09/03/2019 / 16:29
Marta Velasco


Imagenes

El Rey y yo

Aprovecho el momento femenino para homenajear a las hermanas. Yo tengo una, aunque vale por cuatro. 


No se trata, claro está, de ninguna chocante alianza entre Don Felipe VI y esta colaboradora. Usurpo nada más el título de aquella exitosa película, y lo hago para hablar con todo respeto del Rey Felipe VI y, con menos, de todos los Yos, los Egos, que le rodean, empezando por nuestro momentáneo presidente del Gobierno, que habla del Rey en vano como excusa para presumir de sí mismo y sus proezas. Me refiero también al escurridizo Torra, que le mira desde una esquina esquinadamente, permitiendo al paisanaje contemplar la enorme diferencia entre ellos, una diferencia intelectual y física. Don Felipe le contempla desde una altura a la que Torra no llegará nunca, aunque se empine sobre el trono que imagina con el fugado belga… Analizo esta foto estupenda cuyo autor desconozco y de repente caigo: ¡Cielos!  – pienso – ¿no será que Torra padece el Síndrome de Procusto?

Procusto fue un gigante malvado, hijo de Poseidón. Acariciaba un ego desmedido, pero temía que hubiera alguien por los alrededores mejor que él.  Tenía unas camas en su posada de Ática con las que medía a los hombres que sobresalían y cortaba cabezas o piernas a los sobresalientes, para que nadie le hiciera sombra. ¿Es posible que el autonómico presidente Torra padezca ese síndrome, amasado con envidia, egoísmo y miedo de las virtudes ajenas, y por eso corre despavorido ante Don Felipe?  Todo es posible en este hermoso país nuestro, en estos tiempos convulsos y con políticos tan anodinos.

Hoy, 8 de marzo, es el Día Internacional de la Mujer, antes llamado Día de la Mujer Trabajadora, como si trabajar no fuera consustancial con el género femenino. Ahora nos quieren empoderar, y utilizarnos vestidas de rojo para dar vistosidad al acto.  Dios nos asista. Ojalá algún día no haya que celebrar un Día de la Mujer y la igualdad sea un hecho.

Aprovecho el momento femenino para homenajear a las hermanas. Yo sólo tengo una, aunque vale por cuatro. Una hermana mayor es un magnífico regalo de la vida y sirve de amiga, compañera de fatigas, confesora o encubridora; está ahí para reír, llorar o recordar contigo. Indulgente con las equivocaciones y orgullosa con los triunfos, es la única persona en el mundo a la que no tienes que explicar quién eres. La mía nació un 6 de marzo ya empoderada, es estupenda y, además, escribe cosas maravillosas como esta Luna en la Playa:

  “Ella arrastra zarzas, hilos, plumas del aire/hasta la plena orilla de la noche,/ yo el temblor de la duda, esa pequeña luz en la ceguera./ Ella se sobresalta con la frescura inesperada/ del agua en mi tobillo/ y da un grito cuando toco su crujiente hermosura/ de celofán y, como estamos solas y desnudas,/ la Luna se me dobla como un trapo de plata sobre el pecho/ y me cubre con brillos de la aurora, /con polen sideral y dedos de ceniza”.

* *María Antonia Velasco. Del libro La cabeza y un zapato. Premio Blas de Otero 2016.


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