El final de la crispación
01/10/2010 - 09:45
ARTICULOS
Antonio Papell - Periodista
Ayer, Zapatero y Rajoy pusieron fin a una dilatada crisis institucional de cuatro años toda una legislatura- que a punto estuvo de torcer el camino rectilíneo de nuestra portentosa construcción democrática basada en las formas de convivencia emanadas de la Constitución.
El zarpazo terrorista del 11-M y la alternancia inesperada del 14-M abrieron abismos entre las dos fuerzas políticas principales e instalaron en la dialéctica parlamentaria una crispación basada más en la enemistad que en la discrepancia. En este río revuelto pescaron varios sembradores de discordia, y la sociedad comenzó a fracturarse peligrosamente. Pero las cosas han cambiado, como ayer pudo visualizarse con cierta claridad.
Las elecciones del 9-M han sido como un baño de realismo para los dos grandes partidos, que han crecido en el Parlamento hasta reducir a la mínima expresión la cuota de las minorías salvo las clásicas CiU y PNV, los nacionalismos democráticos catalán y vasco. Y Rajoy, que ha seguido los buenos consejos de quienes le recomendaban un viraje hacia la moderación y el centro, ha dado el necesario golpe de timón que ha restablecido la simetría perdida del arco parlamentario. Al propio tiempo, Zapatero, acosado por la crisis y con las grandes reformas de su proyecto ya realizadas, ha enfriado su discurso, que hoy es notoriamente menos radical que antaño. Hoy ya puede decirse sin eufemismos que el centro-derecha y el centro-izquierda se disputan civilizadamente el poder de nuevo en este país.
Así las cosas, era llegado el momento de restablecer los puentes entre el poder y la oposición, que volaron hechos añicos durante el cuatrienio anterior. En una democracia madura existe un núcleo de consenso entre los dos grandes partidos que engloba lo estable y permanente del régimen y privilegia el interés de Estado sobre la conveniencia coyuntural de los gobiernos. Y es ese núcleo el que ayer empezaron a rescatar Zapatero y Rajoy para depositarlo de nuevo, cuidadosamente, ante la opinión pública.
Los resultados del primer encuentro han sido discretos pero altamente significativos: existe acuerdo sobre la modernización de la Justicia y la renovación en septiembre de los cargos institucionales que debieron haber sido relevados hace tiempo aunque todavía no se ha alcanzado un consenso pleno sobre el modelo judicial (descentralización o no de la casación del Tribunal Supremo). Se ha restituido la unanimidad formal frente al terrorismo (es decir, ha cesado la demagogia sobre el asunto) que se basa sobre una plena coincidencia de criterio y se fundamenta en cinco puntos concretos que podrían dar lugar a un pacto explícito, y se han acordado algunas reformas legislativas, en materia de terrorismo y del castigo a los delitos más graves...
Lógicamente, no ha habido acuerdo en cómo resolver la crisis económica, que es hoy nuestro problema más acuciante, pero ni resulta extraño que así sea es lógico que socialdemócratas y liberales defiendan fórmulas matizadamente distintas- ni siquiera es negativo: las funciones de la oposición, de contradicción y control, son siempre estimulantes para el Gobierno y benéficas para el interés general. Aunque, justo es reconocerlo, las políticas económicas posibles se mueven en un marco de discrecionalidad muy estrecho.
En cualquier caso, lo más relevante del encuentro de ayer no fue el hallazgo de lugares comunes ni el logro de acuerdos concretos sino el cambio de clima, la recuperación de la normalidad institucional, el hallazgo de un tono moderado y tranquilo de confrontación que excluya la descalificación y el dicterio, que incluya el respeto al adversario, que devuelva al Parlamento aquella elegancia un tanto florentina que se había perdido en las últimas disputas.
El acaloramiento inevitable y la defensa vehemente de las propias convicciones no deben suponer inflamación ni ruptura. Tenemos entre todos que recuperar la mordacidad elegante y la ironía inteligente y que desterrar de una vez por todas el exabrupto vulgar y descalificante.
Porque, además, se advierte que Rajoy está mucho más cómodo en este papel más señorial y racionalista que en aquel otro en que se creía obligado a la soflama y al incendio. Hemos ganado todos con el cambio, que tendrá sin duda el efecto de atraer de nuevo a la política a muchos ciudadanos que, ahítos de mal gusto, le habían dado ostensiblemente la espalda en los últimos tiempos.
Las elecciones del 9-M han sido como un baño de realismo para los dos grandes partidos, que han crecido en el Parlamento hasta reducir a la mínima expresión la cuota de las minorías salvo las clásicas CiU y PNV, los nacionalismos democráticos catalán y vasco. Y Rajoy, que ha seguido los buenos consejos de quienes le recomendaban un viraje hacia la moderación y el centro, ha dado el necesario golpe de timón que ha restablecido la simetría perdida del arco parlamentario. Al propio tiempo, Zapatero, acosado por la crisis y con las grandes reformas de su proyecto ya realizadas, ha enfriado su discurso, que hoy es notoriamente menos radical que antaño. Hoy ya puede decirse sin eufemismos que el centro-derecha y el centro-izquierda se disputan civilizadamente el poder de nuevo en este país.
Así las cosas, era llegado el momento de restablecer los puentes entre el poder y la oposición, que volaron hechos añicos durante el cuatrienio anterior. En una democracia madura existe un núcleo de consenso entre los dos grandes partidos que engloba lo estable y permanente del régimen y privilegia el interés de Estado sobre la conveniencia coyuntural de los gobiernos. Y es ese núcleo el que ayer empezaron a rescatar Zapatero y Rajoy para depositarlo de nuevo, cuidadosamente, ante la opinión pública.
Los resultados del primer encuentro han sido discretos pero altamente significativos: existe acuerdo sobre la modernización de la Justicia y la renovación en septiembre de los cargos institucionales que debieron haber sido relevados hace tiempo aunque todavía no se ha alcanzado un consenso pleno sobre el modelo judicial (descentralización o no de la casación del Tribunal Supremo). Se ha restituido la unanimidad formal frente al terrorismo (es decir, ha cesado la demagogia sobre el asunto) que se basa sobre una plena coincidencia de criterio y se fundamenta en cinco puntos concretos que podrían dar lugar a un pacto explícito, y se han acordado algunas reformas legislativas, en materia de terrorismo y del castigo a los delitos más graves...
Lógicamente, no ha habido acuerdo en cómo resolver la crisis económica, que es hoy nuestro problema más acuciante, pero ni resulta extraño que así sea es lógico que socialdemócratas y liberales defiendan fórmulas matizadamente distintas- ni siquiera es negativo: las funciones de la oposición, de contradicción y control, son siempre estimulantes para el Gobierno y benéficas para el interés general. Aunque, justo es reconocerlo, las políticas económicas posibles se mueven en un marco de discrecionalidad muy estrecho.
En cualquier caso, lo más relevante del encuentro de ayer no fue el hallazgo de lugares comunes ni el logro de acuerdos concretos sino el cambio de clima, la recuperación de la normalidad institucional, el hallazgo de un tono moderado y tranquilo de confrontación que excluya la descalificación y el dicterio, que incluya el respeto al adversario, que devuelva al Parlamento aquella elegancia un tanto florentina que se había perdido en las últimas disputas.
El acaloramiento inevitable y la defensa vehemente de las propias convicciones no deben suponer inflamación ni ruptura. Tenemos entre todos que recuperar la mordacidad elegante y la ironía inteligente y que desterrar de una vez por todas el exabrupto vulgar y descalificante.
Porque, además, se advierte que Rajoy está mucho más cómodo en este papel más señorial y racionalista que en aquel otro en que se creía obligado a la soflama y al incendio. Hemos ganado todos con el cambio, que tendrá sin duda el efecto de atraer de nuevo a la política a muchos ciudadanos que, ahítos de mal gusto, le habían dado ostensiblemente la espalda en los últimos tiempos.