El retorno de la fiambrera
01/10/2010 - 09:45
ALFONSO YÁÑEZ, Madrid
La crisis, como un gran tsunami y con oleadas sucesivas, sigue avanzando por doquier. Para los no iniciados en los secretos de las altas finanzas, el derrumbamiento del banco americano Lehman Brothers fue la primera señal de que la crisis había llegado e iba a repartir sobresaltos por el mundo entero, sin distinguir países ni estratos sociales.
Los europeos hemos podido comprobar pronto sus efectos viendo tambalearse a gigantes financieros de la talla del alemán Hypo Real Estate o del belga Fortis y a compañías de sectores tan diversos como la aviación, la construcción o el seguro. La desconfianza, ante un panorama así, se ha adueñado de los mercados internacionales y hay días de auténtico pánico en las bolsas, días que los gobernantes intentan hacernos olvidar con explicaciones que a nadie convencen. Por nuestra parte, los españoles asistimos a un frenazo brusco del consumo (pensemos en las ventas mínimas de coches o de pisos que hoy tienen lugar) y a una aceleración del paro que está metiendo en sus casas, mensualmente, a cerca de cien mil trabajadores. Son tantas las incertidumbres que nos plantea el porvenir que se requeriría una cohesión mayor entre países afines. Estoy refiriéndome ahora, por ser el área que nos concierne de un modo directo, a los países miembros de la Unión Europea, pero la reciente reunión que han mantenido en París los líderes de Francia, Gran Bretaña, Alemania e Italia, por encima de sonrisas, de fotos y de palabras, ha parecido más un sálvese quien pueda que una respuesta conjunta a la delicada situación por la que atravesamos. Estados Unidos pose estructuras unitarias de nación que permiten a sus ciudadanos, en momentos de peligro, tomar las decisiones que parecen útiles. El controvertido plan Paulson es un ejemplo de ello. Aquí, sin embargo, no sólo carecemos todavía de esa unidad política, sino que los europeos preferimos seguir con nuestras divisiones y sin la voluntad que precisaríamos para darnos cuanto antes una constitución, una fuerza común y un común futuro. Mientras el chaparrón de la crisis arrecia de día en día, los ciudadanos de a pie no sabemos muy bien dónde mirar ni a quién acudir. Escuchamos con escepticismo ingenuas llamadas a la moralidad pública que se hacen en discursos hipócritas o en bienintencionados medios de comunicación. Vemos con repugnancia cómo, incluso, los contribuyentes debemos ir en auxilio de los especuladores si no deseamos que se hunda del todo la sociedad en la que vivimos. Nos atamos por enésima vez el cinturón, alargando la vida de nuestro coche, pagando hipotecas con sudores de sangre, dando un giro radical a nuestras vacaciones y, seamos operarios o ejecutivos, volviendo a echar mano de la fiambrera, pues ya no resulta siempre posible ir a comer al restaurante que tenemos cerca del lugar de trabajo. ¿Alguien dijo que aquí no había crisis?