El País Vasco, en su techo autonómico

01/10/2010 - 09:45 Hemeroteca

Antonio Papell
Por una deformación intelectual que probablemente tenga que ver con nuestro complejo proceso de transición a la democracia, la coherencia interna y el rigor conceptual se exige sólo a las grandes formaciones políticas estatales.
Los nacionalistas de la periferia pueden ser ambiguos, incoherentes consigo mismos o lanzar mensajes contradictorios o contrapuestos sin que se les critique con la lógica contundencia que merecen estas actitudes. Y así, a nadie parece haber sorprendido el doble lenguaje del PNV en el ‘Aberri Eguna’, que es continuación de la ambigüedad que la cúpula nacionalista ha venido practicando desde que conoció los pésimos resultados del 9-M.

Pese a la patriótica inflamación de Ibarretxe en su intervención, lo cierto es que la sociedad vasca ha penalizado claramente en las urnas la radicalización nacionalista que se ha plasmado en la retirada de Imaz y en la locura soberanista de un lehendakari que se había lanzado al monte, prometiendo un referéndum imposible cuya invocación dividía y crispaba, hacía imposible la comunicación entre Madrid y Vitoria, fortalecía a ETA y abocaba la cuestión vasca hacia un callejón sin salida. No está de más recordar que el PNV, que ha perdido 120.000 votos –hasta los 303.000- y un diputado (ahora tiene 6), ha sido derrotado ampliamente por el PSE-PSOE en la comunidad autónoma, en las tres provincias, en las tres capitales y en las principales localidades. Los socialistas vascos han crecido en 90.000 votos hasta los 425.000 electores y han sumado dos escaños más a los siete que ya tenían.

Así las cosas, y a la hora de establecer los grandes equilibrios que marcarán la impronta de la legislatura, parece evidente que la formación que tiene un serio problema para avanzar no es el PSOE de Zapatero, a quien le falta siete escaños para la mayoría absoluta, sino el PNV, que tiene que digerir los malos resultados y dar marcha atrás en el desafuero autodeterminista e inviable de Ibarretxe, a quien los ciudadanos han dado ostensiblemente la espalda.

De momento, el PNV ha ensayado, está ensayando, la táctica de la ambigüedad. Mientras Ibarretxe insiste en reclamar un imposible “derecho a decidir” de los vascos aunque ya no menciona ni su propio ‘plan’ ni mucho menos el referéndum, Urkullu es bastante más inconcreto y apenas solicita un “acuerdo singular” que amplíe el autogobierno. Eusko Alkartasuna, en un alarde de visión política tras perder su único diputado en Madrid, ya ha criticado agriamente al PNV –y a Ezker Batua- su alejamiento de la ‘hoja de ruta’ que conducía al referéndum de octubre que anunció el lehendakari.

El PSE, en sus primeros tanteos, ya concedió la posibilidad de llevar a cabo una reforma del Estatuto de Gernika ‘a la catalana’, es decir, por procedimientos plenamente constitucionales, propuesta que de momento no parece haber sido aceptada por los nacionalistas, que aspiran en apariencia a la imposible negociación bilateral con Zapatero (en esto consistiría el “acuerdo singular”). De cualquier modo, y aunque no sería posible negarse a un proceso de reforma autonómica procesalmente correcto, habría que plantearse si existe realmente margen para ello en Euskadi, una comunidad que ya disfruta de un régimen singularísimo –el concierto económico, que le concede plena autonomía financiera- y en donde el Estado tan sólo ejerce en realidad las funciones llamadas de soberanía.

De hecho, con ambigüedades o sin ellas, estamos en un punto en que el choque con la realidad parece inevitable: descartada definitivamente una solución política al problema de la violencia porque quienes la practican han demostrado su incapacidad para acomodarse a un proceso reflexivo, Euskadi tiene ya que interiorizar la evidencia de que ha llegado a la autonomía plena, y por lo tanto imposible de ampliar (salvo, quizá, en detalles de escasa entidad). Más allá de este autogobierno, que no tiene parangón en ninguna región sin Estado de Europa y que otorga ventajas objetivas –consagradas constitucionalmente- de las que no disfruta ningún otro territorio español, sólo está la independencia, que no es deseada por la mayoría de los vascos, ni cabe en los pactos fundacionales del régimen democrático.

Habría, pues, que dejar de dar vueltas a las palabras, a los símbolos, a los conceptos como si en realidad nunca hubiéramos de llegar al destino. Ya se sabe que el nacionalismo es insaciable y que siempre reivindicará patológicamente incluso aquello que ya ha conseguido, pero no puede exigirnos a los demás que participemos de la ficción: La autonomía vasca está en su techo, y ello colma y sacia seguramente a una sociedad cuya principal aspiración consiste hoy en acabar con ETA.