastrana, Ruy Gómez de Silva y la Princesa de Éboli. Nacido en Madrid en 1570, profesó como fraile franciscano en el convento de La Salceda, centro de los más estrictos observantes, donde Fr. Francisco de Osuna había escrito el Tercer Abecedario Espiritual (1527), describiendo la doctrina del recogimiento, un esfuerzo de renuncia a los objetos materiales y a las mismas ideas espirituales para lograr la perfecta identificación con el Dios-Uno, en puro amor más allá de todo conocimiento. 

Santa Teresa dice que, por no tener un director espiritual adecuado en su juventud, trató de acomodarse al libro de Osuna; de ahí ha surgido la falsa opinión de que el franciscano de La Salceda fuera “su maestro” . Pero ella misma repite que tu tipo mental, abierto y poco inclinado a la concentración, le hizo imposible seguir la doctrina del Abecedario. Y tanto en la Vida como en Las moradas, Osuna es el autor más atacado por la santa. Pero no es este nuestro tema. El aviso de la profesora Alegre sobre el nacimiento de Fr. Pedro me ha llegado mientras repaso las obras de Góngora para un artículo sobre el Barroco, encargado por el profesor Garrido Gallardo para su magno proyecto DETLI (Diccionario Español de Términos Literarios Internacionales; cf. Internet). El poema 313 de Góngora, en la edición de Juan e Isabel Millé y Giménez, es un soneto “A don Fray Pedro González de Mendoza y Silva, electo arzobispo de Granada, muy mozo”. Es curiosa la apostilla sobre la edad, ya que el nuevo arzobispo contaba 40 años al ser elegido en 1610. En todo caso, Paz y Melia recogió en Sales españolas la anécdota de que alguien le señaló a Fr. Pedro su juventud y él contestó: “es un defecto del que me iré curando con el tiempo”. El soneto, como toda la obra de Góngora, no se entiende bien en la primera lectura; pero no hay aquí espacio para el comentario que podría aclararlo.Góngora no solo tuvo relación personal con D. Fr. Pedro, sino también con su hermano mayor, el notable poeta D. Diego de Silva, conde de Salinas (“mi amigo el de Salinas, ya [marqués] de Alenquer”, “Mi Marqés de Alenquer” (OC, pp. 929-30), estudiado de manera magistral por Trevor Dadson, el distinguido hispanista recientemente fallecido. También se relacionó en Madrid con el tercer duque de Pastrana, Ruy Gómez de Silva (1586-1626), al que se refiere en varias cartas. 

Termino con una de particular interés. Habla del estado mental del duque de Lerma, desterrado en su villa debido a su exagerada corrupción. Góngora da este testimonio: “Lerma suspéndese cada rato y tirándose de la barba, dice muy a menudo: No hay consuelo para quien se ha hecho el daño con sus propias manos. Así me contaba antes de ayer el Duque de Pastrana, que vino de verlo, y con ser su amigo tanto, me decía que lo recibió embelesado y lo despidió de la misma manera” (OC, p. 966).  

Hoy embelesado puede significar encantado de alegría, y embebido en amor, pero en el siglo XVII significaba alelado, entontecido. Digno final de algunos que se hacen ricos robando el dinero público, que es de todos los contribuyentes. En este momento, en el que parece he olvidado a Fr. Pedro, oigo la voz de maese Pedro que me grita: “Muchacho, no te metas en dibujos…sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles” (Quijote, II, c. 26).


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