10/06/2021 / 18:25
Javier Davara


Imagenes

El seguntino barrio de San Roque


El dieciochesco barrio de san Roque, de dorados y purpúreos reflejos, imagen singular de la ciudad ilustrada de Sigüenza, conforma un acabado modelo urbanístico pleno de orden, equilibrio y geometría. Un fastuoso conjunto urbano mandado edificar, cerca de la vega del río Henares, por el obispo Juan Díaz de la Guerra, en torno al año 1780, en tiempos del rey Carlos III.

La configuración urbana de Sigüenza, anterior a la llegada de Díaz de la Guerra a la silla seguntina, mostraba un amplio recinto amurallado, con puertas y arquilos, que ceñía a la urbe medieval, emplazada en la falda de un cerro y dominada por la pétrea figura del enérgico baluarte del castillo,

Los ecos guerreros del medievo castellano laten en el entorno de esta ciudad vieja, donde se hallan las sugestivas Travesañas, la plaza del Concejo, la judería y las iglesias románicas de Santiago y san Vicen- te. A su vez, la majestuosa silueta gótica de la catedral, fundada en la primera mitad del siglo XII, quedaba cercada por sus propios muros, defendida por dos monumentales torres cuadradas, de aspecto rudo y coronadas de almenas, que flanquean la fachada principal.

El primitivo entorno medieval se ampliará, durante el siglo XVI, con un lienzo murado, levantado en el borde norte de la actual calle del Seminario, dando lugar a un moderno y céntrico ensanche renacentista, compuesto por nuevas calles y plazas. En este nuevo barrio, moteado de casonas y palacios, relampaguea la belleza exquisita de la plaza Mayor, de itálicos y sugerentes rasgos, delicioso balcón seguntino al Renacimiento. Extramuros de la ciudad, en tiempos posteriores, serán construidos artísticos edificios, de carácter sacro y conventual, que van a perfilar la expansión urbana de Sigüenza hacia las márgenes del río: la iglesia de Nuestra Señora de los Huertos, con bella portada plateresca, hoy convento de monjas clarisas, el conjunto barroco de la antigua universidad, futuro palacio episcopal, el seminario conciliar, la ermita del Humilladero y el convento de san Francisco, en la actualidad ocupado por la iglesia y colegio de religiosas ursulinas, y el enorme caserón de la Real Casa de Enseñanza y Misericordia, costea- do por Carlos III, que al presente alberga el colegio de la Sagrada Familia.

El obispo Díaz de la Guerra, de conformidad con las ideas ilustradas, decide construir el barrio de san Roque, para embellecer y agrandar la ciudad de Sigüenza y remediar la escasez y carestía de las viviendas, en los terrenos situados al pie de las murallas, en el borde norte de la población. Después de largas y costosas obras, dada la alta pendiente del lugar, surge una elegante urbanización, abierta y saludable, en armonía con los gustos estéticos y arquitectónicos de la época, mediante el trazado de dos calles, anchas y rectilíneas, la de san Roque y la prolongación de la calle de Medina, que se cortan en perpendicular en una espaciosa plaza llamada de las ocho esquinas.

En estas calles son edificadas una cuarentena de suntuosas casas, en sillería de piedra arenisca, de dos pisos de altura y amplio zaguán, ornadas con soberbios y volados balcones de hierro forjado, sostenidos por cinco ménsulas barrocas dispuestas sobre el dintel de la puerta de cada vivienda. Un magnífico y homogéneo proyecto urbanístico, atribuido a Luis Bernasconi, discípulo y ayudante de Francisco Sabatini, el arquitecto favorito del rey Carlos III. Un profundo y sutil punto de fuga hacia el externo oriental de la ciudad.

El barrio de san Roque se completa con el palacio de Infantes, primorosa obra del barroco seguntino, ejecutada por el maestro Bernasconi, situado al pie de la puerta de Campo de la catedral, en el lugar denominado callejón de los Infantes. El edificio servía de acomodo a los niños cantores de la escolanía de la catedral, además de albergar a los miembros de una capilla de música, fundada en el siglo XVI. El palacio exhibe una hermosa portada barroca, con un friso con figuras de niños, y sobre ella luce un balcón rematado con una imagen de san Felipe Neri, en cumplida hornacina. En su interior presenta un gran patio barroco, de excelentes medidas, con ventanas de cuarterones y triple galería. En la actualidad la residencia y casa de espiritualidad, además de centro de formación profesional, es de los padres josefinos de Murialdo.

El primitivo proyecto del barrio de san Roque incluía una fonda, una hospedería y un cuartel, sito en las últimas casas frente a la Ala- meda, y la vieja ermita dedicada a san Roque, luego demolida y sustituida por la elevada en 1806, en hechuras neoclásicas, hoy sin culto y restaurada como sala de exposiciones y conciertos. A finales del siglo XIX, en el centro de la plazuela de las ocho esquinas, fue colocada una airosa fuente, la fuente de Medina, desmontada años después.

Desde el callejón de Infantes, discurre el antiguo camino de los frailes, salida natural de la ciudad hacia el norte, así nombrado por conducir hacia los primigenios edificios del colegio de clérigos de san Antonio de Portaceli, luego elevado al rango universitario, ubicados en el cerro de la Solana, al otro lado del río. Este camino, hoy paseo de las Cruces, forma la plazuela rectangular del mismo nombre, adornada por castaños de indias, bello lugar de sosiego y reposo del barrio de san Roque, donde se alza un crucero con tres cruces de piedra, adornada por castaños de indias, formando uno de los más pintorescos y recoletos rincones de la urbanización ilustrada. Por la parte norte, la plazuela limitaba con unos jardines, los Jardinillos, adornados con una curiosa fuente, ahora ocupados y ocultos por modernas instalaciones.

Al morir Juan Díaz de la Guerra, en el año 1800, le sucede en la diócesis seguntina Pedro Inocencio Vejarano, luego diputado en las Cortes de Cádiz, que va a culminar el barrio de san Roque con el diseño de la Alameda, el gran jardín y paseo seguntino, en la ribera del río Henares. Un risueño parque neoclásico, a modo de magno salón urbano, diseñado por el maestro Pascual Refusta, ceñido por una larga barbacana y hermoseado por dos puertas de piedra abiertas a todos los vientos. En la situada al este, en el frontis de un rojizo arco barroco, engalanado con el escudo del obispo, puede leerse una curiosa inscripción, escrita en lengua latina, alusiva al destino fundacional del paseo como solaz de los pobres y decoro de la ciudad. A sus pies, una amplia glorieta, antes adornada por una fuente, queda enmarcada por cuatro altas pirámides de piedra, rematadas con granadas, en recuerdo de la ciudad natal del entusiasta prelado. Una amplia avenida central, donde ahora se ubica un estanque circular con surtidor, y dos paseos laterales, todos ceñidos por grandes árboles, perfeccionan su acabado diseño.

La geométrica disposición del verde tapiz de la Alameda, modela un delicado remate vegetal del ba- rrio de san Roque, y la más perfecta plenitud del urbanismo histórico de Sigüenza. Fastuosa sinfonía de espléndidos volúmenes y cambiantes tonalidades.


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