El coste de tener un techo
No se puede decir que en la última quincena no hayan pasado cosas en España. Ha dado tiempo a desahuciar a Mari Carmen de su casa y que se mudara definitivamente al otro barrio; entre pan y par de decretos de vivienda, lechuga y caída del gobierno de Pedro Sánchez; clase teórica de lo que es la Diputación Permanente del Congreso, lección práctica de la primera huelga general contra la oposición de la historia moderna de España y elecciones generales para finales de Noviembre.
Lo único que permanente es que la Selección Española de Fútbol sigue arrasando y que Decathlon se ha inflado a vender tiendas de campaña, ya sea por protesta en Sol o por invasión en Ceuta. Alegría y bochorno. ¡Oh Ferrán! ¡Oh Dios mío!. Como habrá tiempo para analizar el futuro, hagamos una pequeña reflexión económica sobre el presente. Existe un enorme problema de vivienda en nuestro país, pero no es nuevo en absoluto. Es la inercia y herencia de más de veinte años de fracaso de políticas públicas y planificación privada sobre uno de los pilares del estado de bienestar, la vivienda y el artículo 47 de la Constitución Española. Y en contra de lo que puede parecer, es tremendamente sencillo de explicar y solucionar, pero por otro lado es coste es enorme y no inmediato. Empecemos.
Esto no nace con su el gobierno de su Nerviosísima Saunidad, sino con los estertores de la pasada crisis de deuda de 2008. Desde hace década y media, el número de hogares según el INE ha crecido algo menos de 3 millones y solo se han construído 1,5 millones. Si incorporamos la bolsa de viviendas (Sareb, rehabilitaciones, etc...), salen las 750.000 casa que faltan y que cacarean los medios de comunicación. Por otro lado, el coste de la vida se ha duplicado mientras los salarios reales solo han aumentado un 50% en este tiempo. Menos pisos para más gente y los pisos que hay son cada vez más caros y más inasumibles. Análisis de mercado de manual, inflación galopante y problemas de asignación de lo laboral. Un tsunami de consecuencias económicas que aún siendo previsible, ha terminado explotando a los partidos políticos frente a la realidad. Y ambas posturas son lógicas, loables y debatibles.
Desde el punto de vista microeconómico y sobre la tradición de ahorro de España, un alquiler, en el 97% de los casos es un complemento de renta o de pensión en base al legítimo trabajo y esfuerzo de una generación anterior. Desde el punto de vista macroeconómico es una generación completa de jóvenes trasladando poder adquisitivo a los mayores. ¿Dónde pones el foco? Efectivamente en lo que te de más votos. Y volvemos al populismo y a la demagogia en vez de analizar técnicamente el problema de la próxima generación.
En este problema básico de economía solo hay dos opciones: O se construyen más viviendas (flexibilidad de suelo, mayor número de alturas, menor burocracia, más vivienda pública -en España solo un 3%-) o se restringe la creación de hogares (reducción de la inmigración o políticas anti emancipación). O atacamos a la oferta o a la demanda. Pero si manipulamos el mercado de manera artificial vamos a reducir la oferta (incertidumbre legal) protegiendo solo a los que ya están dentro del sistema pero condenando a los más jóvenes aún a no acceder a su independencia. Es un juego masivo de las sillas, pero sin música.
El mayor miedo que un economista puede tener es apagar el fuego con gasolina y medidas destinadas a mejorar el poder adquisitivo o la masa asalariada sin un análisis de productividad, pueden derivar en problema de shock de empleo. El punto en el que no interesa contratar más y si anticipar cambios tecnológicos (residuo de Solow). Y aquí ya nos jugamos cuentas públicas (sí, bajamos del 100% de deuda sobre PIB, pero ya son 1,7 billones, con b mayúscula, de dineros a pagar), podemos cuestionar pensiones (miremos de reojo a Europa que no está mejor que nosotros) y una inflación que terminará pagando deudas viejas, pero arruinando a muchas personas.
Si con un 4% la gente está temblando, no quiero ni imaginar lo que pasaría con cualquier golpe exógeno de la economía actual. Y esto no es un pasatiempo, es la versión del siglo XXI del Landlord’s Game, inventado por Elizabeth Magie en 1904 para explicar como funcionan los rentistas. Se podía ganar por avaricia o se podía ganar por reparto. Con el paso de las décadas, derivó en el juego de mesa más conocido de la actualidad. El Monopoly. Y de él hemos aprendido que para equilibrar la partida hay cartas predeterminadas o casillas definidas (llámalo impuestos o incentivos) pero en ningún caso se cambian las normas del juego en mitad de la ronda. 20 años mirando hacia otro lado no se solucionan gritando sino entendiendo como funciona la vida. Naces, creces, pagas hipoteca, te reproduces, te decepciona el sabor del brócoli y mueres. El coste de tener un techo nunca es el dinero, es el tiempo.