El árbol

20/10/2017 - 12:26 Javier Sanz

El árbol, en fin, era la teta permanente del hombre,de la naranja a la castaña, pasando por una fruta de cada color, salvo el azul.

Se preguntaron aquella vez qué tres deseos pediría si tras encontrar la lámpara de Aladino y frotarla, el genio me ofreciera cumplirlos. “Sólo uno –andaba yo generoso-: una noguera como las que dan sombra al manantial donde nace el Henares.” Aquellas nogueras se abren desde arriba para extender una carpa invertida como las de las verdes praderas bíblicas y uno viviría allí dos vidas, incluida la eterna.
    El árbol aparece ya en el Antiguo Testamento desde el principio, y no como decorado sino en actor principal; en el árbol se graba con la punta de una navaja el compromiso que firman los nombres adolescentes que cercan un corazón atravesado por una flecha y del árbol cuelga quien se despide de la vida, con un sobre asomando por el bolsillo de la americana que deberá abrir su destinatario, el señor Juez. Del árbol se ataba el primer columpio y bajo él se retrataba en sepia la primera merienda adolescente, cuando lo cotidiano era vivir al día. El árbol era la metáfora de la vida y en él, sin impuestos, plantaban sus nidos los animales más libres. El árbol, en fin, era la teta permanente del hombre, de la naranja a la castaña, pasando por una fruta de cada color –salvo el azul pues era el tono del fondo- para cada momento. El árbol da la dieta más sana.
    Al árbol de los poetas lo destripaban los científicos del bachiller superior, para disecarnos después la necesidad de su presencia con una palabra imposible en sus escritos: la fotosíntesis. Vida sin árbol no era compatible y cuando se creía anegada aparecía un pájaro con una rama chica en el pico para advertir a Noé en una viñeta que abriera compuertas y soltara las parejas de a bordo. Con dos ramas de laurel se han coronado atletas y poetas. El hombre, plantado en la Tierra después que el árbol, encuentra por analogía el mayor respeto en la sentencia que prohíbe “hacer leña del árbol caído”, una filacteria que cabría en cualquier fresco medieval como máxima de convivencia y dignidad.
    El árbol, la vida, ha sido atentado por una reata de hijos de puta con una tea en la mano y una lata de gasolina en la otra. En la escuadra de Iberia, donde se acababa el mundo. El suelo es ahora un suelo negro como la noche de Marte. Con los ojos abiertos, la noche oscura del suelo negro es la maldición que debiera acompañar a los asesinos. De por vida.