El ejército y la Iglesia

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

EL COMENTARIO
TEODORO ALONSO
Contemplar la actuación de una mujer como ministra de Defensa, en su reciente toma de posesión o en la visita a las tropas de Afganistán, ha provocado diversas reacciones y comentarios.
Si el Presidente pretendía que este nombramiento tuviese una función pedagógica, creo que lo ha conseguido, por la carga simbólica que conlleva ver a una mujer al mando de las tropas y dando la ritual orden de “Capitán mande firmes”: igualdad indiscutida de las mujeres para cualquier tarea o responsabilidad, total civilidad de los ejércitos bajo la autoridad constituida, un ejemplo a las empresas para que respeten la paridad y el embarazo en sus contrataciones, modernidad plena de los ejércitos, una catalanista con mando en la capital.
No deja de ser asombroso el profundo cambio, y en poco tiempo, de una institución tan conservadora, tradicional y rígida como el ejército. Durante los dos últimos siglos su presencia e influencia ha sido constante, excesiva y en gran parte negativa para el progreso y modernidad de España. Los militares han patrocinado golpes de estado de diverso signo, se entrometieron en la política e iniciaron la rebelión contra el poder legítimo provocando la Guerra Civil. En las guerras exteriores tuvieron una actuación catastrófica tanto en las del norte de África como en Cuba. Los cuarteles se situaban dentro de las ciudades para vigilar a sus ciudadanos más que para defenderlos de enemigos exteriores. En Alcalá ocupaban los edificios de la antigua Universidad felizmente recuperados de nuevo: otro símbolo del gran cambio histórico. Hoy los ejércitos están profesionalizados, participan en organizaciones y misiones internacionales y son mayormente respetados por la opinión pública. Podemos decir que “la cuestión militar” está resuelta como elemento de modernidad.
La Iglesia como institución, a través de sus jerarquías, no del clero llano, ha ejercido también un papel de rémora y resistencia a la modernización de España: prohibición y persecución de las nuevas ideas de la modernidad, como el liberalismo, la libertad religiosa, los derechos individuales de la persona o la independencia del poder civil. Su alianza con el Trono, la bendición como cruzada de una guerra civil o la complicidad con el franquismo durante décadas, deberían ser motivos poderosos para un examen de responsabilidades y una rectificación a la totalidad de su actuación en la sociedad civil, al margen de su tarea religiosa.
En la difícil transición a la democracia, después de la muerte de Franco, la resistencia de los militares al cambio fue más fuerte que la de la Iglesia, en aquel momento dirigida por el cardenal Tarancón. Pasados más de cuarenta años podemos decir que el balance es favorable al ejército y que la “cuestión religiosa”sigue pendiente de una solución aceptable. ¿Para cuándo gestos y cambios en la Iglesia como los que vemos en el Ejército? ¿Para cuándo la total separación e independencia del poder político y el religioso?