13/11/2021 / 17:47
Jesús de Andrés


Imagenes

El apagón

No es broma. En Decathlon y similares se han agotado los infiernillos portátiles, los camping gas, los kits de supervivencia, incluso, animados por la estupidez, que tiene visos de nueva pandemia, han ofertado líneas de productos que van desde walkie talkies a linternas con dinamo.


 Y llegó el apagón, nadie se lo esperaba -cantaba Topo al comienzo de los ochenta, adelantados a su tiempo, alzando su voz contra la polución y augurando distopías con aliento de cómic ante el inminente fin del milenio. Quién no ha bromeado en los últimos meses con la siguiente plaga tras la pandemia, el confinamiento y la erupción del volcán, ¿vendrá un meteorito? ¿quizá una invasión extraterrestre? Los conspiranoicos, crecidos en los últimos meses, convencidos de que el virus fue un invento para dominarnos o una creación de laboratorio para extender el mal, sabedores de que las vacunas nos han inoculado chips para controlarnos (como si hiciera falta algo más que el teléfono móvil que todos llevamos voluntariamente) y de que Bill Gates o los del foro Bilderberg nos han estado manipulando para enriquecerse aún más, han descubierto -antes de que llegue- cuál será la siguiente pantalla en este juego macabro del calamar en que se ha convertido la existencia: el gran apagón. 

No es broma. En Decathlon y similares se han agotado los infiernillos portátiles, los camping gas, los kits de supervivencia, incluso, animados por la estupidez, que tiene visos de nueva pandemia, han ofertado líneas de productos que van desde walkie talkies a linternas con dinamo, todo sea por sobrevivir a la nueva prueba del apocalipsis. A generar estas noticias, que más que eso son estados de ánimo, contribuyen cientos de miles de páginas en internet que no buscan sino el click del lector, conseguir visitas que alimenten su publicidad, y de vídeos en YouTube que despiertan la curiosidad y el morbo a partes iguales. Solo falta que una tarde se vaya la luz un rato para confirmar su profecía.

Y sin embargo nadie repara en que el verdadero apagón, el de los combustibles fósiles, está a la vuelta de la esquina. Al contrario, como los habitantes de la isla de Pascua, estamos ávidos por cortar el último árbol para calentarnos con su leña. Los líderes mundiales, somnolientos, asisten en sus jets a una cumbre mundial descafeinada sobre el cambio climático, quedando la queja para manifestaciones encabezadas por adolescentes que tiran más de emotividad que de lógica. No hay nada que hacer, parece ser el resumen. Nadie se preocupará por el futuro del planeta hasta que sus efectos estén aquí, hasta que los suframos en carne propia, hasta que paguen el pato, esta vez de verdad, los de siempre. Algunos ya se aprecian, como el encarecimiento del precio del petróleo y del gas, y como consecuencia de ello también de la luz, afectando a toda la economía. Talemos hasta el último árbol de la isla, disfrutemos de la energía como si fuera inagotable. Qué más da. Ese sí que va a ser un apagón de verdad.   


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