El sol de los soles

28/12/2025 - 12:43 José Antonio Alonso/Etnólogo

La figura metafórica de “el Sol de los soles”, aplicada al “Niño perdido”,  que aparece en uno de nuestros villancicos tradicionales más conocidos,  nos pone en relación la fiesta que ahora celebramos con ciertas creencias astrales que siguen teniendo alguna presencia simbólica en nuestro folklore.

En la sociedad tradicional cada rito iba acompañado de una serie de elementos, más o menos presentes, que solían perdurar y repetirse, según los casos: el tiempo en el que transcurre el rito, los espacios, las creencias, la escenografía, las indumentarias, la danza,  la gastronomía, el lenguaje,  la música, etc. Con el tiempo, algunos aspectos van modificándose, otros permanecen o se van perdiendo. 

Últimamente hay actos como los vermús navideños, prolongados en los “tardeos” y, a veces, hasta las cenas, en los que la música “navideña” brilla por su ausencia y ha sido sustituida por otros ritmos enlatados que igual se escuchan aquí que en cualquier parte del mundo. Pero, en términos generales, la música jugaba y juega un papel muy importante. La Navidad de Guadalajara, tiene sus instrumentos, sus rondas y sus canciones navideñas, en parte similares a las del resto del Estado. 

Uno de los villancicos más extendidos es el conocido como “El Niño”, o, como suele ocurrir en el romancero,  por la transcripción literal de su primera estrofa: “Madre a la puerta hay un Niño”. El texto hace referencia al pasaje del Niño perdido y hallado en el templo. Recordemos que esta advocación tiene en nuestra tierra una de nuestras fiestas tradicionales más emblemáticas: la que se celebra en Valdenuño Fernández, con su botarga y danzantes. Pero volviendo al villancico que nos ocupa, diremos que, en un par de ocasiones se compara a Jesús con el sol: en el segundo verso se dice que es “más hermoso que EL SOL BELLO”; más adelante, en algunas versiones de nuestra tierra, cuando la Virgen va buscando a su hijo, pregunta por él, diciendo :

Que si habían visto /al SOL DE LOS SOLES, al que nos alumbra/ con sus resplandores”.

La metáfora es muy expresiva y otorga al Niño el grado máximo de virtudes, claro. Ésta y otras expresiones del lenguaje podrían delatar el origen “semi-culto” del villancico, como apuntó Luis DÍAZ VIANA , quien citó varias versiones recogidas en la provincia soriana en las que aparecen alusiones a  “la Aurora y su esplendor” o el apelativo de “Sol de justicia” aplicado al Niño Jesús. Estos cultismos contrastan con la sencillez y cercanía con que son descritos en nuestro folklore los miembros de la Sagrada Familia: 

“La Virgen es panadera/ y san José carpintero,Y el niño recoge astillas/ para cocer el puchero” (PEÑALVER).

Pero la alusión al “Sol de los soles”, nos lleva, casi sin querer, y salvando todas las distancias, a la Francia de Luis XIV, el “rey sol” que eligió el “astro rey” como símbolo de su poder absoluto, idea esta tan lejana del nacimiento humilde de Jesús en el pesebre de Belén; aunque una cosa es el ideal cristiano y otra las construcciones que a lo largo de la historia se han realizado de la Divinidad. 

Ya en ciertas ocasiones hemos hablado, citando a otros autores, al antropólogo J. G. Frazer, por ejemplo, que en las fiestas del solsticio de invierno, en Siria y Egipto se celebraba el nacimiento del nuevo sol, representado por la imagen de un niño que sacaban al exterior  para mostrarlo a sus adoradores, y que se pueden encontrar relaciones  de la fiesta que ahora celebramos con los cultos a Mitra (Persia) y Apolo (mundo clásico).

También en nuestra tierra las creencias se han ido configurando, lentamente con el paso del tiempo. Antes de la llegada del cristianismo, las religiones naturalistas tenían como objeto de su veneración los accidentes naturales (montañas, ríos, fuentes), ciertos árboles, los astros, etc. De todo ello quedan restos en la toponimia (el Santo Alto Rey, las “fuensantas”), en las leyendas de apariciones marianas sobre algunos árboles y también en otros elementos de nuestro folklore, que ya han sido tratados por varios autores, entre los cuales me encuentro. 

Pero volviendo al tema del sol no podemos olvidarnos de las hogueras que, por estas fechas navideñas, se siguen encendiendo “para calentar al Niño”, en muchos puntos de nuestra geografía y que también podrían estar relacionadas con ritos solares  antiguos, que tenían lugar en estas fechas en que el sol se encuentra entre el máximo declive y su renacimiento.

  La costumbre de encender hogueras con los objetos viejos o inservibles encierra en sí la idea de purificación y de renovación tan unida al cristianismo, al nacimiento del “hombre nuevo” que aparece en el Nuevo Testamento. Pero las hogueras de Navidad no son los únicos ritos con fuego de nuestra cultura. Recordemos las hogueras del otro solsticio, que se siguen celebrando coincidiendo con la fiesta de san Juan, en las que también se queman objetos viejos y se saltan hogueras y algunas de distinto objeto y características como las más cercanas en el tiempo de la Inmaculada y san Antón y otras más lejanas en el calendario como las de la Virgen de Peñahora en Humanes.

La salida del sol en el solsticio de verano era el momento elegido para algunos ritos salutíferos, como la cura de las hernias inguinales, práctica realizada hasta hace unas décadas y documentada de forma abundante en nuestra tierra, y para la recolección de plantas medicinales. También en esto podemos volver a la letra del villancico: 

“A eso de salir la aurora, el Niño se levantó y le dijo a la patrona, que se quedara con Dios.”

En nuestra arquitectura tradicional, en nuestra antigua indumentaria, en muchos enseres y objetos artesanos quedan restos de lo que fueron creencias arraigadas relacionadas con el culto al sol y símbolos con los que nuestros antepasados se sentían protegidos; algunos de ellos como las ruedas solares -hexapétalas, tetrasqueles, soles radiantes, etc.-  tienen una presencia secular en nuestra cultura y, todavía hoy, pueden hallarse en ventanas, puertas, bocallaves, ajuares o prendas de algunas botargas.

El sol es la fuente de la vida; de su luz y calor depende la supervivencia de todos los seres vivos. No es extraño que, desde tiempos inmemoriales, haya sido objeto de veneración y de representaciones simbólicas. Para el cristianismo la luz también es símbolo de vida y resurrección. “Yo soy la luz del mundo. El que me siga no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan, 8-12), dice Jesús.

A lo largo de los siglos, el arte ha representado la Divinidad, los héroes y los santos con un nimbo o aureola luminosa que simboliza esa idea de luminosidad para distinguir a estos  dioses y personajes del resto de la humanidad mortal.

 

‘Romancero tradicional soriano’, página 222.