Economía y política: la paradoja
01/10/2010 - 09:45
ARTÍCULOS
Antonio Papell - Periodista
Al hilo de la crisis que nos aqueja, se ha suscitado nuevamente el viejo debate de si, en este mundo globalizado y en una España voluntariamente sometida a las reglas estrictas de la Unión Europea el Pacto de Estabilidad y Crecimiento limita el déficit público y los países de la Eurozona han transferido la política monetaria al Banco Central Europeo- es o no posible hablar de políticas económicas de derechas o de izquierdas.
Rajoy insinuó que no, que las crisis han de ser abordadas mediante las herramientas tradicionales congelación salarial, flexibilidad laboral, reformas estructurales, bajada de impuestos, reactivación mediante la inversión- pero Zapatero, en el curso del XXXVII Congreso ha sostenido lo contrario: hay una política económica de izquierdas y otra de derechas. Y el viejo Santiago Carrillo, todavía lúcido, salía ayer en socorro de esta tesis del presidente socialista en la prensa de Madrid.
El asunto es arduo, y no porque haya dudas sobre la impregnación ideológica de todas las políticas sino porque manifiestamente Zapatero y Rajoy no han utilizado el mismo lenguaje. Para el presidente del Gobierno, una política económica de izquierdas es la que se preocupa particularmente de que quienes padecen en mayor medida la carga de la crisis, los sectores más desfavorecidos, no padezcan más de lo soportable. En consecuencia, no se reducirá el gasto social y se adoptarán medidas para fortalecer la red inferior (Friedmann) que impida que los menos ricos desciendan por debajo de determinado umbral de renta y bienestar. En este sentido, si es evidente que el sesgo ideológico mediatiza las actuaciones.
Pero dicho esto, hay que reconocer una curiosa paradoja: quienes proponen mayor intervención pública contra la crisis, más decisiones positivas del Gobierno, más actuaciones encaminadas a salvar a los sectores más afectados por el cambio de ciclo, son los populares. Frente a un PSOE que parece creer más que sus antagonistas liberales en las fuerzas espontáneas del mercado. La primera intervención de Rodríguez Zapatero en el Congreso concluyó con una inesperada y para algunos- desconcertante llamamiento al consumo. El presidente del Gobierno expresaba así su convicción de que la recuperación de un cierto grado de confianza en el futuro y la consiguiente reactivación de la demanda es el elemento clave de la salida del pozo. De hecho, el Gobierno socialista se ha resistido a subsidiar sectores como los transportes o la pesca- muy golpeados por la subida del precio de los combustibles, así como a salir en socorro de los constructores, y está intentando que sean los mercados los que recuperen los equilibrios perdidos por causas endógenas la imprudente burbuja inmobiliaria- y exógenas las subidas del crudo y de los alimentos, el fortalecimiento del euro-, los que se adapten a la nueva situación. Y para mantener esta actitud ortodoxa, Zapatero ha tenido que hacer oídos sordos a determinados sectores socialistas minoritarios que, de espaldas a Solbes y a estas alturas, están aconsejando recuperar a Keynes: incrementar espectacularmente la inversión pública con cargo al déficit para cebar la bomba de la inversión privada. La vieja, y fallida, receta típicamente socialdemócrata de los años cincuenta y sesenta.
Zapatero y Rajoy parecen coincidir plenamente sin embargo en la solución de fondo: tras la crisis, de la que ambos tienen un cierto grado de responsabilidad (tanto el PP como el PSOE asistieron imperturbables al desaforado sobrecalentamiento del sector inmobiliario y de la construcción), es preciso acelerar el cambio del modelo de crecimiento, basado hasta ahora en el ladrillo y en la demanda interna, para que el motor de la economía sea la demanda externa, el sector exterior. Ello requiere incrementar significativamente la competitividad de nuestra economía mediante la conquista de la productividad. Designio que solo se logrará incrementando la inversión en investigación (I+D+i) y mejorando el capital humano mediante la formación. Sólo así, ofreciendo bienes y servicios de alto valor añadido, lo que requiere la cualificación de la fuerza del trabajo y una verdadera revolución tecnológica, este país mantendrá su posición preeminente y seguirá avanzando en el grupo de cabeza de los países desarrollados.
No nos engañemos, pues: los márgenes de maniobra del Gobierno de éste o de cualquier otro- para combatir a corto plazo la crisis son muy estrechos. Y la ambición debe centrarse más en acometer la tarea colectiva de modernizarnos con vistas al futuro que en capear este pasajero temporal. Esta navegación puede abordarse, ciertamente, según diversas sensibilidades, pero el objetivo es el mismo para todos: la mejora cualitativa de nuestro sistema económico.
El asunto es arduo, y no porque haya dudas sobre la impregnación ideológica de todas las políticas sino porque manifiestamente Zapatero y Rajoy no han utilizado el mismo lenguaje. Para el presidente del Gobierno, una política económica de izquierdas es la que se preocupa particularmente de que quienes padecen en mayor medida la carga de la crisis, los sectores más desfavorecidos, no padezcan más de lo soportable. En consecuencia, no se reducirá el gasto social y se adoptarán medidas para fortalecer la red inferior (Friedmann) que impida que los menos ricos desciendan por debajo de determinado umbral de renta y bienestar. En este sentido, si es evidente que el sesgo ideológico mediatiza las actuaciones.
Pero dicho esto, hay que reconocer una curiosa paradoja: quienes proponen mayor intervención pública contra la crisis, más decisiones positivas del Gobierno, más actuaciones encaminadas a salvar a los sectores más afectados por el cambio de ciclo, son los populares. Frente a un PSOE que parece creer más que sus antagonistas liberales en las fuerzas espontáneas del mercado. La primera intervención de Rodríguez Zapatero en el Congreso concluyó con una inesperada y para algunos- desconcertante llamamiento al consumo. El presidente del Gobierno expresaba así su convicción de que la recuperación de un cierto grado de confianza en el futuro y la consiguiente reactivación de la demanda es el elemento clave de la salida del pozo. De hecho, el Gobierno socialista se ha resistido a subsidiar sectores como los transportes o la pesca- muy golpeados por la subida del precio de los combustibles, así como a salir en socorro de los constructores, y está intentando que sean los mercados los que recuperen los equilibrios perdidos por causas endógenas la imprudente burbuja inmobiliaria- y exógenas las subidas del crudo y de los alimentos, el fortalecimiento del euro-, los que se adapten a la nueva situación. Y para mantener esta actitud ortodoxa, Zapatero ha tenido que hacer oídos sordos a determinados sectores socialistas minoritarios que, de espaldas a Solbes y a estas alturas, están aconsejando recuperar a Keynes: incrementar espectacularmente la inversión pública con cargo al déficit para cebar la bomba de la inversión privada. La vieja, y fallida, receta típicamente socialdemócrata de los años cincuenta y sesenta.
Zapatero y Rajoy parecen coincidir plenamente sin embargo en la solución de fondo: tras la crisis, de la que ambos tienen un cierto grado de responsabilidad (tanto el PP como el PSOE asistieron imperturbables al desaforado sobrecalentamiento del sector inmobiliario y de la construcción), es preciso acelerar el cambio del modelo de crecimiento, basado hasta ahora en el ladrillo y en la demanda interna, para que el motor de la economía sea la demanda externa, el sector exterior. Ello requiere incrementar significativamente la competitividad de nuestra economía mediante la conquista de la productividad. Designio que solo se logrará incrementando la inversión en investigación (I+D+i) y mejorando el capital humano mediante la formación. Sólo así, ofreciendo bienes y servicios de alto valor añadido, lo que requiere la cualificación de la fuerza del trabajo y una verdadera revolución tecnológica, este país mantendrá su posición preeminente y seguirá avanzando en el grupo de cabeza de los países desarrollados.
No nos engañemos, pues: los márgenes de maniobra del Gobierno de éste o de cualquier otro- para combatir a corto plazo la crisis son muy estrechos. Y la ambición debe centrarse más en acometer la tarea colectiva de modernizarnos con vistas al futuro que en capear este pasajero temporal. Esta navegación puede abordarse, ciertamente, según diversas sensibilidades, pero el objetivo es el mismo para todos: la mejora cualitativa de nuestro sistema económico.