El tren que pita y no para
01/10/2010 - 09:45
EL COMENTARIO
EMMA JARABA - Periodista
Esta provincia, por eso de estar en una situación de paso, mantiene desde hace tiempo una historia de amor-odio con un transporte tan tradicional y porque no romántico, como es el tren. El eje Madrid-Zaragoza-Barcelona, aportó al valle del Henares una comunicación que le unió con tierras sorianas y aragonesas que casi está olvidada desde que se apostó por la alta velocidad.
Unas estaciones han cerrado o se han convertido en víctimas del vandalismo; los apeaderos estás invadidos por las malas hierbas y la dejadez y sólo algunas estaciones como Jadraque y Sigüenza mantienen cierta actividad. La ciudad del Doncel gracias a la llegada de turistas y al tren medieval todavía puede presumir, sin grandes alharacas, de contar con el ferrocarril como medio de comunicación.
La Plataforma en Defensa del Ferrocarril reclamaba hace unos días más trenes para las poblaciones de La Campiña y la Sierra Norte, pero desde hace tiempo, como está sucediendo en otras zonas del país, los pequeños núcleos de población rural no cuentan en la planificación de horarios. El carácter de servicio público que siempre ha definido al servicio ferroviario pierde su sentido en la práctica. En su momento, desde las administraciones públicas, por lo menos en la provincia de Guadalajara, no se apostó por el ferrocarril como un eje vertebrador de desarrollo que permitiera a los habitantes de poblaciones rurales una buena movilidad entre sus lugares de residencia y servicios básicos como los centros educativos, sanitarios y los lugares de trabajo.
La frecuencia de los trenes no se adapta muchas veces a las necesidades de las poblaciones por donde discurre y eso obliga a optar por salir del medio rural. El contraste de la incidencia del tren como factor de comunicación lo podemos encontrar en la Sierra de Madrid, donde sus vecinos mantienen su residencia en poblaciones alejadas de la ciudad, aunque el centro de trabajo este en el corazón de la capital, pero la buena comunicación les permite regresar a sus casas al margen de atascos y de los riesgos urbanos.
Ahora que se apuesta, en teoría, por el desarrollo sostenible, la lucha contra la contaminación urbana, la seguridad en las comunicaciones, el transporte público y la reducción del consumo de energía, el tren en estas tierras pierde su carácter de servicio público, al alcance de toda la sociedad. De nuevo parece que se practica, como con la alta velocidad, aquello de ver pasar el tren, un tren que no para.
La Plataforma en Defensa del Ferrocarril reclamaba hace unos días más trenes para las poblaciones de La Campiña y la Sierra Norte, pero desde hace tiempo, como está sucediendo en otras zonas del país, los pequeños núcleos de población rural no cuentan en la planificación de horarios. El carácter de servicio público que siempre ha definido al servicio ferroviario pierde su sentido en la práctica. En su momento, desde las administraciones públicas, por lo menos en la provincia de Guadalajara, no se apostó por el ferrocarril como un eje vertebrador de desarrollo que permitiera a los habitantes de poblaciones rurales una buena movilidad entre sus lugares de residencia y servicios básicos como los centros educativos, sanitarios y los lugares de trabajo.
La frecuencia de los trenes no se adapta muchas veces a las necesidades de las poblaciones por donde discurre y eso obliga a optar por salir del medio rural. El contraste de la incidencia del tren como factor de comunicación lo podemos encontrar en la Sierra de Madrid, donde sus vecinos mantienen su residencia en poblaciones alejadas de la ciudad, aunque el centro de trabajo este en el corazón de la capital, pero la buena comunicación les permite regresar a sus casas al margen de atascos y de los riesgos urbanos.
Ahora que se apuesta, en teoría, por el desarrollo sostenible, la lucha contra la contaminación urbana, la seguridad en las comunicaciones, el transporte público y la reducción del consumo de energía, el tren en estas tierras pierde su carácter de servicio público, al alcance de toda la sociedad. De nuevo parece que se practica, como con la alta velocidad, aquello de ver pasar el tren, un tren que no para.