El eclipse de 1900 que revolucionó Guadalajara
El pasado 12 de agosto pudimos disfrutar de un eclipse total de sol. Un acontecimiento único que nadie quería perderse y para el que todos nos preparamos.
En pleno siglo XXI contamos con toda la información necesaria para conocer cómo funciona un eclipse y cuáles son las circunstancias que llevan a que la tierra pase, en pleno día, a una completa oscuridad por unos segundos. Pero esto no ha sido así siempre. Si pensamos en nuestros antepasados en épocas donde no había un conocimiento científico, como en la Prehistoria, contemplar un eclipse era presenciar un fenómeno desconcertante que llevaba aparejado el miedo a lo desconocido.
Pero, a pesar del miedo, los eclipses han causado curiosidad y un deseo de conocer más sobre ellos. Incluso se documentaban. El registro más antiguo de un eclipse de sol se encuentra en una crónica escrita sobre una tablilla de arcilla que data del año 1375 a.C. y que se encontró en la antigua ciudad de Ugarit (lo que hoy es Siria).
Gente viendo el eclipse total de sol de 1900 en Elche con cristales ahumados.
Algunas civilizaciones y culturas alcanzaron un grado muy importante de conocimiento científico, como la griega, la babilónica, la azteca o la maya, aunque en otros momentos, como durante la Edad Media, presenciar un eclipse era, para la mayoría, un suceso terrorífico. Las clases populares, analfabetas y temerosas del poder de Dios, no lograban entender de una manera racional lo que estaba sucediendo, y pensaban que se trataba de un castigo divino por sus pecados o un mal presagio.
La ciencia fue avanzando, y la educación también, por lo que cada vez más personas podían entender estos sucesos astronómicos. Y verlos ya no era algo peligroso, aunque no dejaban de existir situaciones curiosas entre aquellos que lo presenciaban, como ocurrió en nuestra ciudad hace algo más de un siglo.
El 28 de mayo de 1900 un eclipse que ocultó por completo al sol dejó algunas anécdotas en Guadalajara a pesar de no estar en la franja de totalidad (pudo verse al completo desde el norte de Extremadura hasta Elche). Aquel eclipse ya se veía como un fenómeno turístico, ya que muchas personas se desplazaron a propósito a estas zonas para poder observarlo mejor, contando además con una gran cobertura en los medios de comunicación de la época para anunciarlo y para realizar las posteriores crónicas de lo sucedido.
Habitantes de Róterdam (Holanda) observando un eclipse solar desde los tejados en 1912.
En Guadalajara la publicación Flores y Abejas narró su crónica unos días después de que tuviera lugar, pues en la ciudad el eclipse produjo “su mijita de expectación”. Por un momento se detuvo la vida cotidiana y todas las ventanas y balcones estaban llenos de vecinos que portaban cristales ahumados para protegerse de los rayos solares y para ver el “prodigioso fenómeno” lo mejor posible. La redacción del periódico, que estaba ubicada en la plaza del marqués de Villamejor (al lado del palacio de la Cotilla), se trasladó a la calle de Bardales para admirarlo.
Cuentan en la publicación que “no faltaron personas que antes del eclipse se tomasen a broma las predicciones de los sabios, cosa muy corriente entre nosotros; pero cuando la intensidad de la luz fue decreciendo y los rostros aparecían pálidos y descoloridos, hubo un individuo que llegó a suponer se aproximaba el fin del mundo o poco menos”. Y es que las supersticiones seguían a la orden del día en 1900.
Mapa que muestra la franja de totalidad del eclipse solar de 1900.
Los redactores de Flores y Abejas se lo pasaron en grande entre los “astrólogos callejeros” que abundaban en Bardales, como así los denominaron, ya que cada asistente daba su opinión. “Aunque el maestro de mi chico dice que no pasará na -exclamaba una de las vecinas-, yo estoy con el alma en un hilo”. Otra decía: “¿Que no va a pasar na? Figúrate tú que se desprenden los cuernos de la luna y que nos proporcionan una corná de pornóstico reservao”.
Número de Flores y Abejas que narró el eclipse en Guadalajara. 03-06-1900.
Entre estas y otras conversaciones pudieron observar los guadalajareños ese eclipse de 1900, sabiendo ya para entonces que cinco años después, en 1905, habría otro que también se vería desde España. Para terminar su crónica, los redactores pedían a Dios “que para entonces ni nuestra querida patria ni nosotros estemos eclipsados y así podremos nuevamente observar tan maravilloso espectáculo”. Y es que los eclipses nunca han dejado -ni dejarán- de causar fascinación.