El hambre en el mundo no es una maldición divina
01/10/2010 - 09:45
Coordinadora Provincial De Ongs - Guadalajara
En los primeros días de junio (del 3 al 5), en Roma (sede de la FAO), tiene lugar la Conferencia de Alto Nivel sobre la Seguridad Alimentaria Mundial: los Retos del Cambio Climático y la Bioenergía.
El Secretario General de la ONU, varios Jefes de Estado, incluyendo el Presidente Lula de Brasil y el Presidente Sarkozy de Francia, representantes del Banco Mundial y del FMI, asisten a la Conferencia, donde discutirán las formas de abordar la actual crisis alimentaria mundial.
En nuestro entorno, también empieza a hablarse, aunque menos de lo que se debía, del hambre en el mundo y de las subidas de los precios de los alimentos básicos. Se escribe en letra pequeña en los medios de comunicación que se están produciendo revueltas en los países empobrecidos por el encarecimiento de los precios de los alimentos imprescindibles para vivir. Ayer fue en Haití, Mauritania, Egipto, Senegal, Camerún, Costa de Marfil, entre otros países, mañana dónde Este silencio ¿a qué se debe? ¿Qué intereses hay para acallar este drama?
Lo que está claro es que la desproporcionada subida de precios no es coyuntural, sino estructural. En los tres últimos años los precios de los alimentos han subido un 83% de media. Según la FAO entre marzo de 2007 y marzo de 2008 el maíz ha subido un 31%, el arroz un 74%, la soja un 87% y el trigo un 130%. Estamos hablando de las materias primas alimenticias que más se consumen en el mundo y sobre todo por las personas más pobres. ¿Nos extraña pues que se produzcan revueltas que se silencian? Jean Ziegler, de la ONU, califica la subida de precios como un silencioso asesinato en masa.
Las causas coyunturales de estas subidas son debidas al aumento del precio del petróleo, que incide en los fertilizantes, herramientas, maquinaría y en el transporte; a la presión de los países industrializados para orientar la producción hacia los biocombustibles; al capital especulativo, que invierte ahora en la compra a futuro de algunos alimentos, empujándolos al alza; al cambio climático, que con la sequías duraderas en el tiempo, los huracanes, grandes inundaciones y otros fenómenos meteorológicos no conocidos hasta ahora con tanta intensidad y duración, están destruyendo cosechas en importantes zonas productoras.
Pero lo que importa son las causas estructurales que se remontan a 30 años atrás, cuando el poder monopolista de las grandes transnacionales, a través del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial del Comercio (OMC), imponen las políticas neoliberales de desregularización de los mercados de los alimentos, que desmantela la protección pública a la producción nacional de alimentos, llegando a darse la paradoja de que un productor agrario de un país empobrecido tenga que competir con las grandes empresas agrarias, que sí consiguen subsidios directos o subvenciones indirectas a la exportación.
A partir de 1995 entró en vigor el acuerdo sobre la agricultura en la OMC, esto supuso que los alimentos se convirtieran en una mercancía en los mercados mundiales igual que cualquier otro bien, como un coche o una joya. Muchos países que hasta entonces producían suficiente comida para la alimentación de su gente tuvieron que abrir los mercados a los productos agrarios de las grandes empresas transnacionales. Al mismo tiempo, la mayoría de las regulaciones estatales sobre existencias de reserva, precios, producciones o control de las importaciones y exportaciones fueron desmanteladas gradualmente. Como resultado, según Vía Campesina (organización agraria que aglutina a miles de organizaciones de todo el mundo), las pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas de todo el mundo no han sido capaces de competir en el mercado mundial. Se arruinaron. En Europa, una explotación desaparece cada minuto. En el mundo en vías de desarrollo, ser agricultor o ganadero no es considerado como un trabajo; es un estado de pobreza.
Como conclusión diremos que la liberalización del mercado agrario no es la solución, como se ha demostrado en estos 30 años. Como dice Vía Campesina ha llegado la hora para que los gobiernos garanticen que los pequeños campesinos accedan a la tierra, a las semillas y al agua, que se protejan los mercados locales de alimentos y que apoyen la agricultura y la ganadería campesina sostenibles. Estas políticas permitirían a millones de familias campesinas vivir decentemente y con dignidad, y contribuirán a sanear el medio ambiente terrestre herido. Y alimentarán al mundo.
Y en el Primer Mundo ¿qué hacemos? No resignarnos y crear conciencia crítica para cambiar las reglas del juego que favorezcan a la mayoría y no a una minoría, por muy poderosa que sea.
En nuestro entorno, también empieza a hablarse, aunque menos de lo que se debía, del hambre en el mundo y de las subidas de los precios de los alimentos básicos. Se escribe en letra pequeña en los medios de comunicación que se están produciendo revueltas en los países empobrecidos por el encarecimiento de los precios de los alimentos imprescindibles para vivir. Ayer fue en Haití, Mauritania, Egipto, Senegal, Camerún, Costa de Marfil, entre otros países, mañana dónde Este silencio ¿a qué se debe? ¿Qué intereses hay para acallar este drama?
Lo que está claro es que la desproporcionada subida de precios no es coyuntural, sino estructural. En los tres últimos años los precios de los alimentos han subido un 83% de media. Según la FAO entre marzo de 2007 y marzo de 2008 el maíz ha subido un 31%, el arroz un 74%, la soja un 87% y el trigo un 130%. Estamos hablando de las materias primas alimenticias que más se consumen en el mundo y sobre todo por las personas más pobres. ¿Nos extraña pues que se produzcan revueltas que se silencian? Jean Ziegler, de la ONU, califica la subida de precios como un silencioso asesinato en masa.
Las causas coyunturales de estas subidas son debidas al aumento del precio del petróleo, que incide en los fertilizantes, herramientas, maquinaría y en el transporte; a la presión de los países industrializados para orientar la producción hacia los biocombustibles; al capital especulativo, que invierte ahora en la compra a futuro de algunos alimentos, empujándolos al alza; al cambio climático, que con la sequías duraderas en el tiempo, los huracanes, grandes inundaciones y otros fenómenos meteorológicos no conocidos hasta ahora con tanta intensidad y duración, están destruyendo cosechas en importantes zonas productoras.
Pero lo que importa son las causas estructurales que se remontan a 30 años atrás, cuando el poder monopolista de las grandes transnacionales, a través del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y la Organización Mundial del Comercio (OMC), imponen las políticas neoliberales de desregularización de los mercados de los alimentos, que desmantela la protección pública a la producción nacional de alimentos, llegando a darse la paradoja de que un productor agrario de un país empobrecido tenga que competir con las grandes empresas agrarias, que sí consiguen subsidios directos o subvenciones indirectas a la exportación.
A partir de 1995 entró en vigor el acuerdo sobre la agricultura en la OMC, esto supuso que los alimentos se convirtieran en una mercancía en los mercados mundiales igual que cualquier otro bien, como un coche o una joya. Muchos países que hasta entonces producían suficiente comida para la alimentación de su gente tuvieron que abrir los mercados a los productos agrarios de las grandes empresas transnacionales. Al mismo tiempo, la mayoría de las regulaciones estatales sobre existencias de reserva, precios, producciones o control de las importaciones y exportaciones fueron desmanteladas gradualmente. Como resultado, según Vía Campesina (organización agraria que aglutina a miles de organizaciones de todo el mundo), las pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas de todo el mundo no han sido capaces de competir en el mercado mundial. Se arruinaron. En Europa, una explotación desaparece cada minuto. En el mundo en vías de desarrollo, ser agricultor o ganadero no es considerado como un trabajo; es un estado de pobreza.
Como conclusión diremos que la liberalización del mercado agrario no es la solución, como se ha demostrado en estos 30 años. Como dice Vía Campesina ha llegado la hora para que los gobiernos garanticen que los pequeños campesinos accedan a la tierra, a las semillas y al agua, que se protejan los mercados locales de alimentos y que apoyen la agricultura y la ganadería campesina sostenibles. Estas políticas permitirían a millones de familias campesinas vivir decentemente y con dignidad, y contribuirán a sanear el medio ambiente terrestre herido. Y alimentarán al mundo.
Y en el Primer Mundo ¿qué hacemos? No resignarnos y crear conciencia crítica para cambiar las reglas del juego que favorezcan a la mayoría y no a una minoría, por muy poderosa que sea.