30/10/2020 / 15:44
Jesús de Andrés


Imagenes

El noble arte

Casado subió al estrado del Congreso como el boxeador que sube al ring, tranquilo, sin alterar sus pulsaciones, con el combate bien preparado.


Santiago Abascal subió al estrado del salón de plenos, a la tribuna de oradores, con paso firme, crecido, consciente de que era su día, de que todas las miradas estaban puestas en él. Una moción de censura, aun sabiendo que los números no daban, podía ser un éxito, como la de Felipe González en 1980, dándose a conocer, presentando una opción de gobierno y acaparando el protagonismo opositor, o un fracaso, como el de Antonio Hernández Mancha en 1987, recriminado por intentar mejorar así su imagen. Para conseguir lo primero y evitar lo segundo, el líder de Vox -con todas las apuestas a favor- acorraló a Pablo Casado e hizo un discurso al puro estilo Trump, hablando de China, de fake news, de inmigración, de conspiraciones varias, con apelaciones a Dios y a la nación, como si estuviera en el Capitolio dirigiéndose a los representantes de Wisconsin u Oklahoma y no en la Carrera de San Jerónimo hablando a los de Orense o Cuenca.

Casado subió al estrado del Congreso como el boxeador que sube al ring, tranquilo, sin alterar sus pulsaciones, con el combate bien preparado. Nada más iniciarse, un directo en plena mejilla: “Lo que hoy nos convoca aquí es una moción de impostura”. A continuación, varios crochet encadenados (“nos hace venir a perder el tiempo”, “mucho ruido y pocas nueces, como todo lo que hacen ustedes”) y un golpe seco con la zurda que su oponente no se esperaba: “Hasta aquí hemos llegado”. Abascal tocó la lona, pero aún iba a recibir más. Sin dejarle respirar, Casado siguió ligando golpes, sobre todo con su derecha, que por algo es diestro, aunque también pegó algún directo con la izquierda, en todo el mentón, como cuando afirmó que el gobierno de Sánchez era el peor de los últimos cuarenta años, no de los últimos ochenta, como había afirmado Abascal. Estuvo rápido, moviendo piernas y cintura, sin importarle bajar las manos, tal y como Clay tumbó a Foreman. Después de varios asaltos, un gancho en toda la mandíbula lo tiró al suelo, noqueado: “No es que seamos cobardes, lo que ocurre es que no queremos ser como usted”.

El resto fue un discurso de los que hacen época, de los mejores que se han escuchado en el Congreso. Abascal quedó sonado y aunque en la réplica se puso yeso en los vendajes para que sus guantes, con el sudor, fueran escayola sólida en cada golpe, ni le rozó. La política es en ocasiones, como el boxeo, el noble arte que alentaban los clásicos. No sirve improvisar, hay que ir bien preparado. Ahora hace falta que Casado interiorice lo dicho, lo haga realidad, no vaya a ser que en el próximo combate, frente al electorado, sea él quien se lleve la paliza.


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