El fin de la herejía: la civilización feminista
Lo cierto es que el Santo Oficio ya había calificado a la familia Cazalla de heterodoxa desde hacía mucho tiempo.
En la Civilización feminista, la filósofa Amelia Valcárcel realiza una lúcida reflexión sobre cómo el feminismo no es solo un movimiento emancipatorio, sino un auténtico proceso civilizatorio que ha transformado radicalmente la vida humana, incluso de quienes reniegan de él. Realmente, el feminismo no se entiende fuera de la democracia y, al mismo tiempo, la democracia no es completa si no garantiza la igualdad entre mujeres y hombres, empezando por el derecho de las mujeres a vivir sin violencia en cualquiera de sus manifestaciones y formas (pareja, digital, sexual, prostitucional…).
Sin embargo -como ya apuntáramos en las Vindicaciones publicadas hace poco más de un año, El fin de la Inquisición -muy frecuentemente el feminismo ha sido tratado como una suerte de herejía del poder patriarcal, siempre aliado del capitalismo más descarnado, que han encabezado mujeres a menudo retratadas con los mismos pinceles distorsionadores con los que antaño se representó a las brujas y otras herejes: odiadoras de hombres, malvadas, desinformadas y cómo no, feas.
Continuando con la promesa hecha en el artículo antes mencionado, hoy recordaremos a María de Cazalla, una de las referencias más importantes del alumbradismo, corriente religiosa que la Inquisición persiguió con dureza en el siglo XVI. María nació hacia 1487 en Palma del Río (Córdoba), de familia burguesa y judeoconversa, y fue hermana del humanista Juan de Cazalla.
Tras casarse con el hacendado alcarreño Lope de Rueda, se trasladó a Guadalajara -donde ya se encontraba su hermano Juan, franciscano que ayudó al cardenal Cisneros en la fundación de la Universidad de Alcalá-. Aquí entró en contacto con los círculos espirituales vinculados a Isabel de la Cruz, así como con erasmistas ligados a la familia Mendoza, sobre todo Brianda [de Mendonza], lo que la situó en el centro en una intensa vida mística e intelectual. Cabe precisar que María de Cazalla era mujer culta e instruida que leía a Erasmo, Agustín de Hipona y Juan Valdés, entre otros autores, y que predicaba en la capital alcarreña su propia interpretación del catolicismo.
Lo cierto es que el Santo Oficio ya había calificado a la familia Cazalla de heterodoxa desde hacía mucho tiempo, al igual que a otras muchas de origen converso, ya fueran de procedencia judía o morisca. En el caso que nos ocupa, en la primera mitad del siglo XVI, la Inquisición se fijó menos en la propuesta de reforma que se hacía desde el luteranismo o en el erasmismo y más en si detrás de estas corrientes había cristianos nuevos. Según el historiador Werner Thomas, esto fue así por razones más políticas y sociales que dogmáticas, pues se temía que la heterodoxia de los conversos debilitara el orden de la monarquía de los Austrias. Además, el clima de las Comunidades de Castilla reforzó esa vigilancia al sospecharse que en la causa comunera habían participado notables de ascendencia judeoconversa.
En este contexto se situó también la persecución de los alumbrados (conocidos asimismo como dejados porque practicaban el «dejamiento», el abandonarse por completo en manos de Dios, una idea compartida con franciscanos que también defendían la oración mental frente a los ritos externos). Se trataba de un movimiento espiritual de raíz castellana, con influencia erasmista e incluso luterana, pero con rasgos propios, que promovía la oración mental y una relación directa con Dios, sin intermediación del clero. Muchos de sus integrantes eran igualmente conversos, lo que redobló el recelo inquisitorial. Hubo varios focos en la península, siendo uno principal el de Guadalajara y provincia, pues diversos municipios albergaban comunidades alumbradas, entre ellos, Pastrana y Cifuentes de la mano de fray Diego Barreda.
Antiguo claustro del Convento de la Piedad, 1886.
María de Cazalla se convirtió en uno de los personajes más destacados del alumbradismo gracias a su saber y liderazgo. Leía la Biblia, interpretaba las Escrituras y aconsejaba a los fieles, actividades que la situaban en un lugar de autoridad espiritual inusual para una mujer de su tiempo. En este círculo participó también Brianda de Mendoza, noble culta y protectora de corrientes reformistas, que en 1524 fundó en Guadalajara el Beaterio de Nuestra Señora de la Piedad, institución diferente a los conventos de clausura tradicionales.
Precisamente Brianda fue testigo de abono en el proceso inquisitorial de Cazalla, a la que se la conocía como «la maestra de Guadalajara», que se inició en 1532 y se prolongó hasta 1534. Fue acusada de herejía, de predicar sin autoridad, de no respetar las prácticas devocionales tradicionales y de mantener contacto con otros herejes. Sufrió tortura, pero no delató a sus correligionarios. Finalmente fue absuelta de los cargos más graves y fue condenada por “sospecha leve de herejía”. La sentencia la obligó a realizar una retractación pública en una iglesia de Guadalajara, a romper toda relación con sus discípulos/as y a pagar una multa de 50 ducados por haber mantenido comunicación con otros detenidos.
El mundo del presente está al borde del precipicio y ante este desastre el feminismo ofrece una alternativa civilizatoria universal como expresión máxima de la democracia y sus principios. En tiempos de María de Cazalla, la sospecha y el miedo buscaban silenciar la libertad de pensamiento (mucho más el pensamiento de las mujeres), al igual que llevan años haciéndolo la derecha negacionista y una cierta izquierda que se «autodetermina» feminista imponiendo dogmas y no razón. El fin de la herejía es más urgente que nunca.