El gol de Irlanda
01/10/2010 - 09:45
EL COMENTARIO
Teodoro Alonso Concha - Profesor
Andan las gentes de Europa con el alma en vilo a propósito de los campeonatos de fútbol que se celebran en Austria. Al mismo tiempo y en estas fechas ha habido otro acontecimiento europeo en el que se contabilizaban no ya goles sino papeletas de voto.
Esas papeletas decidían si los ciudadanos irlandeses aprobaban o no el nuevo Tratado de Lisboa que sustituía a la rechazada Constitución europea. Ahora también ha prevalecido el no, aunque por estrecho margen.
El gol que ha colado Irlanda afecta seriamente al futuro de Europa, por obra del país más beneficiado por las ayudas europeas y que ha pasado, en unos pocos años, de ser un país atrasado y de emigrantes hacia América, a ser uno de los más prósperos de la Unión. Al parecer, los motivos que han llevado a la mayoría de sus ciudadanos a actuar así ha sido el temor a ver disminuida su privilegiada situación fiscal y a perder influencia en los órganos de poder previstos en el Tratado. Los impuestos de sociedades son actualmente del 12% en Irlanda cuando la media europea es del 24,5%, lo que explica la masiva presencia de inversiones extranjeras y su expansión económica. También temen que la ampliación a los nuevos países miembros les prive de tener un comisario permanente en Bruselas y tengan menor peso en las decisiones de mayoría cualificada. Son motivaciones netamente interesadas, insolidarias y desagradecidas. Dicen que son las reglas de todos los países en sus relaciones internacionales, pero la Unión Europea fue concebida como una Comunidad y no un entramado de intereses de cada estado miembro.
Lo que me sorprende e irrita es también el tono comprensivo y de apoyo al pueblo irlandés por parte de los políticos europeos suavizando el alcance de los resultados y tratando de buscar arreglos y apaños. Lo políticamente correcto no se corresponde con el crudo realismo de las urnas. Además, una decisión tomada por poco más de medio millón de votantes y que afecta a quinientos millones de europeos, no puede ser una minoría de bloqueo. Con decisiones como la irlandesa no se puede construir Europa. Hace falta darse cuenta del alcance de lo sucedido, cambiar las reglas del juego aceptando que la Unión sea política y que sea el parlamento europeo quien decida y no el referéndum por países, una Europa de los ciudadanos en vez de los pueblos. Como punto de partida habrá que establecer qué países están interesados en ese proyecto, estando a las duras y a las maduras, y cuáles lo boicotean, cuando les interesa, sin coste alguno. Ser o no ser, esa es la cuestión.
El gol que ha colado Irlanda afecta seriamente al futuro de Europa, por obra del país más beneficiado por las ayudas europeas y que ha pasado, en unos pocos años, de ser un país atrasado y de emigrantes hacia América, a ser uno de los más prósperos de la Unión. Al parecer, los motivos que han llevado a la mayoría de sus ciudadanos a actuar así ha sido el temor a ver disminuida su privilegiada situación fiscal y a perder influencia en los órganos de poder previstos en el Tratado. Los impuestos de sociedades son actualmente del 12% en Irlanda cuando la media europea es del 24,5%, lo que explica la masiva presencia de inversiones extranjeras y su expansión económica. También temen que la ampliación a los nuevos países miembros les prive de tener un comisario permanente en Bruselas y tengan menor peso en las decisiones de mayoría cualificada. Son motivaciones netamente interesadas, insolidarias y desagradecidas. Dicen que son las reglas de todos los países en sus relaciones internacionales, pero la Unión Europea fue concebida como una Comunidad y no un entramado de intereses de cada estado miembro.
Lo que me sorprende e irrita es también el tono comprensivo y de apoyo al pueblo irlandés por parte de los políticos europeos suavizando el alcance de los resultados y tratando de buscar arreglos y apaños. Lo políticamente correcto no se corresponde con el crudo realismo de las urnas. Además, una decisión tomada por poco más de medio millón de votantes y que afecta a quinientos millones de europeos, no puede ser una minoría de bloqueo. Con decisiones como la irlandesa no se puede construir Europa. Hace falta darse cuenta del alcance de lo sucedido, cambiar las reglas del juego aceptando que la Unión sea política y que sea el parlamento europeo quien decida y no el referéndum por países, una Europa de los ciudadanos en vez de los pueblos. Como punto de partida habrá que establecer qué países están interesados en ese proyecto, estando a las duras y a las maduras, y cuáles lo boicotean, cuando les interesa, sin coste alguno. Ser o no ser, esa es la cuestión.